
La ardua batalla de Rice
Por Helene Cooper De The New York Times
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WASHINGTON.- En una helada mañana de sábado, el año pasado, la secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, y la ministra del Exterior israelí, Tzipi Livni, se sentaron solas en el departamento de Rice en Watergate y hablaron sobre un plan.
Era ambicioso. Arrancar nuevamente con el proceso de paz palestino-israelí. Rice alentaría al primer ministro Ehud Olmert, de Israel, a comenzar conversaciones con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, evitando detalles provisorios y disputas y tratando, en cambio, de definir el gran tema del "status" final de un Estado palestino, tema que traba las negociaciones de paz desde los acuerdos de Camp David, de 1979.
"Es importante diseñar los temas políticos más amplios", dijo el jueves último Rice.
En cierta medida, ese enfoque hizo regresar el tiempo a los días de la administración Clinton, cuando el esfuerzo hacia un arreglo final expiró.
Desde entonces, la administración Bush se comprometió con el esfuerzo por la paz con ajustes y comienzos, pero ninguno de esos pasos llegó lejos.
Hoy, Rice, Olmert y Abbas están citados para sentarse en Jerusalén evidentemente para hablar sobre lo que Rice llama temas de base: el destino de Jerusalén, las fronteras de un Estado palestino y la cuestión del tratamiento de los refugiados palestinos.
Pero el momento no podría ser peor, aseguraron funcionarios norteamericanos, israelíes y palestinos. "Si se invitara a un marciano y se le preguntara «¿es éste el momento para realizar un progreso?», la contestación sería categóricamente «no»", afirmó David Miller, experto del Woodrow Wilson Center e importante asesor sobre relaciones árabe-israelíes en el Departamento de Estado norteamericano en las tres últimas presidencias.
Los proyectos de realizar algún progreso decisivo ya fueron poco prometedores hace dos meses, cuando Rice y Livni presentaron la propuesta. En ese momento, el gobierno palestino estaba controlado por Hamas, que predica la destrucción de Israel. El nivel de popularidad de Olmert era tan malo o peor que el del presidente Bush. Había luchas entre facciones en Gaza, hacia el Sur, y desórdenes en el Líbano, hacia el Norte.
Dos gobiernos débiles
La semana pasada surgió otro obstáculo gigantesco: un gobierno de unidad nacional entre los líderes de Al-Fatah y Hamas, que fue propiciado por las conversaciones facilitadas por Arabia Saudita en La Meca.
Los funcionarios de la administración Bush, públicamente poco entusiasmados con el acuerdo, estaban enojados con Abbas. Manifestaron que el pacto lo pone a él más cerca de Hamas en lugar de atraer al movimiento extremista, que Washington ve como una organización terrorista, hacia el premier palestino, que es considerado más moderado.
El jueves último, Rice aseguró que la tarea de las negociaciones se había vuelto "obviamente más complicada debido a la incertidumbre que rodea al gobierno de unidad nacional" y que la administración Bush "esperaría la formación del gobierno antes de tomar decisiones sobre el mismo".
La Casa Blanca, junto a Israel y a varios países europeos, quiere que el gobierno palestino acepte considerar tres puntos para lograr relaciones normales: el reconocimiento del derecho de Israel a existir, renunciar a la violencia y la aceptación de los acuerdos previos entre israelíes y palestinos. El acuerdo de La Meca no se refiere a los dos primeros puntos. Los palestinos sostienen que los tres puntos se encuentran implícitos, a pesar de que el acuerdo no menciona a Israel.
Si bien Rice estaba enojada por el acuerdo de La Meca, dijo que de cualquier manera seguiría adelante con la cumbre planeada, según afirmaron oficiales árabes y norteamericanos. Pero advirtió a Abbas que Washington trataría sólo con los ministros de gobierno palestino que acepten explícitamente las tres condiciones, agregaron los oficiales.
Entonces lo que se suponía que sería una cumbre para apoyar a Abbas ante los ojos del pueblo palestino, al discutir el futuro de un Estado palestino, ahora podría convertirse en otra reunión en la que el premier dedica su tiempo a defender el acuerdo de La Meca y en convencer a Estados Unidos y a Israel de que no abandonó todo en manos de Hamas.
Tanto Abbas como Olmert son políticamente débiles, lo que hace difícil el compromiso.
"Si Olmert accediera a hablar sobre Jerusalén, alguien podría amenazar con dejar su gobierno", afirmó Martin S. Indyk, embajador norteamericano en Israel durante la administración Clinton.
"Si Abbas habla de terminar con el derecho al retorno, Hamas lo condenaría por traicionar la causa", agregó. Se refería a darles a los refugiados palestinos el derecho a volver a las tierras que dejaron en 1948.
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