
La Familia, el centro oculto del poder
Por Mario Diament
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MIAMI.- El cine y la literatura nos han acostumbrado a pensar que detrás de la realidad visible existe una vasta red de organizaciones secretas que operan con complicados ri-tos de iniciación y desde las sombras manejan los hilos del poder de casi todo el mundo.
A su vez, Internet ha permitido que las teorías conspirativas circularan raudamente de un punto al otro del planeta, y es raro el día en que uno no encuentra una de estas apocalípticas tramas esperando en la casilla de su correo electrónico.
Todo esto hace que uno se vuelva extremadamente escéptico o extremadamente paranoico, dependiendo de cuál sea su propensión.
Pero, ocasionalmente, alguna de estas presuntas ficciones termina resultando verdadera o, por lo menos, con todos los visos de lo real.
Esto es lo que sucede con una organización denominada The Fellowship Foundation o simplemente La Familia, cuyos objetivos, composición y modo de operación son expuestos por el periodista Jeff Sharlet en su libro The Family: The secret fundamentalism at the Heart of American power ( La Familia: el fundamentalismo secreto en el corazón del poder norteamericano ).
Sharlet es un renombrado periodista y un especialista en la cobertura de temas religiosos.
En el otoño de 2001, Sharlet logró ser invitado a Ivanwald, la mansión que La Familia mantiene en Arlignton, Virginia, donde los futuros cuadros de liderazgo son educados.
Lo que descubrió y aprendió en el mes que pasó allí, acerca de esta organización que se precia de su invisibilidad, constituye el extraordinario material de este libro.
La historia de La Familia se remonta a los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Fue fundada en Seattle, en 1935, por un inmigrante noruego de inconfundibles simpatías fascistas, llamado Abraham Vereide. Su método de reclutamiento era organizar desayunos de oración cristiana a los que invitaba a políticos y comerciantes prominentes, una práctica que se extiende hasta hoy en día y a la que se sumaron en su momento líderes internacionales de dudosa trayectoria, como el dictador brasileño mariscal Arturo de Costa e Silva y el general Suharto, de Indonesia, y torturadores como el general salvadoreño Carlos Eugenio Vides Casanova.
Hoy en día, La Familia es presidida por Douglas Coe (77), un predicador a quien la revista Time lista entre los 25 pastores evangélicos más influyentes de los Estados Unidos.
Treinta y tres miembros del Congreso, republicanos y demócratas, son miembros de La Familia. El presidente George W. Bush e Hillary Clinton, sin ser miembros formales de la organización, han participado de algunas de sus actividades.
La misión de La Familia, según se desprende de sus documentos fundacionales, es "desarrollar y mantener una asociación informal de un conjunto de gente, con el propósito de convertirse en embajadores de la reconciliación, tomando como modelo los principios de Jesús, basados en amar a Dios y amor al prójimo. Trabajar con líderes de otras naciones con la idea de que, al tocar sus corazones, los pobres, a los oprimidos, las viudas y la juventud de sus países serán impactados de una manera positiva".
La única actividad visible de La Familia es el Desayuno Anual de Oración que organizan los 33 miembros del Congreso asociados a La Familia, y que se realiza el primer jueves de febrero en el Hilton International de Washington.
Tradicionalmente, el orador principal es el presidente de los Estados Unidos y asisten unas 3500 personas, entre quienes incluyen dignatarios extranjeros, miembros del gabinete, del cuerpo diplomático e invitados especiales.
Según Sharlet, detrás de su inocente facha espiritual, La Familia constituye una vasta red de intereses políticos y económicos, organizada en un sistema de células cerradas que trasciende las fronteras de los Estados Unidos y se extiende por todo el mundo. El contexto religioso, asegura, es real: un cerrado fundamentalismo centrado en la figura de Jesús. La convicción de La Familia es que el poder es demasiado importante como para ser dejado en manos de la masa.
"El reino de Cristo no es una democracia", recuerda el autor haberles oído decir a los líderes de La Familia, repetidamente. Aunque las ambiciones, claro está, se juegan aquí, en la Tierra.
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