La Francia de reclamos y vandalismos
Las manifestaciones en las distintas ciudades fueron creciendo en una escalada con cada vez más sectores involucrados y más reivindicaciones
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PARÍS.– Hace semanas, jóvenes estudiantes franceses de apenas 13 a 18 años se unieron en protesta bajo la premisa de que su gobierno dejó en el olvido la educación secundaria nacional.
Tachos de basura, pancartas y muebles contra las puertas de ingreso de escuelas públicas conformaron imágenes que, en cuestión de días, se reprodujeron en toda Francia. Rápidamente, esos establecimientos quedaron bloqueados.
Inmediatamente llamó la atención la minoría de edad de una gran parte de participantes en la revuelta. Las fuerzas del orden, sin protocolos especiales, fueron llamadas para evitar desbandes, pero en muchos casos su sola presencia provocó más insultos y el lanzamiento de proyectiles. Claramente, la contención no fue adecuada a la edad de estos jóvenes y las propias autoridades policíacas pidieron mejores recursos, al constatar que el 85% de las detenciones comprendían a menores de edad.
A los pocos días, se suspendieron las granadas de gases lacrimógenos, pero la policía siguió siendo acusada de excesos en un clima de tensión entre manifestantes y autoridades. En una emisión televisada en la cadena BFMTV, el ministro de Educación pidió la colaboración de los padres ante los riesgos que corrían los menores durante las protestas.
Un debate extenso sobre las responsabilidades y compromisos de los adultos en este bloqueo dejó en evidencia las falacias en la vida escolar, pero también en el hogar.
El origen
Todo comenzó el 17 de septiembre y se vinculó a una huelga de profesores del Liceo Saint-Exupéry de la ciudad de Créteil, un establecimiento de 1500 alumnos a las afueras de París.
Los estudiantes pronto tomaron conciencia de la falta de recursos y de personal (cursos con vacantes docentes) y, al día siguiente, bloquearon el ingreso. Se declararon víctimas de un sistema que les exigía resultados sin proporcionarles los elementos esenciales para alcanzarlos.
Louis Boyard y Clémence Guetté, dos diputados del partido de ultraizquierda llamado La France Insoumise (LFI), se presentaron en el lugar del bloqueo estudiantil y lanzaron una movilización en las redes sociales. A partir del 23 de septiembre, otros diez colegios de los suburbios parisinos adhirieron al bloqueo.
Enseguida, un sitio de actualidad musical publicó una entrevista a ocho estudiantes que relataban su sentimiento de abandono y de inequidad republicana. Al 1º de octubre, Franceinfo informaba que la entrevista había alcanzado 1,5 millones de visualizaciones en TikTok. Quizás fue la mecha para la extensión del movimiento a nivel nacional.
Hasta allí, era inevitable caer en el encanto de una unión entre las autoridades de las escuelas y su alumnado con el objeto de mejorar las condiciones de la educación (mejores edificios, cobertura de vacantes docentes, etc.). Desgraciadamente, llegó el oportunismo político, esta vez de la mano de un político francés, jefe del partido ya mencionado: Jean-Luc Mélenchon.
Figura de la izquierda radical francesa y fundador de LFI, Mélenchon es candidato a la presidencia para 2027. Su programa, fundado en la redistribución de la riqueza, la justicia social, la transición ecológica y una transformación radical de las instituciones, parece, sin embargo, anclado en un modelo socialista de un pasado lejano, inspirado en su admirado Mitterrand y desconectado, a mi entender, de la realidad actual.
Su intervención en las protestas no tardó en hacerse sentir, intensificando sus críticas al gobierno de turno y redoblando la presencia de su partido en los bloqueos de los liceos. En la plataforma X, Mélenchon apuntó contra la “represión policial excesiva”, llegando a tuitear que sus seguidores políticos debían interponerse entre los liceístas y la policía, como si esta última representara, por su propia presencia, un peligro real e inminente para la juventud francesa.
De movilización a revuelta
En pocas semanas, la izquierda extremista francesa se hizo eco de los reclamos estudiantiles, incorporando otros de naturaleza económica y social que, en mayor o menor medida, expresaban el malestar ante el encarecimiento de la vida y la aparente apatía del gobierno.
Las sucesivas convocatorias fueron ampliando el alcance de las protestas, que durante octubre se extendieron desde los liceos hasta las universidades y los grandes centros de estudios franceses. En distinta medida, hubo manifestaciones de apoyo en instituciones tradicionalmente asociadas con la formación de las élites, como HEC y la Universidad Paris-Dauphine. La extensión de las protestas al ámbito universitario evidenció que el descontento ya no se limitaba a los estudiantes de secundaria, sino que comenzaba a alterar también el funcionamiento de la educación superior, según relató Le Figaro Étudiant.

La respuesta del gobierno llegó después de varias movilizaciones y combinó promesas de diálogo con medidas de emergencia, sin ofrecer una solución integral a las reivindicaciones estudiantiles. El 8 de octubre, el ministro de Educación Nacional, Édouard Geffray, anunció en una entrevista concedida a TF1 el despliegue de unos 3000 profesores sustitutos en los liceos con mayores dificultades, junto con autorizaciones extraordinarias de contratación y horas adicionales de enseñanza.
Sin embargo, la aplicación de las medidas fue gradual. El 14 de octubre, el ministro reconoció ante el Senado que solo se habían asignado aproximadamente dos tercios de los docentes previstos. Pese a los avances, persistían dudas sobre la capacidad de los profesores movilizados para cubrir todas las ausencias y sobre la correspondencia entre sus especialidades y las necesidades de los establecimientos.
Mientras tanto, algunos estudiantes comenzaban a expresar su deseo de retomar las clases y poner fin a esta especie de huelga, preocupados por la acumulación de tareas y el tiempo de estudio perdido. Si por momentos parecía haberse abierto un diálogo constructivo, todo se hizo humo durante la jornada del sábado 17 de octubre, una fecha singular para nosotros, los argentinos. Un día que diríamos peronista.
El caos
La movilización del 17 de octubre surgió en las redes sociales como una protesta contra el aumento del precio de los combustibles y el costo de vida, y terminó confluyendo con las manifestaciones de los estudiantes secundarios. Inicialmente carecía de una organización claramente identificable y se difundía mediante convocatorias acompañadas, entre otras, de imágenes generadas por inteligencia artificial. Sin embargo, antiguos referentes de los chalecos amarillos, como Jérôme Rodrigues, acabaron respaldándola.
Progresivamente, fue tomando forma una movilización multisectorial en la que confluyeron organizaciones sindicales (CGT, Solidaires, Confédération paysanne), agrupaciones estudiantiles y los ya mencionados chalecos amarillos. Seguramente, otros grupos menos conocidos también hayan adherido, pero importa destacar el carácter altamente atomizado de las convocatorias. En París, por ejemplo, las autoridades autorizaron un cortejo con salida prevista a las 14 horas, desde la plaza de la República hasta la plaza de Clichy, mientras que otros recorridos y sectores de la ciudad quedaron restringidos a las manifestaciones.
Nada salió como estaba previsto por las autoridades. La presencia temprana de grupos enmascarados y los primeros disturbios impidieron que la manifestación parisina se desarrollara según el recorrido previsto. Durante casi 12 horas, una sucesión de disturbios, saqueos y actos de violencia en distintas ciudades mantuvo en vilo a buena parte del país, que seguía los acontecimientos a través de los medios y las redes sociales. Pronto, y como reguero de pólvora, comenzaron a multiplicarse los ataques contra edificios y espacios públicos, ciudad tras ciudad. El incendio de la oficina de turismo de Lyon, los destrozos en el edificio municipal de Marsella y los disturbios e incendios en la Plaza de la República, en París, fueron algunas de las imágenes que llegaron a la ciudadanía.
En medio de las manifestaciones, grupos violentos se entregaron a una barbarie inesperada: destrozos, robos, agresiones y ataques incendiarios, que tuvieron una de sus expresiones más dramáticas en el incendio del Ayuntamiento de Limoges, edificio emblemático del patrimonio arquitectónico francés.
El balance oficial consolidado de los disturbios del 17 de octubre registró 2397 detenciones y 997 policías y gendarmes heridos, siete de ellos de gravedad.
En los enfrentamientos participaron grupos que recurrieron a la táctica del black bloc, que no constituye una organización propiamente dicha, sino una forma de acción colectiva caracterizada por la vestimenta negra, el ocultamiento del rostro para preservar el anonimato y la actuación coordinada durante las manifestaciones. En la zona de La Madeleine, en París, por ejemplo, según relataron cronistas del diario francés Le Monde, grupos organizados de esta manera protagonizaron ataques contra las fuerzas antidisturbios y utilizaron elementos de barricadas, piedras, botellas y otros proyectiles para avanzar sobre las líneas policiales. Los enfrentamientos se extendieron por distintos sectores de la capital, donde también se registraron barricadas, incendios y ataques contra establecimientos comerciales.
No obstante, la violencia de aquella jornada no puede atribuirse exclusivamente a los black blocs. Aunque el gobierno señaló a grupos de la ultraizquierda como responsables de los principales disturbios, las investigaciones periodísticas describieron una composición más heterogénea, que incluía militantes radicalizados, grupos organizados para enfrentarse con la policía y personas que participaron en saqueos oportunistas.
Existió, sí, un desafío a la autoridad, acompañado de graves ataques contra las instituciones y de un despliegue de destrucción y robos que no debería verse en un país como Francia (en rigor, en ninguno).
El estado de las cosas
¿Estamos ante una nueva toma de la Bastilla o un mayo del 68? A mi entender, no. Al menos por el momento. No existe tanto un conflicto sobre el estado de las cosas como sobre el estado de las cuentas.
Cuentas en el número de profesores, la cantidad de orientaciones, las vacantes en los estudios terciarios, las mejoras edilicias, las horas de estudio y los días de clase. También hay que hacer las cuentas presupuestarias para garantizar fuentes de trabajo, acceso a una vivienda digna y cierta estabilidad profesional.
No son matemáticas fáciles. Pero Francia cuenta con importantes recursos económicos y una capacidad de financiamiento que, aunque hoy enfrenta dificultades, sigue siendo considerable. Podrán no gustarnos algunos números, pero al menos no son todas sumas de negativos.
Sin embargo, muchos políticos parecen interesados en transformar estos reclamos en un estado de urgencia y de quiebre institucional. Le Pen, Trump y otros encuentran en los destrozos una oportunidad para sus propios discursos. Ni siquiera hace falta recurrir al delirio de que los inmigrantes comen gatos: las imágenes de individuos con banderas palestinas en algunos disturbios pueden ser utilizadas para alimentar discursos sobre inmigración e islamismo, aunque las reivindicaciones originales nada tuvieran que ver con esos temas.
Y los discursos crean campañas que, a seis meses de las elecciones presidenciales, pueden favorecer a candidatos alejados del centro político tradicional francés. Ningún cambio en la conducción del Poder Ejecutivo debería comprometer, sin embargo, el amparo de los derechos individuales de la ciudadanía. Las obligaciones del Estado permanecen más allá de quienes ejercen el gobierno.
A diferencia de la Argentina, donde las provincias están a cargo de la prestación de buena parte de los servicios públicos esenciales, en Francia es el Estado nacional quien asume las principales responsabilidades en materia de educación, salud y seguridad. La seguridad pública también es fundamentalmente una responsabilidad nacional, ejercida por la Policía Nacional y la Gendarmería en todo su territorio. En un sistema unitario como el francés, buena parte de estas obligaciones recae directamente sobre el poder central.
La medida de la obligación hace la medida del poder necesario para cumplirla. Es una ecuación que hoy parece estar mal balanceada.
Termino con una pequeña anécdota. En Francia, en las clases preescolares (3 a 6 años) suele enseñarse una consigna sencilla a quienes recién comienzan su recorrido educativo. Es una regla elemental de convivencia que dice: “No se grita, no se pega, no se lanza”. Niñas y niños la aprenden fácilmente, casi como un Avemaría. No estaría de más recordarla en estos tiempos.
La autora es abogada CPACF Buenos Aires y Barreau de Paris
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