La inquietud en EE.UU.: ¿qué cambiará ahora?

Silvia Pisani
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27 de septiembre de 2015  

FILADELFIA.- Con, al menos, la renuncia de uno de los hombres más poderosos en la estructura de poder sobre sus hombros, el interrogante sobre el efecto futuro de la visita de Francisco a Estados Unidos se profundiza mientras, por las dudas y sin sorpresas, no son pocos los que tratan de asociar su prédica con la que expresa "el Papa del Pueblo".

El viaje aún no terminó. Falta el cierre, hoy, del Encuentro de la Familia, ocasión en la que, seguramente, abordará con más precisión cuestiones sociales que hasta ahora -y para disgusto del ala más conservadora de esta sociedad- sólo trató tangencialmente.

Eso ocurrió cuando, en el Capitolio, habló de la importancia de la familia y del respeto a la vida "desde el primer momento", en una referencia al aborto, cuya condena encaja más con la línea republicana que con la demócrata.

Pero, en todo caso, el alineamiento cambió de signo cuando, inmediatamente y por la misma razón, el Papa sorprendió con el pedido para abolir la pena de muerte, algo a lo que no está dispuesto ese mismo sector conservador.

De lo que se ha visto hasta ahora es obvio que el discurso del Pontífice encuadró más con la agenda de gestión del presidente Barack Obama. Es su administración la que habla de cambio climático -un desafío impostergable, según el Papa-, inmigración, tolerancia y combate a la desigualdad.

Es, también, la que impulsó el controvertido acuerdo de desarme nuclear con Irán -"No teman a emprender caminos nuevos", dijo el Papa- y la que, de paso, habla de controlar la venta de armas. Algo por lo que, en escala mayor, abogó el Pontífice al enrostrar que esa industria y ese comercio, poderosos en este país, son una expresión de "dinero manchado con sangre".

Con su lección al Capitolio, el Papa pidió tolerancia, diálogo y capacidad de trabajo para dar respuestas "a las personas reales, de carne y hueso" que son las que esperan las decisiones de una clase política que no siempre los atiende.

La primera sorpresa llegó, ya se sabe, apenas horas después, con la abrupta renuncia del presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner. Tercero en la línea de sucesión presidencial después del vicepresidente Joe Biden, se fue, harto de la crispación y del boicot de la extrema derecha que paraliza el cuerpo y le impide dar respuestas.

¿Qué cambiará ahora?, era la pregunta ayer entre analistas políticos. Las apuestas para el reemplazo de Boehner varían según las impulsen moderados o ultraconservadores; dialoguistas o radicales; tolerantes o sectarios. La moneda está en el aire. "Ojalá que sea alguien que comprenda que no se puede tener siempre razón en todo", dijo Obama.

Boehner dijo que se fue, en parte, "inspirado" por las palabras de Francisco y visiblemente conmovido por su presencia. También es verdad que la prédica del Papa le dio una oportunidad de oro para una salida que, de todos modos, según afirmó, venía madurando.

La visita del Papa le permitió, en todo caso, darle forma de moraleja y encuadrarla en la idea de la necesidad de otra forma de actuar en política. El final de la historia se dilucidará, solamente, cuando se conozca el perfil del sucesor.

Mientras, otros aprovechan la visita del Papa y, con gestos y hasta con regalos, intentan sintonizar con Francisco. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, le regaló un ejemplar de su tarjeta de identificación municipal, su caballito de batalla para con la población inmigrante.

Greenpeace le hizo llegar su reconocimiento por la lucha contra el cambio climático; los trabajadores extranjeros de Harlem le regalaron un casco, y la población latina, una pelota de fútbol. Boehner le regaló su renuncia.

Con el Papa al lado, todos hallaron un mejor modo de hacer política.

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