
La lección que sufrió el Raj británico y que el Kremlin prefirió desconocer
Los ingleses conocieron la ferocidad de las tribus afganas durante tres conflictos
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El primer ultimátum que recibió Afganistán fue en 1838 y exigía a Kabul la expulsión de un extranjero. Los afganos se opusieron y entonces vino la guerra. Fue la primera que enfrentó a esas tribus bravas con un ejército moderno. Y fue la primera lección que Occidente aprendió de aquellas tierras, al costo de abonarlas con su sangre.
En 1835, Dost Mohammed Kan, que una década atrás había iniciado una nueva dinastía de monarcas, se erigió en emir de Afganistán. Sabiéndose gobernante de un Estado-tapón que separaba a los más grandes imperios de la época, buscó sacar provecho del duelo entre Londres y el Kremlin, obteniendo favores de ambas partes.
Pretendió así la ayuda del Raj británico para proteger el territorio afgano reclamado en el Punjab, pero los ingleses se negaron y Kabul se volvió hacia Rusia. Sólo entonces, preocupado por la posibilidad de que el zar ganara influencia en Kabul, Londres decidió el envió de Alexander Burns como emisario plenipotenciario. Dost Mohammed lo recibió con un abrazo, pero no interrumpió por ello los contactos con el Kremlin. El Gran juego por el dominio de Afganistán había comenzado y los rusos parecían estar jugando con las blancas.
Decidido a revertir el curso de la partida, el gobernador general británico en la India, George Eden, conde de Auckland, presentó a Kabul un ultimátum que exigía la expulsión de Afganistán del enviado del zar. El emir rechazó los reclamos británicos y Londres se decidió a emprender la Primera Guerra Anglo-afgana.
Un ejército de elefantes
En marzo de 1838, un colorido ejército inglés montado sobre el lomo de cinco mil elefantes y camellos cruzó el mítico Paso de Khyber e inició la invasión de Afganistán. Kandahar cayó en abril de 1839, Ghazni en julio y Kabul se rindió en agosto. Los ingleses sólo habían conocido el éxito y tras derrocar y encarcelar a Dost Mohammed, instalaron en el trono a Shah Shuja, descendiente del primer rey afgano.
Sin embargo, el gobierno títere era demasiado débil y en 1842 una sublevación liderada por Akhbar Jan, uno de los hijos de Dost Mohammed, obligó a los ingleses a negociar. Pero cuando el emisario británico sir William Hay Macnaghten fue enviado a discutir con los rebeldes afganos, cayó en una trampa y el propio Akhbar lo asesinó con sus manos.
Unos 4500 ingleses y 12.000 sirvientes se vieron obligados a abandonar Kabul y en su trágica retirada fueron masacrados por las tribus afganas. Un solo hombre logró cruzar con vida la frontera. Los ingleses intentaron una represalia, pero reconociéndose derrotados optaron por dejar el país, dejando a Dost Mohammed, que había sido liberado, nuevamente en el poder.
Aunque en 1855 Londres y Kabul firmaron un acuerdo de amistad, hacia 1878 los afganos volvieron a despertar la hostilidad británica al adoptar una estrecha relación con Rusia. Tras un nuevo ultimátum inglés y otro rechazo afgano, sucedió entonces la Segunda Guerra Anglo-afgana.
Los ingleses cruzaron otra vez la frontera, pero rápidamente el emir Yakub Kan logró un acuerdo de paz, a costa de ceder al Raj la política exterior del emirato. Sin embargo, los afganos volvieron a rebelarse y los miembros de la misión británica en Kabul fueron asesinados.
Los ingleses contraatacaron, Kabul volvió a ser ocupada y un nuevo monarca, Abd-ar-Rahman, fue entronizado. La resistencia, de todos modos, continuaba y, tras proclamar la guerra santa, el príncipe Ayun derrotó a los británicos en Maiwand. Al mando del general Roberts, los casacas rojas ingleses volvieron a contraatacar y su victoria fue esta vez definitiva.
En 1880, el Tratado de Rawalpindi puso fin al conflicto y Afganistán se convirtió en un protectorado británico. El Gran juego había concluido.
Durante los siguientes años, Gran Bretaña rediseñó las fronteras del reino estableciendo la Línea Durand, que marcó los límites de la administración de Kabul. Y aunque se creó un ejército moderno permanente y se sofocaron más de 40 revueltas, algunas de las cuales fueron cubiertas por el joven corresponsal de guerra Winston Churchill, en general, por unas décadas, imperó la paz.
El camino a la independencia
A comienzos del siglo XX, durante el reinado de Habibollah, la tecnología europea fue introducida en el país, y con ella llegaron los ideales y estilos occidentales. Sin embargo, el nacionalismo fue creciendo y al estallar la Primera Guerra Mundial el rey recibió presiones para que el país entrara en la contienda contra Gran Bretaña. Las promesas de Londres de otorgar la plena independencia a Afganistán si se mantenía neutral, persuadieron no obstante a Habibollah, que se mantuvo al margen de la lucha. La decisión salvó al país de una derrota, pero a él le costó la vida cuando, tras la guerra, Londres no mantuvo su promesa y un activista antibritánico lo asesinó.
Su sucesor, Amanollah, proclamó unilateralmente la independencia en 1919 y, tras una breve tercera guerra, los ingleses cedieron. Durante los siguientes 60 años, Afganistán mantuvo la independencia. Hasta que un presidente soviético, desconocedor de las lecciones que las tribus afganas habían impartido al Raj británico, decidió invadir.
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