
La mirada de dos argentinos: “Fue increíble ver tanta gente deambulando por las calles”
Un matrimonio argentino cuenta desde Ceuta cómo vivieron la repentina entrada de la ola de migrantes que se derramó sobre el enclave; multitudes pacíficas y gestos solidarios
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ROMA.– Son las ocho de la noche y la voz en el teléfono de Rosario Álvarez Gaona y Miguel Palomo Montero, un matrimonio argentino que vive en Ceuta desde hace 23 años, suena alterada. Y es lógico: aunque ya experimentaron en el pasado otras dos grandes avalanchas migratorias que sacudieron el diminuto enclave español –una en 2005 y otra en mayo de 2021–, aseguran a LA NACION que nunca vieron nada parecido a lo de los últimos días.
“Nunca ha sido algo tan desbordante. Lo que pasa es que ha ido subiendo de intensidad, han ido subiendo las cantidades”, dice Miguel, nacido en Lomas de Zamora hace 56 años, que ya cuenta con la doble nacionalidad, argentina y española. Junto a su mujer Rosario, que es mendocina, viven en España desde el año 2000 y en Ceuta desde 2003. Allí la comunidad argentina es pequeña, unas veinte personas, calculan. Él trabaja en el alumbrado de la ciudad y ella en el colegio de abogados.

“Nunca vimos algo así, algo tan impresionante en cantidad. En 2021 fue brutal, 10.000 personas en un día. Pero lo de ayer fueron 60.000 personas”, repiten sin ocultar su asombro. “Lo que sí hay que destacar es que, más allá de todo lo impresionante y chocante que pueda ser, no se han producido conflictos. La gente ha entrado de forma pacífica y se ha comportado dentro de las limitaciones que hay en esta ciudad tan pequeña, donde muchos se quedaron en la calle tirados, con bastante civismo”, destacan.
Según la información que manejan ya cruzaron de vuelta a Marruecos más de 48.000 personas. “O sea, se ha vuelto casi la totalidad. Podemos llegar a tener en este momento 10.000 personas dando vueltas. Es una ciudad muy chica para la cantidad de personas que están dando vueltas. Pero claro, estamos hablando de una sexta parte de la que había esta mañana”, precisan.
“La gente se está yendo a causa del hambre, la sed, el calor, de que no tienen nada. Se están volviendo porque después de 24 horas se están dando cuenta de que, si llegan aquí sin un objetivo, sin un plan trazado y sin nadie que realmente los esté esperando, la ciudad no puede darles amparo de ninguna manera y se tienen que volver. No tienen nada que hacer aquí. Pero lo están haciendo de forma natural. No es que se están volviendo porque el gobierno haya dado una solución”, remarcan, muy críticos con la gestión del jefe de gobierno español, Pedro Sánchez, que califican de “paupérrima”.

Durante la conversación telefónica se oyen sirenas de la policía. “Esto es constante porque claro, ahora, después de una virtual parálisis, lo que se está intentando es empezar a evacuar con un poco más de disuasión a los que no quieren salir por las buenas”, explican. “Las fuerzas del Estado han actuado como de bienvenida y están empezando a cumplir el rol de defensa que deben tener y están empezando a evacuar a aquellos que no están saliendo por las buenas, que no se están volviendo por su propio medio”, añaden.
Causas múltiples
A la hora de las preguntas de cómo pudo pasar algo así, no tienen dudas de que la avalancha migratoria de esta vez fue resultado de un combo de cuestiones políticas.
“Se han dado varias cosas. La semana pasada Sánchez ha ido a Argelia a intentar recomponer las relaciones rotas por Argelia a partir de que España reconociese al Sahara Occidental como parte de Marruecos. Esto pasó hace cinco años, justamente, después de la última invasión. Y claro, eso produjo una rotura en las relaciones y en la comercialización del gas que suministra Argelia, tan importante después de que se desató en 2022 la guerra entre Rusia y Ucrania”, indican.

Amén de que ese intento de recomponer relaciones con Argelia no le cayó bien a Marruecos, Rosario y Miguel también destacan otro factor. “El Tribunal Supremo español la semana pasada indicó que una persona que ingrese a través del mar no está violando una frontera porque el mar no es una frontera física, el agua no es una frontera física, por lo que no se acepta una devolución en caliente, lo cual dio pie a que comenzara el ingreso de decenas de personas nadando”, apuntan.
En el marco de una crisis migratoria que puso a Ceuta al borde del colapso, dicen que no sintieron “miedo”. Aunque admiten que sí vivieron mucha “incertidumbre y angustia” en los últimos días y horas, en las cuales, además, como cerraron los comercios de comida y supermercados para evitar saqueos, hasta se quedaron sin víveres.
“Lo más conflictivo en lo que nos hemos visto envueltos es en que han cerrado desde ayer los supermercados y las tiendas de alimentación. Y, claro, verdaderamente no teníamos previsto, ni nosotros ni nadie, este conflicto, entonces no teníamos una provisión de alimentos reservados como para muchos días”, cuenta Miguel. “De hecho una anécdota es que unos vecinos nos invitaron a almorzar”, añade, riendo, Rosario.
Al ser los dos trabajadores esenciales, pese al caos, tuvieron que salir igual a trabajar en Ceuta, ciudad-enclave que de todos modos se mostró solidaria ante la avalancha de desesperados. “Yo de hecho he estado trabajando hasta la 1 de la mañana en un campamento provisional que se hizo para recibir a una pequeña cantidad de los que estaban entrando”, cuenta Miguel.
“Fue increíble ver tanta gente deambulando por las calles. Han dormido en la puerta de nuestra casa. Imagínate en una ciudad de 80.000 personas, 60.000 personas por la calle, sin habitaciones, sin sitio donde vivir. Imagínate un pueblo de 80.000 personas con 60.000 personas más en esas mismas calles. De hecho, por más que te sientas invadido, te da pena. Cuando anoche volví del campamento que se estaba improvisando, tenía dos jovencillos comiéndose un bocadillo, sentados en la puerta de casa. Subí, agarré dos latas de 7-Up y se las llevé”, añade.
“O sea, no es que lo hemos vivido como una invasión y hemos ido a por ellos, no, sino que te parte ver todo eso”, ahonda. “Dentro de lo mal que nos hemos sentido y de las consecuencias que estamos sufriendo, nos hemos solidarizado con ellos también”, coincide Rosario, al destacar la labor de organizaciones como Cáritas, Cruz Blanca, Cruz Roja, el Banco de Alimentos y hasta los militares que comenzaron a repartir con camiones bolsones de agua, en medio de un calor tórrido.
Aun incrédulos por lo que están viviendo, algo que nunca se imaginaron de semejante entidad, Miguel y Rosario –que no tienen hijos, sino a un perro, Bobby, y que viajan cada dos años a la Argentina–, esperan que las cosas se normalicen. “Si esto se extendiera demasiado, no sabemos cómo acabaría”.



