
La nueva tentación del siglo XXI
Por Mario Diament
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MIAMI.- De todas las profecías que la literatura aventuró para el tercer milenio, desde el universo totalitario de George Orwell y el mundo feliz de Aldous Huxley hasta la odisea espacial de Arthur C. Clarke, ninguna se ha materializado completamente. A pesar de Internet, los celulares, la globalización y el Viagra, vivimos en un mundo similar en esencia al del último cuarto del siglo pasado, conviviendo con una proporción parecida de pobreza, injusticia, violencia, corrupción, déficit sanitario y analfabetismo.
Hay, sin embargo, un sector de nuestro universo cotidiano que se ha ido acercando notablemente a las características que describían los vaticinios futuristas: es el entretenimiento. Si alguien desea averiguar cómo se divierte la gente en esta primera parte del siglo XXI, no tiene más que prender el televisor.
El fin de la ficción
Desde "Network" hasta "The Truman Show", los autores con alguna conciencia crítica del medio han especulado con el fin de la ficción y su reemplazo por una versión voyeurística de la realidad, donde el espectador pudiera asistir a escenas de dolor, sexo, violencia y muerte sin el filtro de la ilusión.
En "Network", de Sidney Lumet, una ambiciosa productora (Faye Dunaway) se entusiasma con la posibilidad de que el conductor de un programa acepte suicidarse frente a las cámaras; y en "The Truman Show", de Peter Weir, un agente de seguros (Jim Carrey) vive sin saberlo en una ciudad armada dentro de un estudio de televisión, donde cada uno de sus movimientos resulta accesible a miles de espectadores.
En su momento, el público interpretó estas películas como exageraciones reveladoras, pero poco plausibles; sin embargo, los ejecutivos de la televisión no tienen el mismo sentido de la ironía: para ellos se trató, sencillamente, de una gran idea.
Desde el año pasado, los reality-shows , programas desarrollados con personas reales colocadas en situaciones extremas, han debutado en la televisión norteamericana y dibujado empinadas cumbres en las planillas de rating que aseguran su continuidad.
El más exitoso de ellos, "Survivor" ("Sobreviviente"), donde un grupo de 16 voluntarios cuidadosamente seleccionados es depositado en una isla cerca de Borneo e invitado a sobrevivir, mantuvo en vilo a quince millones de espectadores durante 39 días y se convirtió en el modelo a copiar por los programas del futuro. "Big Brother" ("Gran hermano"), un programa que reunía a un grupo de diez extraños en una casa totalmente aislada durante 100 días, en el transcurso de los cuales todas sus acciones eran documentadas por 24 cámaras y 59 micrófonos, despertó menos curiosidad, pero sirvió para consolidar la tendencia.
La isla de la tentación
El miércoles último, la cadena Fox, propiedad del australiano Rupert Murdoch, lanzó su última incursión en el mundo de la pseudorrealidad en medio de una tormenta de controversias. El programa se titula "Temptation Island" ("La isla de la tentación") y su propuesta consiste en llevar a cuatro parejas comprometidas, pero no casadas, a una isla cercana a Belice, donde 26 seductores, hombres y mujeres, tratarán de poner a prueba la solidez de los vínculos afectivos de aquéllos.
El programa recibió un aluvión de críticas, que lo acusaban de promover la infidelidad y amparar la prostitución, pero la gente de Fox, que el año pasado, después del bochorno de "¿Quién quiere casarse con un multimillonario?", prometió no volver a incursionar en el género, explicó, con esa convicción que deviene de la fe en la autoridad moral del pragmatismo, que las promesas en el mundo de la televisión se rigen por la teoría de la relatividad: "Trabajamos en un negocio dinámico. Las cosas cambian".
"Temptation Island" arrancó con una audiencia de 16 millones de espectadores. El día anterior, otro reality-show, llamado "The Mole" ("El infiltrado"), donde un grupo de 10 personas debe completar una serie de tareas inusuales mientras otro grupo trabaja para sabotear sus esfuerzos, debutó con una audiencia de 13 millones. Mark Fishman, un sociólogo autor de un estudio sobre los reality-shows , analiza el fenómeno valiéndose de una palabra alemana - schadenfreude - que significa deleitarse con la desgracia ajena.
"Estamos entrando en una nueva era en la que se hace público aquello que solía considerarse privado", dice Fishman.
La paradoja acerca de estos programas es que la premisa que proponen está más distante del mundo real que la más fantástica telenovela. Pero 16 millones de mirones bastan para convencer a cualquiera de lo contrario.
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