
La parábola del socialista que ahora defiende el mercado
Por Jorge Camarasa
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SANTIAGO, Chile.- Ricardo Lagos, el hombre de 62 años que gobernará Chile hasta fines del 2006, tiene una coraza de duro que apenas si esconde al intelectual que la habita. Con cara de bulldog y legendaria fama de cascarrabias, su historia es más académica que militante, y ha pasado más años en las bibliotecas que en las trincheras.
Desde anoche, cuando ganó por poco las elecciones más dramáticas que se recuerden en su país, en apariencia se enfrenta al desafío de presidir un Chile partido en dos, y con la "maldición" de ser socialista. Sin embargo, quizás no todo sea lo que parezca, y ni Chile esté tan dividido ni Lagos sea tan izquierdista.
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Ricardo Lagos, chileno de Santiago, nació en 1938 y llegó a la política de la mano de su familia materna, en la que convivían radicales y liberales.
Abogado por descarte y economista por vocación, a los 22 años se recibió de doctor en leyes en la universidad pública y su tesis de graduado fue sobre la concentración del poder económico.
Militante universitario, compañero de Antonio Skármeta y Ariel Dorfman, su profesor de Economía Política fue Patricio Aylwin, pero en lugar de la Democracia Cristiana eligió el socialismo. Con su título de abogado bajo el brazo y una esposa flamante, en 1960 se mudó a los Estados Unidos, y en dos años realizó un doctorado en Economía en la Universidad de Duke.
De vuelta a Chile en 1963, hasta 1972 su actividad principal fue la docencia, y trabajó desde las filas académicas para el gobierno de la Unidad Popular.
Para entonces, el hombre que cobraría fama de socialista duro ya había completado su formación.
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El primer cargo público que Ricardo Lagos pudo tener se lo arrancó de cuajo un militar prusiano de anteojos negros y bigotes fieros. En 1973, Salvador Allende había designado a Lagos embajador en la Unión Soviética, pero el golpe de septiembre del general Augusto Pinochet tiró todo por la borda.
Como en el caso de tantos chilenos, el primer exilio de Lagos fue en Buenos Aires. Para entonces, ya se había separado de su primera esposa, con la que había tenido dos hijos, y se había vuelto a casar con su actual mujer, Luisa Durán, una asistente social que acabaría por poner una inmobiliaria.
En 1974, Triple A y otros encantos mediante, Ricardo Lagos volvió con su familia a los Estados Unidos, pero Chile tiraba y tiraba, y en 1978, otra vez vía Buenos Aires, regresó a su país. Para entonces, ya era un economista de prestigio internacional, con libros y ensayos publicados, y desde principios de los ochenta se convertiría en un militante hiperactivo contra la dictadura militar.
Fue presidente de la Alianza Democrática, dirigente socialista y hasta periodista amateur, y en 1986 estuvo preso dos semanas, acusado de haber sido el instigador de un atentado en el que Pinochet salvó la vida por un pelo.
Dos años más tarde, en 1988, protagonizaría un hecho que hoy en Chile ya es casi una leyenda: en un programa de televisión en vivo increpó al todopoderoso general y lo emplazó a abandonar el poder, y el gesto terminó ungiéndolo en una suerte de líder de la oposición a la dictadura.
Aunque fue ministro de Educación en 1990 y de Obras Públicas en 1994, el liderazgo no se convalidaría sino hasta diez años después, cuando en una interna aplastante e insólita Ricardo Lagos le arrebató la candidatura a presidente al demócrata cristiano Andrés Zaldívar.
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Dicen en Santiago que el vetusto Augusto Pinochet tiene un encono especial con Ricardo Lagos. "Ese abogado socialista...", repite con desprecio el general.
Y sin embargo, tal vez Lagos no lo sea tanto. De hecho, defiende los mercados, hace participar al sector privado en las obras públicas, y hasta ha sido bendecido por el Wall Street Journal, que escribió sobre él: "Es un crítico del neoliberalismo que ha logrado impresionar a los líderes conservadores".
Socialdemócrata más que socialista, hombre con más puntos de contacto con el pensamiento de Felipe González y Grš Brutland que con el de Salvador Allende, el nuevo presidente de Chile tendrá ahora que empezar a cumplir lo prometido en la campaña: 300.000 nuevos puestos de trabajo, recursos para el desarrollo de las comunas rurales más pobres, igualdad salarial entre hombres y mujeres.
En líneas generales, promesas parecidas a las que había hecho su derrotado de ayer, el derechista Joaquín Lavín. ¿Y entonces?
"Es que Lagos se parece cada vez más a Lavín, y Lavín se parece cada vez más a Lagos", explica, con malicia, un veterano senador de la Democracia Cristiana.
La de Ricardo Lagos, flamante presidente electo, finalmente es la parábola de un socialista que acabó defendiendo los mercados, y la paradoja de un funcionario que casi nunca estuvo en funciones.
Dicen en Chile que una cosa sabe, y que Lavín la hubiese sabido, de estar en su lugar: que sólo tiene a la mitad del país con él, y que no podrá gobernar los próximos seis años sin convocar a la otra mitad.
Anoche, cuando se enteró del triunfo, dio un gran suspiro y cerró los ojos. Nadie supo explicar si el gesto fue de alivio o por lo que vendrá.




