La pulseada entre EE.UU. e Irán redefine el estratégico tablero de Medio Oriente

La última escalada entre Teherán y Riad, un aliado clave de Washington, avivó tensiones y elevó el temor a un conflicto
Luisa Corradini
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22 de septiembre de 2019  

PARÍS.- Como un aprendiz de brujo -convencido de que en diplomacia 2+2=4 y que alcanza para obtener un deal-, apenas llegado a la Casa Blanca, Donald Trump cometió un monumental error que terminaría por llevar a su país a las puertas del mayor fracaso geoestratégico desde la guerra de Irak de 2003: retirarse del acuerdo internacional sobre limitación del sector nuclear iraní, desatando una reacción en cadena que, poco a poco, llevó a Estados Unidos y a sus aliados en Medio Oriente a las puertas de la guerra.

¿Por competir con su antecesor, Barack Obama, que firmó el acuerdo en 2015? ¿Por satisfacer a sus aliados en la región -Israel, Arabia Saudita y los países del Golfo-, obsesionados con el peligro real que representa para ellos Irán? Lo cierto es que, contra la opinión de los demás signatarios (Francia, Alemania, Gran Bretaña, China y Rusia), una de las primeras decisiones de Trump al asumir la presidencia fue retirarse de ese tratado, que obligaba a Irán a limitar su programa nuclear contra el levantamiento de las prohibiciones que pesaban sobre sus actividades petroleras.

La Casa Blanca restableció y endureció esas sanciones, convencida de que lograría así obtener un pacto más restrictivo en el sector de las armas estratégicas de la república islámica.

"Trump estaba convencido entonces de la viabilidad de un frente común regional entre enemigos de Teherán", explica Thierry Coville, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (IRIS).

Por esa razón, los países del Golfo se mostraron incluso dispuestos a aceptar el acercamiento con Israel promovido por la Casa Blanca.

Todo parecía responder a lo planeado por Trump y por su yerno Jared Kuchner, responsable del plan de paz para Medio Oriente. Desde el año pasado, las exportaciones iraníes de petróleo son casi nulas, los ingresos del país prácticamente no existen y -según los expertos- apenas quedarían reservas de divisas para unos pocos meses. Y la inflación, que supera el 40%, derrumbó el poder adquisitivo de los iraníes.

Pero Trump y los halcones de su administración, como el recientemente despedido John Bolton, fueron incapaces de comprender la verdadera envergadura de Irán.

"Sometidos a lo que consideran una 'guerra económica', los dirigentes iraníes llegaron a la conclusión de que la única solución era responder 'con la misma moneda'", dice Suzanne Maloney, directora del programa de Política Internacional de la Brookings Institution.

Para ello, según Coville, Teherán adoptó una doble estrategia: "Violar poco a poco los límites que le impuso el tratado de 2015, y demostrar que es capaz de amenazar el mercado petrolero mundial". Por ejemplo, secuestrando tanqueros occidentales que circulan por el Estrecho de Ormuz, atacando navíos e incluso patrocinando ataques de envergadura a través de facciones fieles regionales, como los rebeldes hutíes de Yemen, que reivindicaron la devastadora agresión con drones y misiles contra dos plantas petroleras sauditas el sábado de la semana pasada.

La estrategia iraní tiene una explicación: Teherán está convencido de que, a pesar de sus amenazas, Trump no está dispuesto a lanzarse a una guerra. Y los hechos parecen darle la razón. Esta semana, de regreso de su gira por Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos (EAU), donde se analizó una eventual respuesta a los ataques contra las plantas petroleras sauditas, el secretario de Estado, Mike Pompeo, insistió en que todos "buscaban una solución pacífica". Esa declaración contrastó sensiblemente con su discurso de la víspera, cuando calificó la participación de Irán como "un acto de guerra", mientras Trump advirtió que Estados Unidos estaba "listo para disparar".

"Trump no es un león. Es un conejo", afirma el analista político Ali Bigdeli, en Teherán, traduciendo la convicción de los responsables del régimen.

En todo caso, Trump dejó en claro que toda respuesta a los ataques de la semana pasada debe venir de Arabia Saudita. Una eventualidad que tampoco entusiasma a los responsables de la monarquía wahabita.

Irán es una potencia regional con 80 millones de habitantes -contra 33 millones de Arabia Saudita-, tiene miles de misiles que amenazan las ciudades sauditas, sus plantas petroleras y bases militares, contra unos centenares de cohetes chinos, una limitada capacidad de defensa antimisiles de Riad, una Fuerza Aérea de alta tecnología con pilotos poco competentes, y un Ejército que nunca se distinguió por su valor estratégico.

Con los europeos decididos a no hacer el juego de la Casa Blanca, ningún país árabe exterior al Golfo dispuesto a entrar en el avispero, e Israel a punto de cambiar de gobierno, Teherán parece estar alcanzando su objetivo de dividir la alianza anti-Irán.

En plena campaña para su reelección, Trump se ve obligado a resolver la cuadratura del círculo: lanzarse en una guerra de inimaginables consecuencias contra Irán o bien olvidar sus amenazas y sentarse a negociar.

Según Sanam Vakil, especialista de Irán y el Golfo Pérsico en el instituto londinense Chatham House, "los iraníes desafían con éxito la supremacía estadounidense y terminarán obligando a la comunidad internacional, y a Trump en particular, a aceptar una nueva relación con Irán".

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