
La Rusia polar: en busca de una mejor vida entre el frío extremo y la oscuridad
Norilsk, en Siberia, fue parte del gulag; la explotación de un mineral la volvió rica, aunque sus habitantes no dejan de sufrir los días cortos, las gélidas temperaturas y el aislamiento
1 minuto de lectura'
NORILSK.- Ubicada 320 kilómetros al norte del círculo polar ártico, la ciudad de Norilsk es un lugar de extremos. Está bendecida con una cornucopia de metales preciosos enterrados bajo un desierto de nieve, pero carece a tal punto de luz solar que durante el invierno, durante dos meses, las noches no terminan nunca. Es la ciudad industrial más contaminada y fría de Rusia, pero también la más rica: al menos si se tiene en cuenta el valor de sus depósitos de paladio, un mineral raro que se usa en los teléfonos celulares y del que pueden llegar a venderse menos de 30 gramos por mil dólares.

Construida sobre los huesos de los prisioneros utilizados como obreros esclavos, Norilsk tuvo su inicio como puesto fronterizo del gulag de Stalin, un lugar con condiciones tan duras que, según algunas estimaciones, de los 650.000 prisioneros que fueron enviados al lugar entre 1935 y 1956 alrededor de 250.000 murieron de frío, hambre o agotamiento. Sin embargo, más de ochenta años después de que Norilsk pasó a formar parte del Archipiélago Gulag (como rebautizó la zona el escritor Alexandr Solyenitsin en la obra donde denunció los campos de Stalin), nadie sabe con precisión cuánta gente hizo trabajos forzados ni cuántos murieron en el lugar.
El sistema de campamentos de Norilsk, mejor conocido como "Norillag", se cerró en 1956, cuando Nikita Kruschev reveló los peores excesos del estalinismo y empezó a desmantelar sus símbolos. Sin embargo, el legado de aquel control represivo perdura en las restricciones que existen para ingresar en la ciudad. Todos los extranjeros tienen prohibido visitarla sin un permiso del Servicio Federal de Seguridad de Rusia (FSB), el sucesor de la KGB tras la desaparición de la Unión Soviética.

"Norilsk es una ciudad especial; surgió gracias al uso de la fuerza -afirma Alexandr Kharitonov, dueño de una imprenta. Es como una sobreviviente. Si no hubiera sido por Norilsk, el principio de vida en el Ártico habría sido otro: venir, trabajar, congelarse? e irse".
Los residentes de Norilsk han convertido un terreno ártico salvaje y deshabitado en una ciudad industrial salpicada de chimeneas que humean entre bloques de departamentos soviéticos y las ruinas de las que fueron las barracas para los presos del gulag.
La población bajó de forma drástica después del colapso de la Unión Soviética, en 1991, lo que produjo el desplome de la economía local. Pero el número de habitantes ha vuelto a crecer. En la actualidad, cerca de 175.000 personas residen todo el año en Norilsk.
Más allá de la ciudad, que se encuentra al noreste de Moscú, en el norte de Siberia, se extiende un territorio inexplorado interminable, básicamente inhabitado. "Todo lo demás es un enorme terreno inhóspito, con una naturaleza agreste y sin personas -asegura Vladimir Larin, un científico que vive en Norilsk. Aquí murieron los últimos mamuts. Cuando excavaron para hacer los cimientos de los edificios, se encontraron los huesos de los animales".
Los huesos de los presos de aquella época también siguen reapareciendo cada año, cuando el invierno termina por fin en junio y la nieve derretida saca a la superficie los restos de un pasado funesto.
Algunos habitantes son los descendientes de quienes trabajaron en condiciones de esclavitud. Se quedaron simplemente por lo difícil de dejar un lugar tan remoto que los locales, al referirse al resto de Rusia, la llaman "el continente". No hay caminos o trenes que conecten Norilsk con otras partes. La única manera de llegar y salir de ella es por avión o por barco, vía el océano Ártico.
Muchos residentes, sin embargo, llegaron por propia voluntad, atraídos por la promesa de salarios relativamente altos y trabajo constante en la industria metalúrgica de la ciudad, un extenso complejo de minas y fundidoras que pertenecen a Norilsk Nickel. La compañía surgió de la privatización de una empresa estatal y es actualmente la productora de paladio más grande del mundo, así como una de las proveedoras más importantes de níquel, cobre y otros metales.
También es una de las generadoras de contaminación más fuertes del planeta. El problema alcanzó tal nivel que en un momento la empresa expulsaba más dióxido de azufre por año que toda Francia. Desde entonces, ha tomado medidas para reducir el vertido de desechos tóxicos. No obstante, el año último Norilsk Nickel fue acusada de convertir el Daldykan, un río que pasa por la planta, en un flujo rojo y viscoso. Los locales lo bautizaron el "río de sangre".
A pesar del clima helado, de la asfixiante contaminación y de la ausencia de luz de noviembre a enero, muchos habitantes de Norilsk se sienten muy orgullosos de la ciudad. También de su propia capacidad de supervivencia en un entorno que incluso a los rusos más duros de otras latitudes les resultaría insoportable. El invierno pasado, las temperaturas alcanzaron los 62 grados bajo cero. Este año, en noviembre, las temperaturas ya llegaron a los 20 grados.
La mayor parte del trabajo y las horas de esparcimiento suceden bajo techo, en particular durante el período invernal. Hace poco, la vida dentro de la ciudad se volvió menos monótona gracias a un avance que esperaron mucho tiempo: después de décadas de servir a la economía digital suministrando materiales para fabricar celulares y computadoras, Norilsk logró su primer servicio fiable de Internet.
Si bien no tenía red, la ciudad se las había arreglado para reproducir lo mejor que pudo las comodidades de una urbe rusa normal. La Universidad de Artes de Norilsk ofrece clases de ballet. Norilsk Greenhouse, una empresa local, produce pepinos en invernaderos con calefacción, mientras que el bar Zaboi brinda cerveza local y música en vivo a los parroquianos.
El gerente del bar, Anton Palukhin, quien se mudó a Norilsk con sus padres desde Kazajstán cuando tenía 5 años, comenta, ahora que tiene 30, que sigue teniendo problemas con el clima y que siempre que viaja de vacaciones a lugares más cálidos de Rusia detesta tener que regresar. "Daría lo que sea para no tomar el vuelo de vuelta", afirma. Igual, lo sigue tomando.
Andrew Higgins THE NEW YORK TIMES




