La tierra que atravesaron las huestes de los más grandes conquistadores
Alejandro Magno y Gengis Khan condujeron sus ejércitos por su árido territorio
1 minuto de lectura'

Con esta nota, LA NACION presenta la primera de una serie de tres artículos sobre la convulsionada historia de Afganistán, el país sobre el cual están ahora depositados los ojos del mundo.
Su árida tierra absorbió la sangre de todos los ejércitos. Sus montañas marcaron el límite de imperios que sólo habían conocido la gloria. Y, según una leyenda que recogió Marco Polo, aun a su más grandioso conquistador, Alejandro, le fue revelado allí, por medio de un árbol que ofició de oráculo, el aciago presagio de que alcanzaría la India, pero jamás regresaría con vida a Macedonia.
Fue precisamente en un escarpado terreno donde no había más que el viento que se escurre entre las montañas nevadas, que el guerrero helénico fundó Alejandrópolis, una de las decenas de ciudades que adoptaron su nombre, hoy llamada Kandahar y famosa por ser el refugio del mullah talibán Mohammed Omar y el último escondrijo conocido de Osama ben Laden.
Antes de que Alejandro Magno dominara lo que hoy se conoce como Afganistán hacia el 328 antes de Cristo, la región había formado parte durante dos siglos del imperio persa de Ciro el Grande, aunque sólo algunos pueblos nómadas que buscaban los pasos hacia el fértil valle del Indo se atrevieron por allí.
Tras la muerte de Alejandro, en el 323 a.C., la mayor parte del territorio quedó bajo la férula del general macedonio Seleuco I Nicátor y poco después se incorporó al reino griego de Bactriana, que perduró hasta el 130 a.C. Luego sobrevino una sucesión de gobernantes de distinta índole que incluyó tribus iraníes y kushanas, que introdujeron el budismo en la región. De aquella época provenían las colosales estatuas de Buda erigidas en Bamiyán, de las que hoy, tras la destrucción ordenada este año por los talibanes, sólo perdura una pétrea silueta desdibujada en la montaña.
En el siglo VII serían los árabes los nuevos conquistadores, dando inicio, con el califa Walid, a la islamización que perdura hasta hoy.
El islam continuó consolidándose como la religión dominante durante los siguientes siglos, mientras el territorio pasaba del control árabe al iraní y, hacia fines del siglo X, al turco, bajo el sultanato de Mahmud de Ghazni. Durante doscientos años la cultura islámica expandió su dominio hasta el norte de la India, pero en 1220, en su arrollador avance hacia el Oeste, las hordas mongolas de Gengis Khan invadieron el país.
Por aquellos años, Marco Polo fue uno de los primeros europeos en viajar por esas tierras y en su travesía por la legendaria ruta de la seda, camino a la China, conoció de los sobrevivientes ismaelitas, que pasaban por Afganistán rumbo al exilio en la India, la historia del Viejo de la montaña y su secta de asesinos.
La cuna del fundamentalismo
Según le contaron a Polo, en la cima de una cumbre cercana a la ciudad caucásica de Alamut -hoy Irán-, un anciano había erigido un paraíso, a donde llevaba, tras adormecerlos con hachís, a los pobladores más pobres del lugar. Allí despertaban, conocían los elixires del paraíso y al cabo de algunos días volvían a ser drogados para despertar nuevamente en la miseria.
Era entonces cuando el Viejo de la montaña prometía a sus víctimas el regreso al paraíso una vez que hubieran traspasado el umbral de la muerte. Para los engañados lugareños, morir sólo conduciría a una vida de placeres y, manipulados por el Viejo, no dubitarían en participar en misiones suicidas que tenían casi siempre como objetivo el homicidio de algún califa o visir. Así nacieron los asesinos, palabra derivada de hashashin , los que toman hachís. Los ismaelitas se esparcieron por el sur del Cáucaso y así nacieron, en la misma tierra que hoy los alberga, los primeros fundamentalistas islámicos.
En el siglo XIV otro conquistador mongol, Timur Lenk (Tamerlán), se apoderó del territorio sacando provecho de la fragmentación del imperio, pero durante los siglos XVI y XVII, los grupos afganos autóctonos comenzaron a rebelarse y tras asesinar al gobernante iraní Nadir, en 1747, los jefes tribales eligieron como sha al general abdalí Ahmad Durrani, cuyo nombre significaba "Perla de la época".
Así fue creado el reino afgano y, durante los primeros años de la dinastía, se materializó la unión del país sobre bases militares y se consolidaron las fronteras nacionales, adquiriendo el Este de Persia, Beluchistán, Cachemira y parte del Punjab (en 1761 saqueó Delhi).
El gran juego
A comienzos del siglo XIX, los zares rusos intentaban alcanzar el golfo Pérsico o el mar Arábigo en su búsqueda de una salida al océano Indico, así como controlar la retaguardia de su principal enemigo asiático, el Imperio Otomano.
Al mismo tiempo, los ingleses, instalados en la India, pretendían dominar las fuentes del Indo, domesticar a las tribus que desestabilizaban la frontera noroccidental de su dominio y poner fin a los santuarios montañosos donde los rebeldes antibritánicos de la India encontraban refugio.
Con estos intereses contrapuestos, Gran Bretaña y Rusia iniciaban la partida de lo que Rudyard Kipling llamó "el gran juego", una disputa entre los grandes imperios de la época que tendría a Afganistán como objetivo y que se libraría por medios de intrigas, sobornos y sangrientas incursiones militares.




