Lady Diana ya tiene su ritual
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PARIS.- Poco más de tres meses atrás, en la madrugada del 31 de agosto, se estrellaba contra uno de los pilares del túnel que corre por debajo del Puente de l´Alma el automóvil en el que se trasladaban la princesa de Gales, o Lady Di a secas, como la habían hecho suya miles de personas en el mundo, y su plebeyo y árabe novio, Dodi al-Fayed.
Su muerte trágica, sus conflictos con la escasamente popular casa real británica, la infidelidad de su principesco esposo, su carisma, su publicitada sensibilidad por las causas de los más débiles y el imprescindible paso del tiempo, como ya es usual, parecen haber agrandado el mito. Y la leyenda, se sabe, es la madre de la curiosidad, y si aquélla tiene algo de tragedia, también es progenitora del morbo, sin distinción de nacionalidades.
Llovizna y hace frío, como corresponde a un otoño parisiense, pero nada impide a cientos de turistas de los sitios más inverosímiles permanecer un rato en el lugar que algunos ya bautizaron como la plaza Princesa de Gales. Aunque en cada gota helada que cae del cielo aceche una pulmonía.-
El altar de Lady Di en París
Hacerse fotografiar por amigos o desconocidos es el rito inicial de este flamante culto al que no se resiste nadie o casi nadie que llega hasta la plazoleta de este puente del Sena, ubicado a apenas unos 600 metros de la torre Eiffel y a 1000 del Arco de Triunfo.
Luego, algunos, los menos, los que se exhiben como más sensibles, pero no menos cholulos, dejan algún recuerdo en la base de la doradísima y cada día más escrita y deteriorada réplica de la llama de la Estatua de la Libertad, de Nueva York.
Ciudadanos de al menos 30 países, según pudo contabilizar este cronista, dejan su condolencia, siembran la intriga sobre las causas del mortal choque, expresan su adoración por la princesa, destilan su desdén y hasta su odio hacia la monarquía británica o intentan conjurar con apenas un trozo de papel o unas flores los malos hados que siempre están al acecho de los buenos.
Gente llegada aquí desde países que poco o nada tienen que ver entre sí, y menos con una princesa, dejan registro de su paso. Una forma de expresar su dolor o, simplemente, de estar cerca, aunque fugazmente, de una celebridad.
Son ciudadanos de Gran Bretaña, Perú, Polonia, España, Paquistán, Irlanda, Nueva Zelanda, Portugal, Sri Lanka, Alemania, Holanda, Japón, Hong Kong... La nómina sigue, pero entre los mensajes que la lluvia no borró no se encuentra ninguno de un argentino, aunque este cronista se afane y ponga todo su empeño en buscar. Y en el fondo respira aliviado, para qué negarlo.
"No fue un accidente" y "Nuestra única reina está muerta" son las frases más repetidas en los graffiti que ya se han ensañado con el pedestal y con la propia llama clonada de la que existe al otro lado del Atlántico.
Los cultores de la teoría conspirativa de la historia y los enemigos de la alicaída casa real británica han encontrado un nuevo símbolo para encarnar sus fantasmas.
Otros, sin temor a la cursilería, dejan volar su inspiración poética: "Diana y Dodi, víctimas de sus sentimientos en un mundo muy intolerante", afirma un ciudadano francés.
Arabes, fútbol y otro auto
La cuestión árabe tampoco queda ajena en el recuerdo: "Diana y Dodi, víctimas del racismo", "Te recordaremos, Princesa de los Corazones y, obviamente, Princesa del Islam", se expresan en inglés supuestos representantes de Medio Oriente.
Tampoco faltan los iconoclastas: "Real Madrid campeón", escribió en el pedestal un fanático merengue.
Y a todos ellos se suma un amante de los acertijos: "¿Fiat Uno blanco? 274 MBK75", escribió con marcador alguien supuestamente informado sobre el presunto automóvil con el que habría chocado el Mercedes-Benz de Dodi antes de terminar su vertiginosa huida de los paparazzi contra uno de los pilotes del ahora ya mundialmente conocido y trágico túnel del Alma.
Y para los paparazzi, brazos ejecutores de los intolerantes que no aceptaban ese amor de película, según los cultores de Lady Di, también un recuerdo: "Paparazzi=killers".
Cuando la tarde empieza a hacerse noche y este cronista teme que al día siguiente no pueda justificarse las causas de un estúpido resfrío, los curiosos, los morbosos, los doloridos, los cholulos, siguen llegando hasta el lugar que recuerda que aquí, hace poco más de tres meses, encontró la muerte el único miembro popular y glamoroso de una desacreditada y sosa monarquía.
Todo un espectáculo lleno de razones y dislates. Y muchas incógnitas aún irresueltas. Entonces, asalta una nueva duda: ¿no estarán las respuestas en esos indescifrables mensajes en japonés cuyo número, como el de sus autores, es incontable ?


