Las casas del clan, símbolos de lujo y excesos
Al irrumpir en las residencias de los hijos del líder libio, los tripolitanos se encontraron con todo tipo de objetos ostentosos
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TRIPOLI.– Saadi, el hijo de Muammar Khadafy, era fanático de los autos veloces, los yates y el fútbol, y su villa frente a la playa estaba colmada de sus costosos juguetes. Su hermana Aisha vivía en una mansión de dos plantas con pileta cubierta y sauna.
Cuando los rebeldes ganaron control de la capital libia, durante el fin de semana pasado, los lujosos hogares –símbolos de los excesos del clan– se contaban entre sus primeros objetivos.
Después de echar a los guardias, los rebeldes destrozaron y saquearon las mansiones y los vecinos que vagaban entre las ruinas el miércoles expresaban su furia por los ostentosos gustos de los Khadafy.
"Ni siquiera puedo creer lo que estoy viendo", dijo Muftah Shubrim, residente del barrio de Nofleen, en el oeste de Trípoli, mientras caminaba por el jardín de la casa de Aisha, hija de Khadafy, hasta la enorme pileta cubierta donde aún flotaban una pelota y un bote de goma.
Los 42 años de dictadura de Khadafy habían convertido el gobierno en un negocio familiar, dado que el dictador repartió las principales esferas de interés, desde el petróleo hasta la seguridad, entre sus seis hijos.
En los últimos años, la prole de Khadafy estuvo envuelta en una serie de escándalos: Hannibal fue arrestado en Suiza, en 2008, por maltratar a sus empleados en un hotel de Ginebra y, según se informó, Muatassim pagó un millón de dólares por un concierto privado de Beyoncé en Nueva York.
Saadi, un aficionado al fútbol de 38 años, fue descripto, en un cable de WikiLeaks de 2009 procedente de la embajada estadounidense en Trípoli, como una persona con un pasado agitado, que incluía enfrentamientos con la policía en Europa, abuso de drogas y de alcohol y un excesivo gusto por las fiestas. El lunes, unas 200 personas irrumpieron en la mansión de Saadi a orillas del Mediterráneo, dijo Seifallah Gneidi, un rebelde tripolitano que participó del saqueo.
Gneidi contó que se había llevado una botella de gin, un cepillo de dientes con mango de oro y un par de jeans Diesel. "Queríamos tener las mismas cosas que tenía él", dijo, con un fusil colgado. Agregó que los rebeldes no aprueban el saqueo, y que sólo permiten destrozar los símbolos del abuso de poder de la familia Khadafy.
Gneidi añadió que Saadi tenía cuatro autos –un BMW, un Audi, un Lamborghini blanco y un Toyota– que fueron apropiados durante el saqueo. En la zona de oficinas de la mansión, los periodistas vieron grandes pilas de catálogos de yates y autos. Un catálogo de la empresa Benetti tenía pegada una nota manuscrita que consignaba el precio de un yate de 30 metros: 10 millones de dólares. Un DVD de pornografía gay se deslizó de la pila de documentos.
Vida subterránea
Saadi seguramente estaba preocupado por su seguridad. Un largo pasaje subterráneo , con gruesas paredes de hormigón, conducía desde una segunda mansión que estaba construyendo hasta la calle. El complejo también tenía una cancha de fútbol. Saadi, considerado un mal futbolista, estaba relacionado con el equipo libio Al-Ahly y dirigía la Federación de Fútbol de Libia. Junto al campo de juego había una parrilla y dos tiendas, una de ellas para los guardias y llena de municiones, según afirmó Gneidi.
Mientras que Saadi tenía reputación de desenfrenado, su hermana Aisha cultivaba la imagen de una persona preocupada por el bienestar de los libios. Sin embargo, sus vecinos dijeron que hace varios años una clínica fue demolida para dejar lugar para su mansión.
La presencia de chicos se trasuntaba en toda la casa. Un gran cuarto de juegos estaba colmado de juguetes; bonetes y serpentinas se apilaban en el vestíbulo de entrada, y la biblioteca tenía cientos de libros infantiles.
Como el resto de los Khadafy, Aisha tenía gustos caros: entre los objetos que no se habían llevado los saqueadores había copas de cristal de Bohemia y una campera de cuero de Dolce & Gabbana de uno de sus hijos.
Al responder a la pregunta sobre cómo se sentía la comunidad respecto de Aisha, Ben Suleiman, un vecino, dijo que bastaba con mirar desde una ventana del segundo piso. Más allá de la residencia, las casas –algunas casi chozas– estaban construidas una junto a la otra, pegadas entre sí.
Traducción de Mirta Rosenberg
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