
Las ciudades de la miseria
En el mundo crece vertiginosamente un escenario urbano que alberga fuertes contrastes entre opulencia y marginalidad
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Hay noticias de coyuntura y hay noticias que van más allá de esos episodios. En la última semana, sobre las amenazas misilísticas de Corea del Norte o el pequeño aquelarre que está causando en Washington la posible incorporación de Venezuela al Consejo de Seguridad, estuvo planeando una noticia acaso más trascendente. Según un informe de las Naciones Unidas ("El estado de las ciudades en el mundo 2006-2007"), cuyo resumen conocimos en LA NACION el sábado 17, unos mil millones de seres humanos viven en el planeta en asentamientos precarios, lo que en la Argentina llamamos villas miseria. Si nada cambia, al concluir la década de nuestro Bicentenario, en 2020, esa cifra se aproximaría a los 1400 millones.
Con estos datos a flor de piel, estaríamos en trance, en escala mundial, de afrontar un nuevo tipo de pobreza. Atrás ha quedado la pobreza de un mundo rural sometido a la férula de economías tradicionales de subsistencia. En su lugar se está montando vertiginosamente un escenario urbano mucho menos disperso que alberga, al mismo tiempo, fuertes contrastes entre opulencia y marginalidad. Como hemos dicho muchas veces, Calcuta y Beverly Hills en un mismo contorno urbano: una cercanía, si se quiere, paradójicamente distante y excluyente.
Esta suerte de civilización desfigurada obedece al desarrollo duradero de un proceso ubicado en un nivel histórico profundo, que despuntó hace ya varios siglos y que ahora parece entrar en una fase de plena consolidación. Por primera vez en la historia, en 2007 la población urbana del planeta habrá de superar a la población rural. Espectáculo único: nuestra generación es testigo de una mutación del eje en torno al cual gira nuestra existencia. La ciudad se ha impuesto definitivamente. No obstante, esa victoria es de algún modo pírrica porque, en contra de lo que antaño soñaba una vertiente de la teoría política, las ciudades ya no serían el centro utópico de la igualdad, sino el centro real de la desigualdad.
Este contrapunto se ha acentuado en los últimos años. En el conurbano bonaerense y en la ciudad de Buenos Aires la población de las villas y de los asentamientos precarios supera los dos millones. En el verano de 1956 jamás imaginé, a la vista de uno de esos asentamientos, que los mismos, lejos de disminuir, se multiplicarían entre tres y cuatro veces. Según recuerdo, hace medio siglo había en esas condiciones penosas algo menos de cuarenta mil compatriotas. Hoy son casi 130.000. Imposible mejor indicador de la declinación argentina. Y estamos hablando de la Capital Federal, no del Gran Buenos Aires, donde la situación, en números absolutos, es mucho peor.
¿Qué es entonces la ciudad de Buenos Aires? No caigamos en ensoñaciones románticas y reaccionarias que imaginan volver a un idílico mundo rural olvidando, de un plumazo, las miserias que aquella estructura social contenía. Pero si aceptamos esta realidad con sus luces y sombras, es preciso enunciar otra pregunta no menos relevante. ¿Dónde comienza y termina Buenos Aires? Para una óptica normativa, atenta a las divisiones jurisdiccionales, a Buenos Aires la circundan el río, el fétido Riachuelo y la avenida General Paz. Para una perspectiva sociológica, atenta en cambio a las continuidades del entorno, Buenos Aires es una prolongación urbana que definimos mediante metáforas: existen, en efecto, "cordones" sucesivos en la geografía y en el tiempo que no son otra cosa que membranas donde la miseria está presente y, a la vez, al acecho.
Con lo cual, habría que preguntarse por tercera vez qué es lo que vamos a hacer con el gobierno de esas "megaciudades" (según las Naciones Unidas son aquéllas con más de diez millones de habitantes) donde la inseguridad, los guetos elegantes y pobres, y la propia dinámica de las migraciones internas están disolviendo las antiguas jurisdicciones. Tal vez no nos percatamos de que este fenómeno está cambiando la escala de los problemas. Dentro del Gran Buenos Aires o del Gran Rosario o del Gran Córdoba, hay como un enjambre de pueblos, una confederación fáctica de ciudades (por ejemplo, la antigua Capital, San Isidro, La Matanza, etcétera) contenidas en la megaciudad.
Frente a este desafío se advierte en el mundo una impasse , algo así como el desconcierto que surge cuando las cosas advienen por golpes imprevisibles. Sin embargo, si nos atenemos al análisis de las tendencias, el gigante sigue creciendo. Según el informe citado, las megaciudades de que hablábamos hace un instante serán desbordadas en un futuro próximo por "metaciudades" con poblaciones superiores a los 20 millones. En tres lustros habrán entrado en esa categoría México y San Pablo (de hecho, ya lo están actualmente), junto con Bombay, Dacca, Yakarta y Lagos, entre otras. Todo parece concurrir a ese gigantismo que no necesariamente supone una expansión constante de la miseria. Tokio es la metaciudad por excelencia en el mundo con 35 millones de habitantes y no parece que haya en ella condiciones de miseria comparables a las de Río de Janeiro o, en el límite extremo, a las ciudades de Etiopía, donde los asentamientos de lata, barro y cartón conforman prácticamente la totalidad de la población de las ciudades.
El panorama es estremecedor aunque a su respecto, al igual que en la mayoría de los comportamientos humanos, cobre forma un acostumbramiento que toma por banal y rutinario aquello que debería ser excepcional y repudiable. Si el repudio existe, éste nace como reacción de sectores sociales con buenos niveles de ingreso, a los cuales asalta constantemente el miedo. Esta vuelta de tuerca del temor tiene mucho que ver con los mecanismos de socialización que se van armando en esos conglomerados. En realidad, cuando el miedo cunde es porque el monopolio legítimo de la fuerza es al mismo tiempo cuestionado y reemplazado por sistemas privados de protección. La "tribalización" de las ciudades adquiere así su perfil más agresivo. Las ciudades argentinas están sufriendo la inseguridad, pero aún no han entrado en ese territorio incógnito, típico de las ciudades de América Central, donde proliferan las llamadas "maras", bandas armadas de jóvenes y adolescentes provistas de territorio y de un código propio de autoridad.
Lo de "maras" viene por la denominada "marabunta salvatrucha", una suerte de tribu madre proveniente de El Salvador que actualmente se está reproduciendo, con nombres distintos y al influjo de la inmigración, en ciudades de México y los Estados Unidos. De este modo, en el nuevo fenómeno urbano convergen el rechazo a los inmigrantes y el temor a la inseguridad: pandillas y resentimientos acumulados hasta llegar al odio hacia "el otro". La inmigración ya no es más, en los países centrales, una convocatoria al progreso y al ascenso. Es, al contrario, un movimiento peligroso frente al cual hay que precaverse. Este umbral de una civilización en ciernes no es fácil de franquear porque no lo queremos ver. Y a veces conviene tener presente que el primer deber de la inteligencia consiste en ver con claridad para después juzgar y obrar en consecuencia. Estamos todavía lejos de estas tres exigencias, pero es posible que en el futuro los grandes estadistas serán evocados por su capacidad para levantar el reto que proponen las mega y las metaciudades. Jamás hay que negar esa realidad inevitable en parte desgarradora y en parte fecunda. Hay que reformarla mediante un aprendizaje ciudadano aún pendiente.



