
Las dos caras de la Hungría de hoy
BUDAPEST.- No es fácil decir si los húngaros están más contentos o no, a diez años del fin del régimen comunista, y luego del enorme cambio que provocaron en sus vidas la democracia, el multipartidismo y la economía de libre mercado.
A la hora de las definiciones, para ellos no hay blancos o negros, sino sentimientos ambivalentes, contradictorios, que van desde el entusiasmo por las reformas puestas en marcha, hasta la desilusión. Pese a las críticas que suelen hacer al desempleo, al aumento de la pobreza y a la corrupción que se manifestó en los últimos años, la gran mayoría no volvería atrás y, bien o mal, considera inevitables y positivos los cambios llevados a cabo luego del levantamiento de la cortina de hierro.
Si los húngaros están más o menos contentos de cómo están las cosas, depende de la edad. Los pensionados y jubilados, por ejemplo, uno de los sectores que más ha sufrido la transición del comunismo al capitalismo, no dudan en afirmar que vivían mejor antes, y que ahora extrañan al Estado protector.
Para bien y para mal
"Los viejos estamos pasando por una situación extremadamente difícil, porque los precios han subido y nuestra pensión, por más que haya sido actualizada, no nos alcanza", dice Peter, un jubilado de 67 años que se las rebusca manejando un taxi los fines de semana. "Los políticos se llenaron los bolsillos con las privatizaciones, y se olvidaron de los ancianos. Pero por lo menos, ahora, con la democracia, podemos hablar", afirma.
Otro sector que quedó marginado fue el de las personas que en 1989 tenían entre 40 y 50 años, trabajadores que tenían ingresos fijos, pero no calificados, que con la racionalización de las empresas estatales perdieron su puesto y pasaron a ser desocupados. "Ahora hay mucha gente de más de 40 años desempleada, que perdió esa seguridad que tenía antes y que se siente frustrada porque, al no saber idiomas o computación, no logra adaptarse a los nuevos hábitos de trabajo y ve que su horizonte se achica y que no tiene ninguna perspectiva", explica Ilona, periodista radial de 35 años.
El caso de los jóvenes, algunos de los cuales sólo llegaron a vivir los últimos años del régimen -el denominado "comunismo goulash", que se diferenció de los demás países del bloque comunista por ser más abierto y menos opresivo-, es totalmente distinto. "Ellos son más dúctiles para aprender idiomas o informática, aceptan sueldos menores y es más fácil que consigan un trabajo, aunque no estén calificados. Si tienen un título universitario, un máster o un doctorado en leyes y hablan lenguas extranjeras, consiguen trabajo fácilmente en una multinacional", agrega Ilona.
Un sondeo de julio último, realizado por Eurobarómetro, concluyó que el 82 por ciento de la población húngara sentía que había vivido mejor antes de 1989, pero que no quería volver a vivir bajo un régimen comunista.
"Lo que pasa es que los húngaros somos muy críticos, nunca vamos a decir que las cosas están bien, somos llorones, peleadores, y siempre nos quejamos de todo: se dice que donde hay dos húngaros, hay tres partidos", explica Sandor Orban, director del Centro de Estudios para el Periodismo Independiente, de Budapest.
"Es cierto que ahora la sociedad está más dividida porque un tercio de la población vive considerablemente mejor; un tercio, considerablemente peor; y otro tercio apenas puede sobrevivir, pero la gente tiene más expectativas y más opciones que antes", agrega. "Hay mucha gente desilusionada, pero incluso el más pesimista admite que el cambio fue extremadamente positivo. Lo que pasa es que no es fácil vivir en un país con grandes cambios."
Nueva vida
Gyuszy Kenessey, economista de 55 años, coincide: "El problema es que fuimos colonia de la Unión Soviética por más de 40 años, en los cuales nos enseñaron que el comunismo era la única posibilidad. Es mucho 40 años para un hombre, y es lógico que ahora nos cueste empezar una nueva vida".
Peter Nagy, ingeniero de 60 años, es uno de los tantos nostálgicos de la época del paternalismo: "Antes, todos los años, con mi familia teníamos aseguradas dos semanas de vacaciones en un centro recreativo en el interior del país. Ahora, aunque con mi pasaporte puedo irme adonde quiera, difícilmente pueda tomarme las vacaciones: el sueldo apenas me alcanza para mantenerme". "Mis hijos están entusiasmados con la apertura, con el ingreso de Hungría en Occidente, y porque hay una oferta mucho más grande de productos, pero a mí no me gusta este neocapitalismo feroz que se está aplicando en el país", confiesa.
"Claro que estoy contenta porque se terminó el comunismo", dice, por su parte, Agnes, educadora de 37 años. "Lo puedes ver con tus propios ojos: ahora Hungría se parece a Suiza. Hay mucho más desarrollo, pero también mucha más pobreza. Pero lo peor es la corrupción que hubo durante el proceso de privatización de las empresas. Aquí pasó lo mismo que en Rusia con Yeltsin: los que tenían el poder se llevaron todo el dinero."
En el buen camino
Aunque admite que hay muchas contradicciones, Sandor Orban, de 40 años, rescata el hecho de que en Hungría hay estabilidad política -es el único de los ex países socialistas de Europa del Este que ha respetado los cronogramas electorales, y donde existe más de una opción a la hora de votar-, y consenso en cuanto a la política exterior, ya que todos están de acuerdo en que quieren pertenecer a Occidente. Hungría ingresó en marzo en la OTAN y espera pasar a formar parte de la Unión Europea en el 2002.
"De los húngaros siempre vas a tener respuestas negativas -insiste Sandor-, pero yo me siento muy optimista en cuanto al futuro. Antes mi vida dependía del Estado, y ahora no, lo cual es una buena señal: significa que hay democracia. Hace diez años, esto era impensable. Aunque todavía somos pobres, según los estándares occidentales, creo que estamos en el buen camino."




