
Las mujeres chiitas, un mundo de misterio oculto tras el velo
Aún está lejos la igualdad con el hombre
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DAMASCO.- Se las ve pasar de negro, de pies a cabeza. La imagen de la nada más austera, con largas túnicas sin forma, la cabeza cubierta por un velo -esa obsesión para Occidente- que, según los casos, deja ver el rostro o sólo los ojos. O, en caso extremos, nada; la identidad oculta, valiéndose sólo del trasluz del paño para no tropezar.
Son mujeres chiitas, una de las divisiones del mundo musulmán. Y como todo, con su misterio. No es del todo extraño que, así vestidas, estas mujeres se detengan en los puestos de ropa interior del zoco -el antiquísimo mercado de esta ciudad- y revuelvan y adquieran allí y a la vista de todos, prendas que, posiblemente, ruborizarían a más de uno.
"Bueno, es normal, para el mundo musulmán la mujer debe agradar a su marido", dice Hanae, nuestra guía, bajo un tenderete donde se exhiben corpiños de lentejuelas doradas. Y que, con esto de que mejor que la mujer no trabaje fuera de casa, venden hombres.
La anécdota, que no sería tal aquí, en Siria, ilustra lo curioso y contradictorio que puede resultar intentar desentrañar la vida cotidiana de la mujer en el mundo musulmán para quien no conoce sus códigos.
"Hay demasiados particularismos, lo único que no puede decirse es que todo sea lo mismo", fue lo primero que advirtieron varias mujeres consultadas por LA NACION que dieron su testimonio como pinceladas sin pretensión estadística.
La coincidencia que sí aceptaron fue que, por liberal que sea el entorno en el que se muevan, su condición se mantiene en un plano de diferencia -a veces abrumadora- con el hombre. Y que todo lo que se logre desde ese punto, será a costa de esfuerzo, decisión y suerte.
Con ese enorme escalón de por medio, a partir de allí los matices están a la orden del día, según se manifestó, una vez más, a partir del reciente giro en esta conflictiva parte del planeta. A simple vista, por caso, en Jordania, las manifestaciones islámicas contra la invasión de Irak fueron patrimonio de hombres; las mujeres se contaban con los dedos. Lo mismo ocurrió con los voluntarios que partieron a la guerra, posibilidad que se reservó para los varones. Pero el tenebroso terreno de los terroristas suicidas es compartido: allí son numerosos los casos de mujeres que matan y mueren con un cinturón explosivo atado al cuerpo.
Lejos de esos extremos, en la vida cotidiana, las particularidades existen.
"Por ley, yo heredo menos que mis hermanos varones; porque se supone que, si no me caso y mi padre muere, ellos deberán mantenerme", cuenta Riva Friji, que tiene 21 años y considera que ya casi pasó el límite para contraer matrimonio. "Acá no se tarda mucho más que eso y, por lo común, el hombre es mucho mayor que la mujer; a veces, dobla la edad", asegura.
¿Cuál es tu contraprestación por ese mantenimiento familiar?", le preguntamos. "Obediencia y no deshonrar a la familia", dice. Y acepta que esos dos conceptos pueden ser tan amplios como el océano.
La mayoría de los matrimonios siguen siendo acordados por la familia, pero, a su modo, Zaida, empleada en una embajada occidental, se entusiasma con signos de nuevos tiempos.
"Ahí lo tienes al presidente Bashar Al Assad. Es joven y cada vez que viaja lo hace acompañado por su mujer; eso tiene que haberle costado, no era lo común por aquí donde la mujer está siempre en segundo plano", asegura, mientras sueña con poder trasladarse a vivir en el vecino Líbano donde -sostiene- "la mentalidad es más abierta".
Vestidas de negro, varias mujeres fuman narguile -esas enormes pipas de tabaco aromatizado- en el patio de la mezquita Ommayad, una de las más tradicionales de la ciudad. Muchas de ellas llevan niñas que, a partir de los ocho o nueve años, ya visten de ese modo. Más atrás, algunas adolescentes eligen velos un poco más livianos.
Por elección
Una de las mujeres que conversa con LA NACION relata una historia curiosa. "Por el trabajo de mi padre, viajé mucho desde niña; mi familia jamás me obligó a usar velo y nunca lo hice hasta hace dos años, en que decidí cubrirme y fue todo un shock familiar... casi tuve que pelear para poder ponérmelo cuando es más frecuente que una mujer batalle por lo contrario, dice.
Pisa los 40 años y explica de este modo su decisión: "Soy musulmana, mi religión dice que la mujer debe cubrirse el pelo y yo decidí acatarlo poco después de que todo lo islámico empezara a verse mal como consecuencia de los atentados del 11 de septiembre. Pensé que era hora de dar testimonio público de lo que soy", afirma.
Sus amigas sorprenden con la pincelada final. "Las contradicciones son muchas, fíjate que aquí los anticonceptivos son de distribución gratuita y libre. Te presentas en la farmacia y lo entregan sin mucho trámite", cuentan.
"Yo los uso para las plantas, son pura hormona y, como fertilizantes, buenísimos". Luego se acomoda el velo y parte. Es hora de regresar a casa.


