Lecciones de decencia para aprender a ser buenos perdedores

Frank Bruni
Frank Bruni MEDIO: The New York Times
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21 de octubre de 2016  

NUEVA YORK.- Mientras Donald Trump derrapa cual bólido desbocado por las últimas semanas de esta furibunda campaña presidencial, debería tomarse unos minutos para leer algo importante: las palabras de Al Gore del 13 de diciembre de 2000.

Gore tenía justificadas razones para sentir que lo habían perjudicado en el proceso electoral: su disputa con George W. Bush por la presidencia había llegado hasta la Suprema Corte, que por entonces tenía más integrantes republicanos que demócratas.

Pero cuando Gore aceptó la derrota, jamás habló de fraude ni de elección "arreglada". No se jactó de haber ganado el voto popular. Entendió claramente que las circunstancias de su derrota eran un peligro para la fe de los norteamericanos en el sistema democrático, sobre todo si se echaba leña al fuego.

"Si bien estoy en fuerte desacuerdo con la decisión de la Corte, la acepto", dijo, antes de agregar: "En pos de la unidad de nuestro pueblo y la fortaleza de nuestra democracia, concedo mi derrota. También acepto la responsabilidad, que cumpliré sin condiciones, de honrar al nuevo presidente electo".

Esos comentarios, lo admito, llegaron cuando todo había terminado, y no en el fragor de la batalla. Así que no es del todo limpia la comparación entre las palabras de Gore de entonces y lo que Trump anda diciendo en estos días.

Pero los despotriques conspiranoicos de Trump y su exhortación a los votantes a considerar ilegítimo a cualquier ganador que no sea él son un obvio prolegómeno de un discurso de aceptación de la derrota particularmente peligroso, en caso de que le toque darlo. Y casi seguro que así será. Entonces éste es un buen momento para recordarle a Trump cómo actúan los verdaderos patriotas, para recordarnos a nosotros mismos que perder no implica quemar puentes y naves como Trump se siente inclinado a creer, y para redescubrir la decencia en la política norteamericana.

En 1952, tras ser arrasado por Dwight Eisenhower, el candidato demócrata Adlai Stevenson dijo: "Duele demasiado como para reír, pero ya estoy viejo para llorar". Y alentó a los norteamericanos a darle al nuevo presidente "todo el apoyo que necesitará para llevar a cabo las grandes tareas que nos esperan. Yo comprometo el mío. Somos muchos al votar, pero somos uno al orar".

También revisé con atención los discursos de aceptación de la derrota de los candidatos presidenciales desde 1992, que fue el año en que Bill Clinton, y no Hillary, ganó las elecciones. Bill Clinton derrotó al primer presidente Bush, que buscaba la reelección.

"Sigo absolutamente convencido de que somos una nación en ascenso. Hemos atravesado un período extremadamente difícil, pero no aflojamos ni dejamos de gobernar un día a pesar del fuego y el humo de la campaña y de las mezquindades políticas. En cuanto a mí, trataré de seguir sirviendo y ayudando a la gente de otras maneras. Pero les pido a ustedes, jóvenes de este país, que participen en el proceso electoral. Porque nuestro sistema necesita su idealismo, necesita su impulso, necesita sus convicciones", dijo entonces el primero de los Bush.

Cuatro años más tarde, cuando Bob Dole no logró frenar el impulso reeleccionista del presidente Clinton, éstas fueron algunas de sus palabras: "He dicho repetidas veces a lo largo de esta campaña que el presidente es mi oponente, no mi enemigo. Y le deseo lo mejor y comprometo mi apoyo en todo aquello que haga de Estados Unidos un país mejor".

En 2004, tras perder con el segundo presidente Bush, John Kerry también habló de unidad nacional, de orgullo nacional y de valores comunes: "En Estados Unidos, las elecciones no tienen perdedores. Porque tenga o no éxito nuestro candidato, cuando nos despertamos a la mañana siguiente somos todos estadounidenses. Ése es el mayor privilegio y la mayor fortuna que pudieron tocarnos en el mundo".

En su discurso de aceptación de derrota en 2008, John McCain no sólo alentó a sus votantes a respetar el resultado de la elección y superar las antinomias, sino que se hizo eco de la naturaleza histórica de la victoria de Barack Obama:

"Hace un siglo, muchos vivieron como un ultraje que el presidente Theodore Roosevelt invitara a Booker T. Washington a cenar a la Casa Blanca. Hoy, Estados Unidos está a un mundo de distancia de los prejuicios y las crueldades de entonces. Y no hay mejor evidencia que la elección de un afronorteamericano como presidente."

Cuatro años después, otro republicano, Mitt Romney, también perdió frente a Obama y también eligió palabras elevadas, al desearles lo mejor "al presidente, su esposa y sus hijas" y anhelar que "demócratas y republicanos en todos los niveles de gobierno pusieran los intereses de la gente antes que los de la política".

Sanar, elevar, estrechar brazos, ir hacia adelante. Eso es lo que se supone que pase tras una elección, por despiadada que sea. Al menos eso es lo que se supone que deben inspirar los candidatos derrotados. Ojalá que la tradición también se cumpla en estas elecciones. Es mucho lo que está en juego.

Traducción de Jaime Arrambide

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