Los funerales del exlíder supremo iraní permiten entrever los cambios en la sociedad de Teherán
El régimen está utilizado los funerales del ayatollah Ali Khamenei para proyectar una imagen de fortaleza en tiempo de incertidumbre para Irán
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BEIRUT.– Durante décadas, el ayatollah Ali Khamenei, el asesinado líder supremo de Irán, pareció inamovible: un hombre cuya autoridad estaba tan profundamente imbricada con la vida política y religiosa de Irán que el país resultaba casi inimaginable sin su figura.
Y hoy Teherán, la capital desde donde gobernó y donde fue asesinado, es el centro de su postrero viaje, entre decenas de miles de dolientes que participan de sus funerales, que se extenderán durante varios días y que tienen algo de despedida, algo de espectáculo, y también algo de momento bisagra para Irán.
En los días que precedieron a la primera ceremonia pública, la ciudad se transformó, primero gradualmente, y después de repente, como suele pasar con las ciudades antes de una instancia que marca un quiebre.
Desde las ciudades del interior, familias enteras confluyeron en Teherán para sumarse a las masas que en vida reverenciaron a Khamenei como patriarca y guardián de la república islámica, un régimen al que tantos otros iraníes se oponen también desde hace décadas, sufriendo su brutal represión. Y desde todas partes del mundo también confluyeron en Teherán muchos extranjeros, entre funcionarios de países autoritarios, combatientes de milicias y líderes religiosos, una concurrencia que refleja tanto el alcance internacional de Irán como el abismo que lo separa de Occidente.
Y allí también fuimos como periodistas de The New York Times en la primera visita de ese medio al país desde que Estados Unidos e Israel atacaran Irán a finales de febrero y el gobierno reprimiera brutalmente las protestas que comenzaron en diciembre. Y lo que encontramos es un país que intenta proyectar fortaleza y estabilidad, pero que está sumido en la incertidumbre.
Control y relato
Teherán es una ciudad densamente poblada de unos nueve millones de habitantes que se extiende como una maraña de bloques de edificios de departamentos, torres vidriadas y bulevares arbolados, con barrios que cambian totalmente de carácter en pocas cuadras. Junto a la pompa y la solemnidad de los funerales, a lo largo de las principales avenidas los edificios evidencian los estragos de la guerra, y la vida cotidiana sigue marcada por la escasez de agua y los cortes de luz. Y las familias que perdieron a sus seres queridos durante la represión del gobierno aún viven con su dolor y con su esperanza de justicia.
A medida que llegaba más gente, la presencia del ayatollah Khamenei parecía expandirse con ellos. En las principales autopistas y hasta en los estrechos callejones, en los pequeños cafés y en las enormes librerías, la ciudad quedó tapizada con el retrato del líder muerto.
Algunas imágenes lo muestran de joven, con barba oscura y expresión severa. Otras son del hombre mayor con la barba encanecida por la edad, la imagen que muchos iraníes estuvieron acostumbrados a ver durante décadas. En algunas, el ayatollah Khamenei aparece junto a Mojtaba, su hijo y sucesor, una imagen que parece menos un retrato que el fin de un capítulo y el comienzo de otro.
Los preparativos del funeral siguieron la coreografía de un gran evento de Estado: controles de seguridad, reorganización del transporte, anuncios oficiales y los espacios ceremoniales cuidadosamente preparados.
El gobierno iraní nos concedió acceso restringido a las ceremonias fúnebres, controló estrictamente nuestros movimientos y exigió que nos acompañaran un traductor y un guía, un recordatorio mudo de que se está controlando fundamentalmente el relato y quienes tiene permiso para contarlo.
Las calles también estaban controladas y escenografiadas.
El avance de los preparativos a lo largo de la ciudad ralentizaron el tránsito de la tradicional calle Valiasr, donde el tráfico suele tener su ritual diario de embotellamiento y frustración. Y el gobierno construyó puestos para repartir comida y agua entre quienes llegaban a llorarlo al ayatollah.
Por los altavoces se oían cánticos y lamentaciones con alabanzas al líder supremo, asesinado al inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.
El otroTeherán
Un poco más allá, en la plaza Enghelab, bajo un gigantesco cartel en señal de duelo se desplegaba la otra versión de Teherán…
Muchachas con la cabeza descubierta y cigarrillo en la mano y hombres con piercings en la oreja se cruzaban con mujeres conservadoras con chador negro y banderas iraníes que rezaban en silencio. La imagen parecía contener todas las contradicciones del propio Irán: una sociedad que el ayatollah Khamenei se ocupó de moldear durante décadas y que en sus últimos años de vida desafió cada vez más los límites de su régimen de opresión.
Nos quedamos casi dos horas en la plaza, donde la mayoría de la gente se mostró reacia a hablar con nosotros y recelosa de los medios extranjeros. Le pedimos a nuestro guía que nos permitiera entrevistar a una mujer rubia y maquillada, con pollera de jean y un hiyab que solo le cubría el cabello, pero ella nos sonrió levemente y dijo: “Me temo que no podría expresar lo que siento”.
En la plaza, algunas personas se detenían a sacarle fotos a la gigantesca estatua de un puño cerrado. Otras seguían de largo, caminando o en sus autos. La vida seguía, preparativos avanzaban, y el ritmo cotidiano iba cobrando otra dimensión. Vendedores ambulantes pregonando sus productos, motos zigzagueando entre los coches, el eterno tintineo de los vasos de té en las mesas exteriores de los barcitos.
Bajo las pancartas y los retratos estaba el otro Teherán, una ciudad marcada por meses de una presión intolerable.
La guerra regional con Israel del año pasado agravó un agotamiento financiero ya exacerbado por las sanciones. Esa frustración económica hizo eclosión a finales de diciembre con protestas masivas que las autoridades reprimieron con brutalidad y dejaron miles de muertos. Luego llegó la guerra con Estados Unidos e Israel, que se cobró la vida de niños en escuelas, dañó sitios históricos como el Palacio de Golestán y dejó a la ciudad entera en ascuas, pendiente de cualquier luz en el cielo y de las alertas de noticias. Los últimos meses parecieron comprimir varias eras de tensión en una sola.
Y los Estados, especialmente los autocráticos como Irán, suelen responder a la incertidumbre con medidas de gran envergadura.
Así, esta capital exangüe se ha visto repentinamente transformada en el escenario de un funeral de proporciones fabulosas.
Decenas de miles de personas llegaron este fin de semana al Gran Mosalla, un extenso complejo de mezquitas en Teherán, vestidas enteramente de negro para rezar y rendir homenaje al patriarca chiíta fallecido. Lloraban y se lamentaban abiertamente, se golpeaban el pecho y la cabeza en señal de duelo ritual. Algunos se sentaban en el suelo, aturdidos hasta la extenuación.
“Khamenei era el fundamento de nuestras vidas”, dijo Mohamed Soleimani, de Teherán, sentado en el predio de la mezquita, con la cabeza inclinada y una foto de Mojtaba Khamenei en la mano.
Y el dolor también daba lugar a la furia: puños alzados al cielo clamando venganza, contra Israel, contra Estados Unidos y sobre todo contra un hombre puntual que la masa repetía una y otra vez: Donald J. Trump.
Los funerales, que se extenderán durante varios días en todo Teherán, otras ciudades iraníes y hasta en la vecina Irak, parecen planeados para que sean mucho más que el simple entierro de un líder.
Es un intento de proyectar continuidad en un momento en que el país mismo parece atrapado en un periodo de transición e incertidumbre.
Así que por el momento, Irán sigue adelante, entre crespones de duelo y enormes retratos del ayatollah Khamenei, mientras trata de entender qué es exactamente lo que se acaba, y qué es lo que está cobrando forma en su lugar.
Traducción de Jaime Arrambide
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