
Lula se enfrenta al mayor desafío de su vida
Si logra una remontada inédita, el presidente brasileño tendrá ante sí un Congreso más hostil que el actual; la importancia de la movilización de la juventud de izquierda en el tramo final de campaña
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RÍO DE JANEIRO.– Se ha hablado y escrito mucho sobre cómo Luiz Inacio Lula da Silva desafió las probabilidades para forjar una trayectoria biográfica y política sin precedente en la historia de Brasil.
Fue el primer migrante del interior que se convirtió en el principal líder sindical del país y fundó un partido; el primer dirigente proveniente de las clases populares que, tras perder tres elecciones presidenciales, logró llegar a la presidencia, y el primero en ocupar el gobierno en tres ocasiones mediante el voto, la última de ellas tras haber sido condenado y encarcelado por corrupción.
Ahora se enfrenta a la circunstancia de intentar ser el primer mandatario en ejercicio que llega a una segunda vuelta en desventaja, obligado a protagonizar una remontada épica. Para lograr la reelección, necesita captar votos no solo de quienes se abstuvieron o votaron en blanco o nulo, sino también de electores que apoyaron a su adversario.
La alternativa -que, estadísticamente, es la más probable- sería poner fin a su carrera política a los 80 años, tras ser derrotado por el hijo de un expresidente condenado y encarcelado por intento de golpe de Estado; un candidato designado a dedo por su padre y que, como Lula, registra un alto índice de rechazo. Sería un desenlace melancólico para alguien que llegó a considerar a Flavio Bolsonaro como el oponente ideal para su séptima carrera presidencial.
Si logra esta remontada inédita, se encontrará con un Congreso aún más hostil que el actual, lo que hará que la gobernabilidad sea todavía más accidentada. A esto se suma la oposición de amplios sectores económicos que, a pesar de las múltiples pruebas de corrupción, el historial de retrocesos e inestabilidad del gobierno de su padre, la promesa de feroces enfrentamientos institucionales y las ambigüedades de su agenda económica, decidieron respaldar a Flavio.
Por lo tanto, tendrá que hacer todas las concesiones que prometió en 2022 -y que nunca cumplió- al centro político y a los agentes económicos, si no quiere comenzar su séptimo mandato en medio de una crisis similar a la que enfrentó su pupila, Dilma Rousseff, en 2015 y 2016.
El regreso de la juventud de izquierda
La sacudida que sufrió al verse superado por Flavio en la primera vuelta parece haber afectado la soberbia de quien no consideraba necesario hacer campaña, dedicarse a la comunicación digital, dialogar con los nuevos emprendedores (o aspirantes a serlo) ni con la centroderecha.
Gracias a la movilización de esta intensa segunda vuelta, obtendrá un respaldo de peso para gobernar -algo que, por cierto, hizo muy poco por merecer-: el regreso de la juventud de izquierda a las calles y a las redes. Tanto este grupo de edad como ambos espacios se habían convertido en un monopolio de la derecha y la extrema derecha; el susto provocado por el rostro radical del Congreso parece haber despertado a la izquierda de su letargo.
Si, por el contrario, se confirma el favoritismo de Flavio -para lo cual solo le basta con no cometer errores en estos últimos tres días, dado que ni siquiera las revelaciones más escandalosas parecen mellar su intención de voto-, será una derrota deprimente para alguien que ha resurgido tantas veces de sus cenizas. Asimismo, supondrá un duro golpe que obligará al PT y a la izquierda no petista a llevar a cabo -en condiciones de escasez- esa renovación que su líder supremo pospuso deliberadamente.
Dicha renovación resulta urgente para evitar la desmovilización de los “ejércitos” que salieron a las calles y a las redes para exigir que no se pierda ningún derecho y para defender la democracia. Y es que Flavio dispondrá de un poderío que el voto democrático jamás había otorgado a un solo grupo político -o, más concretamente, a una misma familia-.
Solo una oposición permanentemente movilizada y una prensa vigilante podrán exigir que las demás instituciones -la Policía Federal, las Fuerzas Armadas, el Ministerio Público, los organismos reguladores y el Poder Judicial- no cedan ante la fácil tentación de adherirse acríticamente a semejante poder y a la sed de revancha -ya manifestada en discursos y promesas- contra aquellos que contuvieron a Jair Bolsonaro durante su gobierno.
No habrá, por tanto, tiempo para lamerse las heridas. Lula deberá reconocer la derrota y su cuota de responsabilidad en ella -sin recurrir a las habituales evasivas de culpar a otros- y, finalmente, pasar la posta a la nueva generación de la izquierda y del centro, este último prácticamente extinto desde 2016.
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