
Maquiavelo en Medio Oriente
Si volviera a vivir en nuestros días, Nicolás Maquiavelo encontraría en el Medio Oriente una réplica de lo que observó en el norte de Italia cuando escribía El Príncipe a comienzos del siglo XVI: la lucha desnuda por el poder, sin reglas jurídicas ni morales. En su tiempo, Maquiavelo admiró a César Borgia. Hoy habría admirado a Hafez al Assad, el presidente de Siria que falleció el sábado último después de treinta años de poder.
Hay dos clases de príncipes, escribió Maquiavelo: "hereditarios" y "nuevos". Los príncipes hereditarios se rigen por normas anteriores a ellos. Tienen "legitimidad". Los príncipes nuevos son, en cambio, advenedizos que no deben su encumbramiento al rodar de las normas establecidas, sino a su audacia, su habilidad y su falta de escrúpulos porque carecen de legitimidad.
A Maquiavelo no le interesaba la legitimidad sino la ilegitimidad, porque los príncipes más dinámicos de las ciudades renacentistas de su tiempo eran "nuevos" y sólo alguno de ellos podría unir a Italia. Sus recetas nos parecen hoy tan escandalosas porque fueron concebidas para otro mundo: el mundo del veneno y el puñal. Entre nosotros, Perón, ese genial discípulo de Maquiavelo, fue un príncipe nuevo. De la Rúa es un príncipe hereditario que debe su poder a las normas constitucionales que lo precedieron.
En el Medio Oriente hay príncipes hereditarios, ya sean los herederos legítimos de dinastías establecidas como Marruecos y Jordania o gobernantes democráticos como el primer ministro de Israel, Ehud Barak. Pero el potencial conflictivo de la región corre por cuenta de los príncipes nuevos como Saddam Hussein en Irak, el coronel Muammar Khadafy en Libia, Yasser Arafat en Palestina y quien logre imponer al fin su mano de hierro en Siria, ya sea el hijo del dictador fallecido Bashar al Assad o su hermano Rifaat al Assad, trabados a partir de ahora en una lucha mortal.
Siguiendo el paralelo con la Italia que hace cuatro siglos estaba abierta a la lucha de todos contra todos, si alguien consigue unir un día al mundo árabe en el Medio Oriente será, a no dudarlo, un príncipe nuevo.
Heredero sin ley
¿Podría decirse que Bashar al Assad es, en cierto modo, un príncipe hereditario? Al fin y al cabo, es el hijo del fallecido Hafez. Su inauguración, ¿podría marcar el paso de Siria de un régimen revolucionario a una monarquía hereditaria? Pero el encumbramiento de Bashar no es comparable a la reciente instalación en el trono de los príncipes herederos de Marruecos y Jordania porque, en tanto estos dos países son, de derecho, monarquías hereditarias, Bashar asciende al poder mediante una repentina modificación de la Constitución siria, que se lo prohibía por tener menos de 40 años, habilitándolo a pesar de sus 34 años mediante una caricatura normativa hecha a su medida.
Puede ser que Bashar venza a su tío Rifaat, pero, si lo hace, no podrá ser por apelar a la Constitución sino mediante la audacia, la habilidad y la falta de escrúpulos que Maquiavelo exigió a los príncipes nuevos.
El príncipe hereditario que se comportó como si fuera un príncipe nuevo no tendría perdón de Dios. ¿Quién justificaría a De la Rúa, por ejemplo, si cerrara al Congreso? Pero no se puede ser igualmente riguroso con los príncipes nuevos porque ellos sobreviven en un mundo cuya ley es la victoria del más fuerte y en el cual un gesto de moderación sería tomado como signo de debilidad, invitando de inmediato a candidatos más decididos que el moderado a cortarle la cabeza.
En medio de la ilegitimidad generalizada, no vence el más respetuoso sino el más despiadado. Porque había comprendido la lógica implacable de la ilegitimidad, Hafez al Assad no tuvo rivales capaces de destronarlo. En una ocasión asesinó a 30.000 disidentes de un solo golpe. ¿Qué lamentar más en un caso como el suyo? ¿La ferocidad del dictador o la situación de ilegitimidad que lo obliga hacerse temer más aún que sus competidores? No hay caballeros en la selva. Sólo sobrevivientes.
Narrar la historia de Hafez al Assad es no sólo compararlo al César Borgia de Maquiavelo. También es bajar a la sima de la perversión política, allí donde el poder y la moral se divorcian sin remedio.
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