Más que eurofobia, una ola de desconfianza y desinterés

Laura Lucchini
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28 de mayo de 2014  

BERLÍN.- A pesar de las señales negativas desde París y Londres, donde cobró fuerza el voto contra Europa, el desplazamiento del electorado hacia la derecha populista no pareció consolidarse con igual convicción en otros países clave.

Por ejemplo en la locomotora alemana, que salió indemne de la tentación eurófoba. Allí, donde los antieuropeos conservadores obtuvieron el 7%, los partidos tradicionales confirmaron su liderazgo y se hizo patente una gran confianza en el futuro de la UE. De todos modos, los resultados en el conjunto del bloque señalan problemas a resolver.

Expertos consultados por LA NACION dijeron que el del domingo "no fue un voto contra Europa" . Sin embargo, señalaron un significativo problema de confianza de los ciudadanos en las instituciones comunitarias. Sería esta desconfianza, todavía más que las posturas extremistas, el principal obstáculo hacia una mayor integración.

La verdadera prueba de fuerza para la UE empezó ayer en Bruselas, cuando los líderes de los países miembros se reunieron para comenzar a discutir quién será el presidente de la Comisión Europea.

En el centro del debate estuvieron también los contundentes resultados obtenidos por los partidos populistas, en particular de extrema derecha, euroescépticos, racistas y xenófobos, que vieron multiplicada su presencia en el Parlamento. Desde luego, no pasó por alto que el Frente Nacional fue el primer partido en Francia, y que en Gran Bretaña lo fue el Partido de la Independencia de Reino Unido (UKIP).

"No creo que el del domingo haya sido un voto contra Europa", dijo Tim Spier, profesor de la Universidad de Siegen, consultado por LA NACION. "En el caso de UKIP quizá fue así; en los demás países me pareció más bien un voto que expresó un escarmiento hacia los gobiernos nacionales."

Con entre 80 y 90 bancas que serán asignadas a populistas de derecha, "asistimos a un significativo aumento de su representación en Europa", dijo Spier. "Aun así, no veo posible que verdaderamente logren influenciar en las políticas europeas. Esto se debe, primero, a que están internamente muy divididos, y queda por ver si lograrán formar una fracción en el Parlamento."

A esto se agrega, siempre según Spier, la falta de cohesión de estos partidos acerca de propuestas constructivas para Europa, ya que sólo se presentaron en campaña electoral con lemas y propagandas muy volcados a ciertos aspectos que, en todos los casos, eran más bien de importancia nacional. "Por todas estas razones, no jugarán un gran papel."

Spier no es el único politólogo que minimiza el impacto de las urnas. "No entiendo todo este ruido, no fue ni un salto de Europa hacia la derecha ni un voto contra Europa", dijo Tanja Börzel, experta en integración europea y profesora de la Universidad Libre de Berlín.

"Tan sólo en Francia y Gran Bretaña se puede hablar de un voto euroescéptico y de extrema derecha. En todos los demás países la derecha populista perdió consenso o no pudo aumentarlo. Los ganadores relativos fueron más bien los de la izquierda populista, que sí son eurocríticos, pero no contrarios a Europa ni menos aún xenófobos o contrarios a la inmigración. En general los partidos europeístas vieron aumentado su apoyo", agregó.

Según Börzel, lo más probable es que los populistas no tengan mucha participación en actividades parlamentarias, sino que usarán a Europa "como foro para levantar su voz contraria a sus gobiernos nacionales".

En la primera economía del bloque, los grandes partidos europeístas no tuvieron sorpresas. La coalición de Angela Merkel perdió apoyo, pero se confirmó como primera fuerza, con el 35% de los votos. Los socialdemócratas, reunidos alrededor del histriónico Martin Schulz, aumentaron su base hasta el 28%. Los euroescépticos de Alternativa para Alemania (AFD) alcanzaron el 7%.

"En Alemania hubo otros ejemplos de pequeños partidos que se ganaron el interés de la prensa y que crecieron rápidamente para caer de la misma manera. Es el caso del Partido Pirata y podría ser el de AFD", según Spier.

Para Börzel, mucho más que el extremismo y el escepticismo, el problema en Europa es el desinterés. "La buena noticia es que la tendencia hacia la mayor abstención que observamos en los últimos 20 años no se confirmó, aunque hubo un estancamiento", destacó.

La participación fue del 43%, pero en algunos países cayó debajo del 20%. "La esperanza de que esto cambiaría con una campaña electoral más personalizada fracasó. El problema estructural de que la gente se interesa poco por Europa sigue siendo el mayor desafío para el nuevo Parlamento", concluyó.

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