
Holly Ratchford trabajaba como administradora de los apartamentos Parkwood, donde estuvieron hospedados quienes perpetraron el atentado
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Holly Ratchford todavía no puede creer que el hombre que se mudó al complejo residencial que ella administraba llegara a ser acusado de participar en el día más oscuro de la historia reciente de Estados Unidos.
“Me resulta casi imposible conciliar la imagen de quién decía ser con quién es realmente. Todavía me cuesta asimilarlo”, comenta a la BBC.
El hombre, Omar al-Bayoumi —un saudita que entonces rondaba los 40 años—, se mudó al complejo de San Diego, California, junto a su familia en septiembre de 1999.
El nuevo residente del apartamento 152 del complejo Parkwood pronto se convirtió en un habitual de las fiestas en la piscina que organizaba Ratchford. “Siempre se mostraba muy alegre y sonriente”, recuerda, “y era sumamente amable”.
Meses más tarde, Bayoumi le presentó a Ratchford a dos hombres que parecían discretos y educados, y que también pasarían a ser sus vecinos.
Ambos se harían tristemente célebres por secuestrar el vuelo 77 de American Airlines y estrellarlo contra el Pentágono durante los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Durante los últimos 25 años, Ratchford se ha sentido atormentada por su vínculo con estos tres hombres. Siente que Bayoumi la engañó desde el principio.
“Siempre que organizaba fiestas, él venía y participaba en las actividades”, recuerda, añadiendo que su familia solía invitarla a comer.
“Disfrutaba de las visitas”.
Sin embargo, Bayoumi —quien residió en el número 152 de Parkwood— se encuentra ahora en el centro de una demanda por valor de un billón de dólares interpuesta contra el Reino de Arabia Saudí por varios miles de familias de víctimas y sobrevivientes de los atentados del 11-S.
El 11 de septiembre de 2001, 19 miembros de la red extremista islámica Al Qaeda secuestraron cuatro aviones de pasajeros. Además del impacto contra el Pentágono —la sede del ejército estadounidense cerca de Washington—, dos aviones fueron estrellados contra las Torres Gemelas del World Trade Center en Nueva York, provocando el derrumbe de ambos edificios. Un cuarto avión se estrelló en un campo de Pensilvania tras la resistencia opuesta por los pasajeros a bordo.
En total, perdieron la vida casi 3 000 personas, entre ellas unos 300 bomberos y otros miembros de los servicios de emergencia que realizaban tareas de rescate en el World Trade Center.

Se alega que Bayoumi contribuyó al complot de 11-S a través del apoyo que les brindó a los dos primeros secuestradores para que llegaran a EE.UU.: Nawaf al-Hamzi y Khalid al-Mihdhar, quienes vivieron en Parkwood varios meses antes de los ataques.
El juez federal que lleva la demanda de las familias del 11-S en Nueva York determinó hace un año que la evidencia creaba una “inferencia razonable” de que Bayoumi y un diplomático saudita basado en EE.UU. habían estado “coordinando con el gobierno saudita cuando proporcionaron la asistencia a los secuestradores”.
El fallo del juez ha permitido que el caso de las familias siga adelante. Arabia Saudita lo está apelando y, junto con Bayoumi, siempre ha negado las acusaciones.
Desde los ataques, Bayoumi ha sido objeto de reportajes y especulación.
Ratchford, que lo vio interactuando con los secuestradores y fue testigo de un acto crucial de apoyo que les proporcionó, ha entregado una declaración sellada al tribunal en Nueva York.
Pero nunca ha hablado públicamente de lo que vio.

Encontrar a Holly Ratchford no fue fácil.
Después de verse involucrada en contra su voluntad en la investigación de lo que el gobierno de EE.UU. describió como “el acto criminal más atroz en territorio estadounidense en la historia moderna”, se apartó de la humanidad lo más lejos que le fue posible en Estados Unidos.
Le seguí la pista hasta un desierto elevado en el oeste de EE.UU., tierra de serpientes cascabeles. Me dijo que eludía las noticias y definitivamente no hablaba con periodistas. Pero, para mi sorpresa, accedió a conversar.
Logré localizarla en la zona de desierto de gran altitud del oeste de Estados Unidos, territorio de serpientes de cascabel. Me dijo que evitaba las noticias y que, sin duda, no hablaba con periodistas. Sin embargo, para mi sorpresa, accedió a hablar.
La entrevista que me dio pone en duda la versión de los hechos que Bayoumi le contó a la policía, el FBI y el tribunal de Nueva York, y aparece en el podcast de la cadena Radio 4 de la BBC “Intriga: Una historia del 11-S”, y en el próximo el episodio del programa Panorama de la BBC “9-11: La conexión saudita”.
Estabilidad y un trabajo de ensueño
A principios de 1999, Ratchford logró encarrilar su vida. Hasta entonces, su existencia había sido inestable: se había mudado varias veces, se había casado, había estado embarazada y se había divorciado antes de cumplir los 21 años. Sin embargo, a los 27, ya tenía un hogar y un trabajo que le encantaba.
Como nueva administradora de los apartamentos Parkwood —un complejo de 175 viviendas de baja altura y casas adosadas en las afueras de San Diego—, destacó por su excelente desempeño; las viviendas nunca permanecían vacías por mucho tiempo. Pero lo que hacía de aquel empleo un trabajo soñado no era el papeleo ni el buen sueldo, sino la gente.
Ratchford no solo trabajaba en Parkwood, sino que también vivía allí. Sus clientes eran, al mismo tiempo, sus vecinos. Y muchos llegaron a ser algo más: se convirtieron en sus amigos.
“Siempre les decía a mis empleados: ‘Haced que sientan que este es su hogar y se quedarán’”, recuerda.
Mientras dejaba su huella en Parkwood, Ratchford se sentía feliz y segura en el mundo que había construido: un entorno donde conocía a todo el mundo y donde todo le resultaba familiar.
Entonces, todo se desmoronó de manera dramática e inesperada.

Omar al-Bayoumi se mudó a Parkwood afirmando ser un estudiante maduro. “Sabía que asistía a clases. Aparte de eso, no estoy segura de qué hacía”, comenta Ratchford.
Más de dos décadas después, documentos desclasificados del FBI y expedientes judiciales revelarían que los estudios de Bayoumi se habían interrumpido en 1998. Dedicaba gran parte de su tiempo a organizar actividades religiosas en la comunidad musulmana, las cuales solía grabar en video.
Sus constantes grabaciones y sus preguntas inquisitivas despertaron sospechas.
“Existía un consenso general entre los miembros de la comunidad musulmana de San Diego de que Bayoumi era un agente del servicio de inteligencia saudí”, me cuenta Richard Lambert, quien dirigió la investigación de la oficina del FBI en la ciudad tras los atentados del 11 de septiembre.
Pero a Ratchford no le correspondía indagar en esos asuntos. Lo que le importaba era si él podía pagar el alquiler. Y podía hacerlo.
Más tarde, el FBI descubriría que recibía un pago de unos US$90.000 anuales.
“Me lo creí todo”
Bayoumi se presentaba como un hombre de familia común y corriente.
La imagen de Bayoumi que vio Ratchford quedó registrada en unas grabaciones caseras —nunca antes emitidas— en las que aparece jugando con una pelota junto a su familia en la piscina de Parkwood y riendo cuando esta cae al agua.
Otro video lo muestra durante una excursión familiar a Las Vegas; vestido con una camisa de flores, señala la montaña rusa situada junto al hotel y casino New York-New York.
“Me creí todo lo que me dijo. Realmente pensaba que él era así”, comenta Ratchford.
Sin embargo, esa versión de Bayoumi contrasta con la imagen del hombre que aparece en otros videos.
En el verano de 1999, Bayoumi grabó el Capitolio en Washington D.C. desde distintos ángulos; hizo referencia a un “plan” y dirigió la cámara hacia sí mismo para ofrecer un comentario al estilo de un reportero.
Los abogados de las familias de las víctimas del 11 de septiembre sostienen que estaba vigilando el edificio como posible objetivo de los ataques. Por su parte, el Reino de Arabia Saudita afirma que se trata de un video turístico.
En su fallo de agosto de 2025, el juez de Nueva York determinó que “lo único que el Tribunal puede concluir” a partir del video es que Bayoumi “visitó Washington D.C. y grabó la ciudad”.

El 3 de febrero de 2000, Bayoumi llevó a dos jóvenes a la oficina de alquileres de Ratchford en San Diego. Con evidente prisa —según cuenta ella—, él se sentó en el borde del archivador mientras le explicaba que los dos hombres pertenecían a su mezquita y se alojaban con él mientras buscaban un lugar para alquilar.
“No tenían nada de inusual. Eran amables y educados”, recuerda ella.
Los dos hombres no hablaban inglés, así que Bayoumi tomó la iniciativa. Ratchford cuenta que él le preguntó qué requisitos debían cumplir los hombres para poder alquilar un apartamento en Parkwood.
“No cumplían en absoluto con los criterios de ingresos ni con los requisitos de cuenta bancaria. No tenían nada de eso”, me dice ella.
Ratchford tenía sus normas. La respuesta fue un “no” rotundo e inmediato.
Sin embargo, los dos hombres disponían de varios miles de dólares en efectivo. Los registros bancarios indican que, al día siguiente, Bayoumi los llevó al banco más cercano y les ayudó a abrir una cuenta.
De vuelta en la oficina de Ratchford al tercer día, él ideó una forma de sortear el problema de los ingresos: se ofrecería a firmar el contrato de arrendamiento como avalista, convirtiéndose así en el garante legal del apartamento.
El contrato de arriendo muestra múltiples firmas de Bayoumi. Él era su fiador, su amigo y su contacto de emergencia, y su casa en Parkwood estaba registrada como la dirección de los dos.
Sin más demora, los dos hombres se mudaron al número 150, un apartamento de un dormitorio a solo unas pocas puertas de distancia del dúplex de Bayoumi al lado de la piscina.
Los dos hombres por los que Bayoumi estaba asumiendo responsabilidad legal -Nawaf al-Hazmi y Khalid al-Mihdhar- se convertirían en secuestradores de 11-S.

El FBI llama a tu puerta
Holly los vio a ambos en repetidas ocasiones durante los meses siguientes.
“Tomaba té y galletas con ellos. No eran simplemente personas que venían a la oficina y nos alquilaban un espacio”, comenta.
Hazmi y Mihdhar permanecieron en su apartamento hasta finales de mayo de aquel año y luego se marcharon. Ratchford no volvió a pensar en el asunto.
Dieciséis meses más tarde, mientras Estados Unidos se encontraba sumido en la conmoción y el dolor tras los atentados del 11 de septiembre, recibió la llamada de una mujer que solicitaba referencias sobre el alquiler de ambos. Sin pensárselo dos veces, facilitó los datos rápidamente.
Pero la mujer no era agente inmobiliaria, sino periodista.
Su siguiente pregunta dejó a Ratchford perpleja: “¿Sabía usted que eran dos de los terroristas que estrellaron su avión contra el Pentágono?“.
“Y yo respondí: ‘¿Qué?’“.

Entonces, el FBI llamó a su puerta.
El 14 de septiembre de 2001, dos agentes especiales entrevistaron a Ratchford en su oficina de Parkwood.
Ella les entregó el formulario de aval de Bayoumi, lo que desencadenó una investigación sobre el hombre que posteriormente identificarían como el principal facilitador de la vida de los dos secuestradores en San Diego.
Richard Lambert, ahora retirado del FBI y consultor en la demanda de las familias del 11-S, afirma: “A medida que comenzamos a identificar a los asociados de los secuestradores, quedó claro que existía una red liderada por Omar al-Bayoumi”.
El FBI descubrió que los contactos de Bayoumi habían ayudado a Hazmi y Mihdhar a obtener licencias de conducir de California, inscribirse en escuelas de vuelo, recibir transferencias de dinero desde Medio Oriente e incluso gestionar tratamientos dentales.
Los agentes del FBI querían interrogar a Bayoumi. Le siguieron la pista a lo largo de más de 8.000 kilómetros hasta Reino Unido, concretamente a Birmingham, ciudad a la que se había mudado poco antes del 11 de septiembre.
El 21 de septiembre de 2001, fue detenido por la unidad antiterrorista de la Policía Metropolitana y los detectives comenzaron a interrogarlo.
Mostrándose imperturbable y, por momentos, indignado, Bayoumi negó inicialmente conocer a cualquiera de los secuestradores.

Dijo que a menudo había ayudado a personas a encontrar alojamiento pero, cuando los detectives lo presionaron, afirmó no recordar los nombres de nadie a quien hubiera avalado para un apartamento.
Un día después, dijo recordar haber ayudado a dos individuos, “Nawaf” y “Khalid”, los nombres de pila de Hazmi y Mihdhar.
Admitió que eran las únicas dos personas a las que había prestado ese nivel de ayuda.
Bayoumi afirmó haber conocido a ambos en Los Ángeles, tras escucharlos brevemente hablar en árabe en un restaurante. Dijo haberles comentado que, si alguna vez iban a San Diego, podría ayudarles.
Al día siguiente —según relató a los detectives británicos—, los hombres se presentaron en la mezquita que él frecuentaba en San Diego diciendo que necesitaban un lugar donde vivir. Entonces los llevó en coche a Parkwood para hablar con Ratchford sobre la búsqueda de un apartamento para ellos.
Bayoumi aseguró que, una vez que Hazmi y Mihdhar se habían instalado, evitó el contacto con ellos; dijo que se había marchado de la ciudad y que, a su regreso, descubrió que ya se habían ido.
Según su relato, su relación con los futuros secuestradores fue pasajera. Sin embargo, su versión no coincide con la de Ratchford.

No puedo creer que se haya librado"
“Sé que eso es lo que dijo, y sé que es un sinsentido”, dice ella.
Ratchford cuenta que, antes de llevar a los secuestradores a su oficina, Bayoumi le había preguntado varias veces sobre cómo encontrar un apartamento para dos personas.
“Yo le decía qué había alguno disponible y él respondía: ‘Ah, no, no, quiero ese’”, comenta. “Quería algo cerca de donde él vivía y buscaba la opción más económica”.
Ella también contradice la afirmación de Bayoumi de que apenas vio a los secuestradores después de conseguirles el apartamento, explicando que los había visto juntos durante las semanas siguientes. En una ocasión, los tres acudieron a su oficina para tomar té y galletas.
“No es que simplemente les consiguiera un apartamento y no volviera a hablar con ellos”, dice, añadiendo que los tres hombres “eran definitivamente amables”.
Ratchford también informó al FBI de que, cuando los secuestradores se habían retrasado en el pago del alquiler, Bayoumi lo había abonado.
La Policía Metropolitana mantuvo a Bayoumi detenido durante siete días, el plazo máximo permitido en aquel entonces. El Departamento de Justicia de Estados Unidos (DOJ) decidió no extraditarlo para que enfrentara cargos.
El 28 de septiembre de 2001, Bayoumi fue puesto en libertad.
Ratchford sigue atónita.
“No puedo creer que se haya librado”, dice.

Sin embargo, el FBI siguió preparando un caso en su contra.
Agentes de San Diego descubrieron que dos empresas vinculadas al Ministerio de Defensa de Arabia Saudita pagaban a Bayoumi un salario de US$90.000, a pesar de que él nunca acudía a trabajar y acumulaba gastos “exorbitantes”.
Los agentes constataron que su remuneración se duplicó con creces justo después de la llegada de los dos secuestradores a San Diego, y que volvió a disminuir una vez que estos abandonaron la costa oeste de Estados Unidos.
Entretanto, según ha podido saber la BBC, agentes de la oficina del FBI en Nueva York examinaron minuciosamente una gran cantidad de documentos recibidos de la Policía Metropolitana tras el registro de las propiedades de Bayoumi en Birmingham.
El FBI halló cartas dirigidas a una organización benéfica vinculada al gobierno saudí y con lazos directos con al Qaeda —documentos que, a su juicio, podían “demostrar los sentimientos y creencias antiamericanas de Omar al-Bayoumi”—, así como escritos del propio Bayoumi que, según determinaron, “pueden interpretarse como yihadistas”.
No obstante, nada de esto condujo a una acusación formal ni a un proceso judicial.
El Departamento de Justicia declaró a la BBC que no podía hacer comentarios sobre asuntos y decisiones de hace 25 años que involucraban a personal que ya no trabajaba en la institución.

Documentos clave
Bayoumi abandonó Reino Unido con destino a Arabia Saudita en agosto de 2002.
Dos años más tarde, quedó prácticamente exonerado cuando la Comisión del 11-S en EE.UU. —el organismo independiente que investigó los atentados— concluyó que era una persona “servicial y sociable” y “un candidato improbable para una participación clandestina con extremistas islamistas”.
El FBI no había mostrado a la Comisión todas las pruebas que había recopilado, y se negó a hacer comentarios cuando la BBC preguntó al respecto.
Entretanto, las familias de las víctimas del 11-S habían iniciado acciones legales contra él, incluyéndolo como demandado en su litigio de un billón de dólares contra diversas personas, empresas y gobiernos por su presunto apoyo a al Qaeda.
Durante años, las familias abogaron por que se desclasificara la investigación del FBI. La espera fue agónicamente lenta, pero desde 2018 se han hecho públicas decenas de miles de páginas de documentos —tanto ante el tribunal de Nueva York como mediante una orden presidencial firmada por Joe Biden—, incluidas las entrevistas del FBI con Holly Ratchford.
En agosto del año pasado, tras examinar el conjunto de las pruebas, el juez encargado de la demanda de las familias declaró que los indicios no respaldaban la conclusión de que Bayoumi hubiera sido “simplemente un participante inocente”.
El juez George B. Daniels señaló asimismo en su fallo que cabía deducir razonablemente que toda la ayuda relacionada con el apartamento que Bayoumi prestó a los secuestradores no fueron meros actos de un “buen samaritano”, sino que, por el contrario, estaba siguiendo instrucciones del gobierno saudí.
Arabia Saudita niega cualquier implicación en los atentados del 11-S y ha sostenido sistemáticamente que Omar al-Bayoumi no era un agente saudí y que no tuvo participación ni conocimiento previo de los ataques. El reino argumenta que, conforme a la legislación estadounidense, goza de inmunidad soberana —la exención oficial de un gobernante o Estado frente a determinados tipos de demandas civiles y procesos penales— y que la causa debería ser desestimada.
El caso se encuentra actualmente ante el Tribunal de Apelaciones de EE. UU., que escuchará los argumentos orales en octubre.

“Me sentí muy estúpida!
El 11 de septiembre fue una catástrofe que causó traumas personales a decenas de miles de personas: las familias de las víctimas, los sobrevivientes, los equipos de emergencias y los testigos.
Para Holly Ratchford, todas las certezas y seguridades de sus años en Parkwood llegaron a un abrupto final.
Nada era lo que parecía.
“Sé que la vida de muchas personas cambió de inmediato durante el 11 de septiembre. En mi caso, en cuestión de una o dos semanas, mi vida, mis ideales, mis creencias... todo cambió rapidísimo. Fue como accionar un interruptor”, comenta.
“Me sentí muy estúpida. Había confiado y me habían importado personas que hicieron cosas malas. No quiero volver a ser tomada tan desprevenida por gente que no era quien decía ser”.
Poco después del 11 de septiembre, Ratchford dejó Parkwood, el sector de la administración de propiedades y la gran ciudad.
Se mudó primero a la playa, luego a una reserva indígena y, más tarde, a un lugar remoto y aislado; todo ello en un intento por escapar de la sensación de haber sido engañada.
Ratchford se mantenía reservada —según me cuenta— y solo interactuaba con personas en las que confiaba plenamente.
“El 11 de septiembre hizo que sintiera miedo de la gente”, afirma.
“Ahora prefiero mantenerme alejada de personas que podrían estar mintiendo sobre quiénes son. En un pueblo pequeño es imposible guardar secretos, y eso me hace sentir más segura. Me gusta estar en un lugar donde puedo confiar en la gente”.
Sin embargo, aunque ha intentado alejarse cada vez más del mundo exterior, la atormentan las dudas sobre lo que sucedió en Parkwood.
“Una parte de mí se pregunta si podría haber hecho algo más de haber sido más estricta”, comenta.
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