
Mucho más que fiordos y vikingos
Vigor económico, Estado fuerte y vida calma también caracterizan a Noruega
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Inevitablemente, cuando se habla de un determinado país se cae en el lugar común de recordar los iconos que lo identifican. De Noruega, entonces, se podrán mencionar los fiordos, el frío glacial del invierno, el bacalao, las proezas del explorador Amundsen o el talento del escritor Henrik Ibsen. Por supuesto, hay muchísimo más. Y se percibe cuando apenas uno llega allí.
El viaje en el tren bala que lleva del aeropuerto al centro de Oslo -unos 70 kilómetros en 19 minutos- es, para un argentino, una primera impresión fuerte, que lo obliga a indagar. Y así aprende que el verdadero despegue económico del país comenzó a fines de los años sesenta, con el hallazgo de los primeros yacimientos de petróleo frente a sus costas, y muy especialmente a partir de 1971, con la explotación del Mar del Norte.
El producto de esa riqueza pasa a engrosar un "fondo del petróleo", creado para garantizar el mantenimiento del Estado de bienestar de las sucesivas generaciones. En ese sentido, es ineludible trazar un paralelismo con un país latinoamericano, Venezuela, el cual, más allá de los vaivenes del precio del crudo en el mercado, vio cómo por falta de previsión su riqueza natural no era aprovechada al máximo para beneficio de todos y se diluía muchas veces como consecuencia de la corrupción, mal endémico en la región.
Con sus extensas costas, otro sector vital de la economía es la pesca. Es decir, Noruega vive del mar, al que lo liga una ancestral fascinación -basta recordar la bravura vikinga-, visible los fines de semana en la infinidad de velas que surcan la bahía de Oslo.
La tierra del ombudsman
Pero, como se ha dicho, Noruega es mucho más. Son sus ciudades pequeñas, oasis de calma rodeadas de verde, su altísimo índice de conciencia ecológica y su monarquía constitucional, que escucha la voz de sus ciudadanos: fue la primera nación en crear el cargo de "defensor del menor" y un ombudsman (figura originada en los países nórdicos) para la igualdad de los sexos, y donde desde los años 80 los gobiernos han estado integrados por un 50 % de mujeres.
Es también el país donde se otorga el Nobel de la Paz, el de los inviernos oscuros y el del “sol de medianoche” en el Norte, el del trago generoso y el festejo del 17 de mayo, día nacional, donde en el desfile no hay armas y sí niños y adultos con sus trajes tradicionales frente al palco del Palacio Real, mientras los reyes saludan mano en alto a los cientos de banderas que se agitan. Y es el país que discute el próximo casamiento del príncipe Haakon con una mujer separada, madre de un niño fruto de un matrimonio con un condenado por distribuir cocaína, una prueba de fuego para un país tolerante y que esgrime como una lanza el respeto irrenunciable a los derechos humanos en todas las latitudes.
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