
Murió el rey Fahd de Arabia Saudita: se abre una nueva etapa en Medio Oriente
Fue una de las figuras regionales más influyentes en los últimos 20 años; lo sucedió su medio hermano
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RIYAD.- El rey Fahd de Arabia Saudita, uno de los líderes más influyentes de los últimos 20 años en Medio Oriente y principal aliado de Estados Unidos en la región, falleció ayer, a los 84 años, tras una larga enfermedad. El monarca fue sucedido por su medio hermano, el príncipe Abdullah, que ha ejercido el poder de facto desde 1995, cuando el soberano sufrió una embolia cerebral.
Aunque no se esperan profundos cambios en el corto plazo, la desaparición del rey Fahd abre un período de incertidumbre en Arabia Saudita -el país con las mayores reservas de petróleo del planeta- en una región caracterizada por la inestabilidad y en momentos en que la monarquía absolutista está ensayando una tímida apertura política.
El cambio de monarca del reino, el primero en 23 años, se produce en un momento particular en que toda la región -desde Egipto hasta Irak, pasando por el Líbano y los territorios palestinos- está viviendo un período de reformas y cambios de gobiernos.
Su muerte provocó un fuerte impacto en todo el mundo árabe y musulmán, donde el monarca era querido y respetado. En todos estos países, sin excepción, se decretaron entre tres y cuarenta días de luto y varios de sus gobernantes viajarán para su funeral, que se celebrará hoy en Riyad.
Los mercados también sintieron el impacto de la noticia del cambio en el mayor productor y exportador de petróleo. El precio del barril de crudo cerró a un récord histórico de casi 62 dólares por barril, ante el temor de los operadores a que se abriera un período de inestabilidad (ver aparte).
El Ministerio de Información informó que el monarca, que según la televisión estatal tenía 84 años, había fallecido de una enfermedad, aunque sin dar detalles. En el momento de su hospitalización, en mayo, funcionarios habían manifestado que sufría de neumonía.
Los últimos años del reinado del rey Fahd estuvieron marcados por el desafío que representó para su gobierno la red terrorista Al-Qaeda, dirigida por el saudita Osama ben Laden. Desde 2003, la organización, enemiga acérrima de la monarquía, lanzó una campaña de ataques contra blancos extranjeros y del gobierno.
Muchos acusaban al soberano de haber fomentado indirectamente el extremismo islámico al aliarse con la Casa Blanca (el presidente George W. Bush definió ayer al monarca como "un amigo y un fuerte aliado de Estados Unidos"). Después de la Guerra del Golfo, el rey permitió al Pentágono desplegar bases militares en territorio saudita -donde se encuentran las mezquitas de Medina y La Meca, los dos santuarios más sagrados del islam- lo que enfureció a muchos musulmanes. De hecho, 15 de los 19 terroristas que el 11 de septiembre de 2001 atacaron Washington y Nueva York eran sauditas.
Con la llegada de Abdullah al trono, la alianza con Estados Unidos podría profundizarse, dado que el príncipe tiene una buena relación con Bush, aunque a veces se ha mostrado reticente a aceptar algunas demandas de la Casa Blanca. También se espera que el nuevo monarca seguirá implementando fuertes medidas contra el terrorismo.
Por otro lado, los analistas consideran que Abdullah podría acelerar las incipientes reformas políticas que está encarando la monarquía y que él mismo alentó. En febrero pasado, el reino celebró las primeras elecciones de su historia. Aunque fueron sólo comicios municipales y las mujeres no pudieron votar ni ser elegidas, fue un paso significativo dentro del lento proceso de apertura del país. Los expertos creen que Abdullah podría alentar una mayor participación ciudadana, así como otorgar más derechos a las mujeres.
Otro tema que genera incertidumbre son las edades del nuevo rey -81 años- y la del nuevo príncipe heredero, Sultán -de 77-, actual ministro de Defensa. No son pocos los que adviriteron ayer que podría desatarse una cruenta lucha por el poder entre los cientos de integrantes de la familia real, los Saud, dado que no hay una línea de sucesión clara.
Los tímidos vientos de reforma en Arabia Saudita coinciden con un momento de profundos cambios en el tablero político de Medio Oriente.
La muerte de Yasser Arafat, en noviembre último, abrió el camino para la elección del moderado Mahmoud Abbas como presidente palestino, lo que derivó en un mejoramiento de las relaciones con Israel, que en dos semanas planea retirarse de la Franja de Gaza.
En el Líbano, el asesinato del ex primer ministro antisirio Rafik Hariri, en febrero pasado, obligó a Siria a retirarse del país y poner fin a 29 años de ocupación militar. Meses más tarde, la oposición contraria a la influencia de Damasco en El Líbano ganó las elecciones legislativas.
Egipto, por su parte, celebrará el 7 de septiembre próximo las primeras elecciones presidenciales de su historia en las que se permitirá la presencia de más de un candidato y en las que el voto será libre, universal y directo. El presidente Hosni Mubarak, que gobierna desde 1981 y que buscará su reelección, tomó esta decisión bajo presión de Estados Unidos.
También Irak intenta encaminarse por la via democrática en medio de la violencia. Después de las elecciones generales de enero pasado -las primeras desde la caída de Saddam Hussein- el Parlamento se dispone a aprobar un borrador de una Constitución este mes. El otro gran desafío que enfrenta Washington en la región es Irán. El sábado asumirá la presidencia el ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad, en reemplazo del reformista Mohammed Khatami, en momentos en que Teherán anunció que reanudará sus planes nucleares.





