
Murió la princesa que renunció al amor
Tuvo una vida triste marcada por un romance prohibido; su salud se había deteriorado seriamente
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LONDRES.- Banderas a media asta, himno nacional como preludio al anuncio de la noticia: todos los detalles del luto protocolar de la monarquía británica entraron ayer en acción por la muerte de Margarita, la princesa que renunció al amor.
La hermana de la reina, de 71 años, sufrió una apoplejía en la noche del viernes y murió "pacíficamente mientras dormía", a las 6.30 de ayer, en el hospital King Edward VII, al que había sido trasladada de urgencia con problemas cardíacos. Sus hijos, lord David Linley y lady Sarah Chatto, la acompañaron hasta el final.
Su cuerpo fue trasladado a su residencia oficial, el Palacio de Kensington, donde será velado este fin de semana por su familia para luego ser trasladado a la capilla de St. George, en el castillo de Windsor, donde será enterrada. Las exequias se realizarán allí el viernes próximo. A pedido personal, serán atendidas exclusivamente por sus allegados más próximos y no tendrán carácter de funeral de Estado.
Si bien su partida ha entristecido a los británicos, no hay que esperar, sin embargo, una repetición de las escenas de congoja colectiva que marcaron el deceso de otra princesa de destino trágico, lady Diana.
En los últimos años, y a causa de los serios problemas de salud que padecía, Margarita despertó más lástima que afecto entre sus compatriotas, hoy más preocupados por el impacto que puede tener su muerte sobre la única figura de la casa real que todavía adoran sin ambages: la reina madre. La pesadilla de tener que organizar pompas fúnebres reales por partida doble ronda los corredores del Palacio de Buckingham.
A tres días de haberse cumplido 50 años de la prematura muerte de su esposo, el rey Jorge VI, los festejos por la ascensión al trono de su hija Isabel II (el "jubileo de oro") continuarán por decisión de la reina, "al tanto de los deseos de su hermana, que no quería ensombrecer lo que debe ser un año de celebración para la monarquía".
Víctima de la historia
Sin un papel constitucional definido y undécima en la línea de sucesión al trono, Margarita no fue más que una víctima de la historia.
Su decisión de no casarse con el divorciado capitán Peter Townsend, en 1955, fue considerada entonces un "acto de desprendimiento" en favor de la monarquía. Ahora, en cambio, se la interpreta como la errada elección de aferrarse a una vida de privilegio.
Margarita nació el 21 de agosto de 1930 en el castillo escocés de Glamis, la casa ancestral de la familia de su madre. El suyo fue el primer nacimiento real en Escocia desde el siglo XVII.
Como la más joven de las hijas de los duques de York, llevó una infancia despreocupada hasta 1936, cuando su tío Eduardo VIII decidió abdicar al trono por amor a la divorciada Wallis Simpson. Esto colocó repentinamente a su padre en el trono y al resto de la familia bajo el celoso escrutinio tanto del establishment como del pueblo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los Windsor se negaron a ser evacuados. Fue así como Margarita pasó esos años vestida con un uniforme del ejército británico y protegiéndose de los bombardeos en los sótanos del castillo de Windsor, junto a las joyas de la corona que fueron depositadas allí, envueltas en papel de diario.
A los 23 años se enamoró de uno de los miembros de la guardia real, el capitán Peter Townsend. Podría haber sido un romance de cuento de hadas, de no ser porque Townsend era divorciado. Esto tornaba inaceptable el matrimonio a los ojos de la Iglesia Anglicana y, más crucialmente, de la reina madre, todavía dolida por los sucesos desencadenados por la abdicación de Eduardo VIII.
Su hermana le aconsejó no apresurarse y fue así como dispuso que el piloto fuera trasladado a la embajada británica en Bélgica por dos años. A su regreso, la prensa británica especuló con un inminente anuncio de su compromiso. Pero el casamiento implicaba renunciar a sus privilegios como princesa y la joven decidió, finalmente, darle la espalda al amor. Margarita y Townsend permanecieron en contacto hasta su muerte, en 1995.
En busca de consuelo, la princesa regresó a la vida del jet-set visitando discotecas y codeándose con figuras del espectáculo, como Peter Sellers, que una vez dijo estar enamorado de ella. En una de esas fiestas, en 1958, conoció a Anthony Armstrong-Jones, un graduado de Cambridge que comenzaba a ser reconocido como fotógrafo. Dos años más tarde, y tras lograr que le dieran al novio el título de conde de Snowdon, Margarita contrajo finalmente nupcias en la abadía de Westminster.
La pareja dio una bocanada de aire fresco a la acartonada monarquía de los años sesenta asistiendo a conciertos de los Beatles y de los Rolling Stones. John Lennon solía hablar con simpatía de Priceless Margarine (Margarina sin precio) y Andy Warhol invitaba al dúo a todas sus exposiciones.
Los Snowdon tuvieron dos hijos, el vizconde Linley y lady Sarah Armstrong-Jones, pero esto no logró detener sus crecientes desavenencias. En marzo de 1976 la pareja se separó oficialmente.
Irónicamente, Margarita fue la primera de los Windsor en divorciarse, en 1978. Su posterior relación con un escritor 17 años más joven, Roddy Llewellyn, provocó un escándalo y terminó sin pena ni gloria.
Poco puede extrañar que en estas circunstancias la princesa se haya transformado en una fumadora empedernida (al punto de consumir sesenta cigarrillos diarios).
Sus allegados aseguran que abandonó el hábito cuando los médicos le extirparon parte del pulmón izquierdo, en 1985. Lo mismo dicen de su afición por el alcohol, el cual, sostienen, desde su primera apoplejía en 1998 se limitaba a un "vasito de whisky" todas las noches.
Graves quemaduras
Su último gran traspié -un término que en este caso no puede ser más acertado- fue en el verano de 1999, cuando sumergió las piernas en una bañera con agua hirviendo en Les Jolies Eaux (Las Alegres Aguas), su domicilio en la caribeña isla de Mustique. Margarita no había notado la excesiva temperatura porque sufría del mal de Raynaud, una enfermedad que afecta la circulación y que es particularmente grave entre los fumadores porque la nicotina incrementa la constricción de las arterias.
El resultado fue devastador: quemaduras de gravedad que alcanzaron hasta los tobillos y que la sumieron en una silla de ruedas. Uno de sus amigos, Colin Glenconner, dijo entonces que pasaba "por una turbulencia interior y una profunda sensación de desesperación".
La historia de Margarita es triste. Pero a diferencia de la princesa Diana -a quien detestaba- no está plagada de actos de caridad ni de eterna belleza. Una carencia que la prensa jamás le perdonó. Sus últimas apariciones en público, para festejar los 100 años de la princesa Alicia, hace dos meses, y los 101 de la reina madre, en agosto último, merecieron duros artículos.
Débil, delgada, en silla de ruedas y con el rostro casi cubierto por enormes anteojos de sol, su figura fue sin piedad contrastada con las más vibrantes y joviales de sus centenarias parientes.




