Paraguay: un boom económico tan inadvertido como desigual

El país, que hoy elige a un nuevo presidente, lleva más de una década de crecimiento sostenido, pero el 26,4% de la población se mantiene en la pobreza
Ramiro Pellet Lastra
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22 de abril de 2018  

ASUNCIÓN.- La inversión está en aumento en Paraguay, igual que las exportaciones de soja, la producción ganadera, las torres y los shoppings en Asunción, tan numerosos y fastuosos que casi rivalizan con las mansiones de viejos dirigentes que ocupan manzanas y alternan en la misma zona.

Allí, en un racimo de barrios elegantes situados a medio camino entre el casco histórico y el aeropuerto de la capital, floreció un enorme distrito comercial y corporativo que da cuenta del empuje de la economía paraguaya, pero que también convive con las viejas escenas de pobreza y desigualdad, uno de los principales desafíos que tendrá el próximo presidente que surja de las elecciones de hoy (ver aparte).

La economía del país siguió sonando bien aún cuando sus enormes vecinos -Brasil y la Argentina- comenzaban a desafinar. Ese exclusivo distrito de hoteles internacionales y sinuosas torres que hacen arabescos en su camino al cielo, no está en discusión como el símbolo de una economía en marcha, con las cuentas en orden y las inversiones que fluyen. Se trata de un boom que pasó inadvertido en el resto de la región. Salvo para los inversores que tuvieron el instinto de apostar a un país que rompió con el encierro y la ausencia de horizontes al que parecía destinado. Paraguay, uno de los países más conservadores del continente, se abrió al mundo y en algunos aspectos se modernizó.

Pero nadie en este país, de derecha a izquierda, deja de reconocer los datos duros de pobreza y desigualdad. Números que manejan los expertos y que son visibles con solo darse una vuelta por la ribera de la capital, detrás del palacio de gobierno. Las casillas de madera terciada se extienden sobre la costa, a merced de las crecidas y los caprichos del río, hasta donde se pierde la vista.

Y en la cercana Plaza de Armas, frente al antiguo Congreso luego reconvertido en museo, se instaló desde hace meses un conglomerado de personas desarraigadas, cientos de campesinos expulsados de sus tierras y de familias de las villas corridas por la crecida del río. Montaron campamento por tiempo indefinido, en carpas precarias de lonas y plásticos superpuestos que consiguieron como pudieron.

La desconexión entre un país que crece sostenidamente desde hace más de una década, con niveles cercanos al 5%, y un índice del 26,4% de la población sumergido en la pobreza, que no cubre bajo ningún concepto sus necesidades básicas, habla de un eslabón perdido difícil de encontrar.

La cadena de éxitos se cortó en algún punto del crecimiento. Políticos y productores se quedan con la mejor tajada, dicen los más moderados. O se quedan con toda la torta, según los más duros. A los de arriba, las divisas que dejan las inversiones. A los de abajo, las migajas de la siempre insuficiente asistencia social.

"Cuando se habla de crecimiento hay que tener en cuenta que veníamos de muy abajo. La economía se derrumbó en los 90 con las políticas neoliberales del expresidente Juan Carlos Wasmosy. Fue una catástrofe. Se amplió enormemente la brecha con el resto de América Latina y tardó años en recuperarse", señaló a LA NACION el sociólogo José Carlos Rodríguez.

Una de las claves está en el acceso a la tierra. El 2% de los habitantes es dueño de más del 80% del territorio en un país donde casi la mitad de la población es rural. Todo bien con la soja y el ganado, dijo Rodríguez. Pero el país debe diversificar su producción. "El 40% de la población es campesina. Si ponés una fábrica en un pueblo, generás trabajo. Si avanzás a toda costa con la soja, el pueblo desaparece", afirmó.

Tomas

Los medios informan todos los días sobre tomas ilegales de tierras de parte de productores privados. En connivencia con las autoridades, desde luego, que no quieren quedar afuera del negocio. Según Transparencia Internacional, Paraguay está en el puesto 135° sobre 180 en el ranking de corrupción.

Los catastros de propiedad se superponen, los bosques desaparecen, los campesinos son expulsados.

El resultado son cientos o miles de indígenas que arrastran sus penas a la capital, mientras en los confines del país crecen las pasturas para el ganado y las plantaciones de lo que sea, marihuana incluida.

"Si uno mira la distribución de tierras, es un problema histórico. Se agravó en la dictadura. Alfredo Stroessner favoreció a sus allegados en la concentración de tierras. Y cuando se intentó algún tipo de redistribución sobrevino la oposición de las elites, que han sido exitosas en moderar esos intentos", dijo a LA NACION Thomaz Favaro, analista de la consultora de riesgo Control Risk.

Pero esta visión de paraísos perdidos o arrebatados tiene también sus críticos entre la gente corriente, con o sin intereses en el campo. "El problema con los campesinos es que les dan préstamos, pero no lo usan para producir ni lo devuelven nunca", dijo un mediano productor ganadero con una visión implacable del reclamo indígena. ¿Y qué hacen con ese dinero? "Se lo quedan los sindicalistas", afirmó.

Oscar Basualdo, un taxista de 58 años, recordó que meses atrás "llegaron 5000 indígenas a protestar a Asunción, se instalaron en la plaza y salían de ronda cortando las calles por donde pasaban". Reconoció que el problema no son esas bandas errantes que deambulaban por la ciudad como zombis invasores. El inconveniente, dijo, "son sus líderes", que les roban y que explotan su miseria.

Más allá de quién y cómo les roben, el drama de millones de campesinos, y, por caso, de los cientos de miles de pobres que ven pasar el boom económico por la ventana, sigue siendo el mismo: una vida de estrechez y desalojos.

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