Pasaje a la muerte en la estación de Ankara

La desesperación dominó los ánimos en la terminal de trenes
Burak Akinci
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11 de octubre de 2015  

ANKARA.- Pocos minutos pasaban de las diez de la mañana cuando el corazón de la ciudad se detuvo de golpe. Delante de la estación, cientos de personas llegadas de todo el país comenzaban a organizarse para marchar por la paz, cuando los estallidos sacudieron la explanada frente al edificio.

"Primero escuché una gran explosión y traté de cubrirme cuando se rompieron las ventanas. Enseguida vino la segunda", dijo Serdar, de 37 años, que trabaja en un puesto de diarios en la estación de trenes. "Hubo gritos y llantos y me quedé bajo los periódicos por un tiempo. Podía oler carne quemada", agregó.

Después del temblor que sacudió las calles, el horror se adueñó de la escena y de la multitud, enfrentada a miles de imágenes jamás imaginadas que dieron la vuelta al mundo. "Vi a un hombre con la pierna arrancada, tirado en el suelo. También vi una mano seccionada sobre el asfalto", dijo Sahin Bulut, de 18 años, un miembro de la Asociación de Ingenieros de Estambul que iba a participar en la manifestación.

Dos horas después de las explosiones, las fuerzas del orden acordonaron el lugar, donde funcionarios de la policía científica buscaban pistas entre los escombros. Un poco más lejos, los cuerpos de algunas víctimas yacían en el suelo cubiertos por las banderas de algunas de las organizaciones que convocaron a la manifestación, entre ellos el emblemático prokurdo Partido Democrático de los Pueblos (HDP).

Mientras las sirenas seguían sonando, las ambulancias evacuaban a los heridos para llevarlos a los hospitales de la ciudad. En medio de los escombros y de los cadáveres que los rescatistas comenzaban a remover de la calle, se distinguían bolitas de acero, que muchas veces son utilizadas como metralla en atentados.

"Hubo gente que murió inmediatamente, otros resultaron gravemente heridos. Es una verdadera masacre", contó un abogado de unos 30 años que iba a participar en la manifestación y prefirió no dar su nombre. En la estación, un denso olor a carne humana quemada se mezclaba con polvo de los escombros.

Decenas de personas intentaban encontrar a sus seres queridos.

"¿Lo han visto? ¿Lo han visto? Se llama Gökhan, estaba conmigo", decía insistentemente un joven, mientras se mordía las uñas, angustiado por la espera. Un poco más lejos, una mujer vestida con las prendas tradicionales kurdas gritaba sin consuelo: "¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!", mientras la policía la empujaba fuera del perímetro de seguridad.

Entre los sobrevivientes, la furia aumentaba. Muchos acusaban a las fuerzas del orden de no haber garantizado la seguridad de la manifestación, sobre todo habiendo habido antecedentes de atentados en los últimos meses. "Ningún manifestante fue revisado por los agentes", explicó uno de ellos.

Un grupo de manifestantes comenzó a insultar a los agentes de policía. En particular descargaban su bronca contra al oficial al mando del operativo, que ordenó disparar al aire para dispersarlos mientras les gritaban "policías asesinos". "Nunca en mi vida había visto algo así", confesaba un agente delante de varios vehículos policiales destrozados por los manifestantes.

Pasada la conmoción inicial, pero no la indignación, 10.000 personas tomaron después las calles en un inmenso repudio al atentado.

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