Pese al declive y al malestar, Xi Jinping no cambia el rumbo

Christopher Bodeen
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30 de agosto de 2015  

PEKÍN.- ¿Qué costo político pagan los líderes de China por la abrupta caída de la Bolsa en su país? Tal vez un poco de cacareo internacional, pero, por el momento, no mucho más que eso.

Más allá de la bronca de los inversores mayoristas y de la permeable sensación de parate económico, un cimbronazo mayor es muy improbable, debido a la rigidez del sistema político chino, a la necesidad de sus dirigentes de exudar tranquilidad y a la idea de que cualquier cambio sería interpretado como un signo de debilidad o la admisión de un error.

Con más poder acumulado que cualquier otro líder chino de las últimas dos décadas, nadie espera que el presidente Xi Jinping cambie de rumbo, a la espera de que el mercado encuentre su propio equilibrio y la economía se encarrile. Cuanto más se demore todo eso en ocurrir, mayores serán los riesgos para el Partido Comunista, cuyo férreo manejo del poder siempre ha descansado en su capacidad de generar crecimiento económico.

De pronto, la estatura de Xi Jinping en el escenario internacional es apenas una sombra de lo que era hace un año, cuando parecía imparable. Su estrella alcanzó su cénit cuando recibió al presidente norteamericano, Barack Obama, y a otros mandatarios del mundo para una cumbre global en Pekín, y tras el lanzamiento del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, la alternativa china a instituciones de predominio occidental, como el Banco Mundial y el FMI.

Pero ahora que la economía está en baja y que en dos meses se evaporó casi un 40% del valor de las acciones, esa mezcla de libre mercado y gobierno comunista que tanto le gusta a la dirigencia se está tensando al límite. "El milagro chino bien podría estar llegando a su fin", dice Willy Lam, experto en elites políticas de la Universidad China de Hong Kong. "La fórmula mágica se está agotando."

La seguidilla de medidas de emergencia parece haber servido de poco para frenar la crisis actual. Tras darles dinero a los operadores bursátiles para que compraran acciones y prohibirles a los grandes inversores vender las suyas, el gobierno también suspendió la incorporación de nuevas acciones, rebanó las tasas de interés hasta un mínimo récord y redobló los controles sobre las ilegales ventas al descubierto.

Así y todo, el Índice Compuesto de la Bolsa de Shanghai se hundió el martes un 7,6% y otro 1,3% el miércoles, lo que sumó a la caída del 8,5% del lunes. La caída del Índice Compuesto Shenzhen, un mercado más chico, fue todavía más dramática.

Según los analistas, como las medidas de emergencia fallaron, el gobierno parece haberse resignado a que las esquirlas peguen donde sea, a pesar del efervescente descontento popular y de la menguada fe en el sistema. "El hecho de que al Partido-Estado le haya costado tanto estabilizar los mercados y apuntalarlos ha erosionado la confianza de la opinión pública en el gobierno central", dijo Dali Yang, experto en política china de la Universidad de Chicago.

Según Yang, el daño podría ser aún mayor, porque los que apostaron a la Bolsa lo hicieron creyendo firmemente que el gobierno sostendría el mercado y reduciría al mínimo sus pérdidas, un retroceso a los años del dirigismo económico, ya mayormente abandonado. En consonancia con la caída de la Bolsa, las exportaciones se contraen, y tanto el crecimiento económico como la creación de empleo, probablemente, no logren cumplir con los objetivos oficiales para este año. Para colmo de males, la moneda china -el yuan- se devaluó un 3% frente al dólar.

El efecto más visible de la agitación económica tal vez sea el modo en que está alterando la dinámica de la inminente visita de Xi a Estados Unidos, el mes entrante, un viaje en el que dará un importante discurso en la ONU. Los recientes tropezones dejan a su presidente debilitado a la hora de defender la cada vez más enérgica política exterior de su país.

Traducción de Jaime Arrambide

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