Sarkozy, en su propia trampa
PARIS.- Prisionero de escándalos políticos, de una imagen internacional que se deteriora a ritmo vertiginoso, acosado por las tensiones sociales y obligado a adoptar un plan de ajuste que aumenta su impopularidad, la actual situación del presidente Nicolas Sarkozy hace pensar en un hombre atrapado en una ciénaga: cada esfuerzo por salir del pantano sólo lo ayuda a hundirse todavía un poco más.
Esa cascada de sinsabores y desaciertos comenzó a mediados de julio, con la decisión de erradicar 300 campamentos ilícitos de inmigrantes ilegales y de expulsar a los gitanos de Europa Oriental hacia sus países de origen. Con ese gesto, unánimemente calificado de racista y xenófobo, Sarkozy confiaba en recuperar la confianza de la franja electoral de extrema derecha, decepcionada por el incumplimiento de la mayoría de las promesas que había formulado durante la campaña, hace apenas tres años.
Ese sector de la población es el que hoy reclama mayor energía en la lucha contra la inseguridad. En el imaginario popular, los responsables del clima de violencia que "percibe" el país -aunque las estadísticas de delitos desmienten esa "sensación"- son las poblaciones de inmigrantes que residen en las periferias de las grandes ciudades y los ilegales que llegaron a Francia en los últimos años, en particular los gitanos.
Ese fanatismo propio de un converso reciente no deja de ser paradójico, teniendo en cuenta que Sarkozy, hijo de un inmigrante húngaro que reivindica un título nobiliario, tiene al parecer un lejano origen gitano y estuvo casado durante muchos años con Cecilia Ciganer, patronímico que denota una ascendencia tzigana .
Su persistencia le generó al país de los derechos humanos una ola de condenas y una pérdida de imagen sin precedente desde la Guerra de Argelia (1954-1962).
En todo caso, el presidente suponía que multiplicando gestos populistas en materia de seguridad podría tender una cortina de humo para ocultar los daños causados por el escándalo Bettencourt. Detrás de una despiadada batalla por la herencia de la mujer más rica de Francia -la heredera de L´Oréal, Liliane Bettencourt- se comienza a adivinar la silueta de un tráfico de influencias en la cúspide del poder, financiación ilegal del partido de gobierno y obstaculización a la justicia. Esa sórdida trama estalló en el momento menos oportuno porque el principal implicado, Eric Woerth -miembro privilegiado del círculo íntimo de Sarkozy-, era el ministro encargado de negociar con los sindicatos y de defender en el Parlamento la reforma jubilatoria. El texto fue aprobado por la Cámara de Diputados, pero nada indica que -en el actual clima de tensión social- pueda ser refrendado por el Senado.
Esa pulseada no está terminada. En tres semanas, desde que volvió de vacaciones, Sarkozy debió enfrentar una movilización sin precedente contra su proyecto y ahora lo espera una nueva huelga nacional.
Otro objetivo de la demagógica política de lucha contra la inseguridad era desviar la atención del plan de ajuste que deberá adoptar el gobierno. En un marco de crisis y escaso crecimiento económico, el retorno a la virtud presupuestaria obligará al gobierno -tarde o temprano- a aumentar la presión fiscal. Ese esfuerzo recaerá en particular sobre los asalariados, penalizados desde hace años por el congelamiento o el retroceso del poder adquisitivo. Es difícil aplicar aumentos de impuestos si al mismo tiempo no impone una contribución equivalente al sector de mayores ingresos, como reclaman incluso en su propio partido.
El nuevo escándalo de espionaje contra Le Monde, que estalló anteayer, amenaza con complicarlo aún más. Al menos prima facie Sarkozy aparece como el responsable de haber impartido la orden: en Francia, ningún funcionario se atrevería a espiar a un periodista y a un alto responsable del Ministerio de Justicia sin consultar con el Elíseo. Pero ese episodio, sobre todo, demuestra el nerviosismo de un poder que -como ocurrió con Richard Nixon en el caso Watergate- empieza perdiendo el respeto por la moral y termina apelando a los recursos más ruines de la política.
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