Siria busca convertirse en un centro logístico regional y ofrece alternativas para evitar el estrecho de Ormuz
Más de 18 meses después de la caída de Al-Assad, el país se prepara para aprovechar el levantamiento de las sanciones internacionales y la inestabilidad en Medio Oriente
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AL-QARYATAYN, Siria.- Día y noche, 5000 camiones cisterna que transportan petróleo desde el Golfo Pérsico atraviesan esta extensión de desierto árido como una caravana que serpentea rumbo al Mediterráneo.
Los camiones comenzaron a operar entre las refinerías del sur de Irak y el puerto sirio de Baniyas en abril, inicialmente como una prueba impulsada por exportadores iraquíes que buscaban sortear el estrecho de Ormuz después de que el tráfico marítimo quedara interrumpido por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Hoy, la interminable fila de camiones ilustra cómo Siria y su nuevo gobierno buscan beneficiarse de la reconfiguración de las rutas energéticas globales.
Más de 18 meses después de la caída de Bashar al-Assad, que huyó tras 24 años en el poder, Siria se prepara para aprovechar tanto el levantamiento de las sanciones internacionales como la prolongada inestabilidad en el Golfo Pérsico.
Con acceso a Europa a través del puerto mediterráneo de Baniyas, el país, bajo la presidencia de Ahmed al-Sharaa, se presenta como un corredor terrestre relativamente estable para energía y mercancías, una alternativa al estratégico estrecho de Ormuz.

La apuesta ya atrae apoyo internacional. En julio, el gobierno de Donald Trump anunció su respaldo a un oleoducto liderado por Chevron que transportaría 2 millones de barriles diarios de crudo desde Basora, en el sur de Irak, hasta Baniyas, siguiendo prácticamente la misma ruta que hoy recorren los camiones.
Durante la presentación del proyecto, el enviado especial de Trump, Tom Barrack, sostuvo que la iniciativa ayudaría a convertir al estrecho de Ormuz en “un asunto secundario”.
El proyecto encaja con la estrategia de la administración Trump de promover acuerdos para compañías estadounidenses, especialmente del sector de los combustibles fósiles, dentro de una política exterior particularmente activa que se extiende desde Venezuela hasta el Golfo Pérsico.
El futuro oleoducto, de 1600 kilómetros y un costo estimado de 5700 millones de dólares, tardará al menos dos años y medio en construirse y no podrá reemplazar completamente el transporte marítimo. Sin embargo, a largo plazo permitiría a los exportadores diversificar las rutas de suministro después de que la guerra pusiera en evidencia la dependencia mundial de Ormuz y disparara los precios de la energía.
Apuesta arriesgada
Aun así, invertir en Siria sigue siendo una apuesta arriesgada. Aunque gran parte del país está en paz, Al-Sharaa, excombatiente vinculado en el pasado a Al-Qaeda, todavía no consolidó plenamente su control. Persisten células del Estado Islámico y el trazado del oleoducto debería atravesar zonas del oeste iraquí donde tienen fuerte presencia milicias respaldadas por Irán.
“El desafío número uno será garantizar la seguridad física de cualquier infraestructura de este tipo”, advirtió Gabriel Mitchell, especialista en energía del German Marshall Fund.

“Será una infraestructura vulnerable a ataques, pero es una inversión para 30 años”, señaló. “¿Quién garantizará la seguridad? ¿Cómo se conseguirá cobertura de seguros? ¿Y qué ocurre si la guerra termina y las petroleras concluyen que ya no necesitan hacer esa inversión?”.
Ahmad Qubbaji, subdirector de la estatal Syrian Petroleum Corporation (SPC), afirmó que se espera firmar el contrato definitivo en septiembre con un consorcio integrado por Chevron, la francesa TotalEnergies e inversores sirios y qataríes.
Según explicó, se analizan medidas de protección que incluyen drones y sistemas avanzados de vigilancia, además de respaldo de seguridad estadounidense.
“Es un proyecto estadounidense”, afirmó en una entrevista en Baniyas. “Todos los días llegan aquí 5000 camiones desde Irak sin incidentes de seguridad”.
Qubbaji agregó que ya mantuvo conversaciones con inversores de Qatar para estudiar una eventual extensión del oleoducto hacia ese país. Analistas consideran que otros productores del Golfo, como Kuwait e incluso Bahrein, podrían sumarse para exportar petróleo a través del Mediterráneo.
Además, Qatar estudia otro proyecto para transportar gas natural licuado a través de Siria hasta terminales ubicadas en Baniyas.
El analista energético Mohamad Ahmad, de la consultora Karam Shaar Advisory, señaló que Arabia Saudita también enfrenta dificultades. Tras el cierre de Ormuz durante la guerra, Riad redirigió parte de sus exportaciones hacia el mar Rojo, pero allí las rutas marítimas también están amenazadas por los rebeldes hutíes de Yemen.
“Es la primera vez que vemos una crisis de esta magnitud y creo que la ruta más importante para todos sería atravesar el Mediterráneo, no el mar Rojo”, sostuvo.
Potencial
Las autoridades sirias aseguran que el potencial del país como centro regional de tránsito va mucho más allá de los hidrocarburos. En los últimos meses firmaron acuerdos con Turquía y Arabia Saudita para rehabilitar una antigua línea ferroviaria de la época otomana que conectaría Europa con el mar Rojo atravesando Siria, como alternativa tanto al estrecho de Bab el Mandeb como al canal de Suez.
Siria e Irak también alcanzaron acuerdos para facilitar el transporte terrestre de mercancías entre el Golfo y Europa.
“El régimen de Assad destruyó nuestro país durante 60 años. Todo estaba bajo sanciones”, afirmó Qubbaji. “Ahora toda la energía del mundo puede pasar por Siria. Podemos tener oleoductos, carreteras y todo tipo de tránsito”.
Sin embargo, recorrer el trazado previsto del futuro oleoducto revela la enorme distancia que todavía separa esa ambición de la realidad. Cerca de la frontera con Irak, una estación de bombeo construida en la década de 1950 para un antiguo oleoducto quedó reducida a escombros tras haber sido ocupada por el Estado Islámico y luego destruida por bombardeos estadounidenses.
A lo largo del desierto, soldados sirios siguen retirando minas dejadas por la guerra. En el yacimiento petrolero de Al-Omar, funcionarios reconocen que años de conflicto y mala gestión dejaron pozos severamente dañados y con una producción equivalente a apenas una décima parte de los niveles previos a la guerra.
“La experiencia técnica existe”, dijo el funcionario petrolero Ahmad Al-Hudr. “Lo que nos falta desesperadamente es inversión y equipamiento”.
Mientras tanto, en una ruta cercana a Al-Qaryatayn, el camionero iraquí Mohammad Hatem se preocupa por cuestiones más inmediatas. Las carreteras sirias, asegura, están llenas de baches y destruyen los neumáticos de los vehículos. Además, el intenso tráfico provoca accidentes casi a diario.
Aun así, admite que los viajes siguen siendo rentables: gana 1800 dólares por cada recorrido de diez días entre Basora y Baniyas.
“Le tengo tanto miedo a este nuevo oleoducto que podría hacerlo volar por los aires”, bromeó entre risas, antes de aclarar que hablaba en serio únicamente en tono humorístico.
En un puesto de control cercano, Abu Ahmad, un agente de seguridad sirio de 39 años, observa el flujo constante de vehículos que se dirigen al Mediterráneo, al Golfo Pérsico, a Turquía o a Jordania.
Hace apenas una década combatía en esa misma región como integrante del Ejército Libre Sirio, enfrentándose al régimen de Assad, al Estado Islámico, a tropas rusas, mercenarios del grupo Wagner, milicias kurdas y combatientes de Hezbollah.
Por entonces, recuerda, habría sido impensable que vehículos civiles, y mucho menos camiones cargados de petróleo, atravesaran la zona sin peligro. “Gracias a Dios, todo eso terminó”, dijo.
Ahora pasa los días en el calor del desierto, acompañado por papeles, un ventilador desvencijado y una vieja ametralladora rusa cubierta de polvo. Comprende mejor que nadie por qué este lugar fue tan disputado durante la guerra y por qué hoy vuelve a estar lleno de movimiento: “Estamos en la encrucijada de Medio Oriente”.
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