Sudán, el riesgoso conflicto desatendido donde se juega la suerte de una región

La oposición enfrenta a la junta militar que gobierna desde diciembre con el apoyo de Arabia Saudita y Egipto
Ricard González
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16 de junio de 2019  

TÚNEZ.- Aunque el África subsahariana es la región más ignorada por la prensa occidental, uno de sus principales países, Sudán, salió del anonimato en abril pasado. Una revuelta popular pacífica iniciada en diciembre logró deponer al presidente Omar al-Bashir después de tres décadas de gobernar el país con mano de hierro. Una junta militar asumió el poder con vagas promesas de democratización que no convencieron a la oposición.

El conflicto entre ambas partes se agudizó progresivamente y estalló la semana pasada cuando un cuerpo paramilitar asociado al Ejército desalojó con gran brutalidad un campamento de protesta instalado en la capital desde hace casi tres meses. Las imágenes y cifras escalofriantes de la represión estatal volvieron a situar a Sudán en el mapa: más de 118 muertos y 500 heridos, además de 70 violaciones. ¿Por qué es importante la crisis de Sudán?

Para empezar, por el valor geoestratégico de este país árabe, a pesar de que ya no es una potencia petrolífera. Con unos 40 millones de habitantes, es el tercer país más extenso del continente africano, tiene salida al Mar Rojo, y es nexo de unión entre la región mediterránea y el cuerno de África. Esta última se ha convertido en el escenario de una competición económica y militar entre las principales potencias mundiales y de Medio Oriente. Basta con señalar que el diminuto Djibuti, país situado frente al estrecho de entrada al Mar Rojo, cuenta con bases militares de Estados Unidos, Francia, China, Japón e Italia, y pronto se sumarán Arabia Saudita y quizás la India.

Además, Sudán dispone de frontera terrestre con un total de siete países (Egipto, Libia, Sudán del Sur, Chad, República Centroafricana, Etiopía y Eritrea). Todos ellos son frágiles y sufren conflictos políticos internos, en algunos casos de tipo bélico. Por lo tanto, los efectos del descenso de Sudán en una confrontación civil o una situación de caos se harían sentir en toda la región, lo que provocaría la desestabilización de sus vecinos en una situación más precaria. Otra consecuencia sería un aumento sensible del número de refugiados y migrantes que se dirigen hacia Europa.

De hecho, el propio Sudán no es un país exento de conflictos internos de tipo violento, lo que explica que sus nacionales ocuparan el cuarto lugar en la lista de migrantes llegados a las costas italianas en 2018. Una vez terminada la guerra con el sur cristiano y animista, que desembocó en la creación del Estado de Sudán del Sur en 2011 y la pérdida de la mayoría de sus reservas de petróleo, se exacerbaron los conflictos en las regiones de Kordofán del Sur, el Nilo Azul y Darfur, este último el más conocido por la posible comisión de un genocidio.

La revuelta en marcha representa una ocasión de oro para abrir la puerta a una resolución negociada de estos conflictos internos. No en vano una de las características más destacables de la rebelión popular es que ha recabado un gran apoyo en todas las regiones del país. Esta vez, el régimen no ha podido enfrentar unas zonas con otras siguiendo el viejo proverbio de divide et impera.

El movimiento prodemocrático sudanés guarda un gran parecido con los surgidos en otros países árabes desde 2011, un fenómeno apodado las Primaveras Árabes, así como con el que en la actualidad hace tambalear el régimen argelino. Por ejemplo, los jóvenes también están desempeñando un papel muy importante, la principal herramienta de movilización son las redes sociales, y entre sus principales reivindicaciones figuran demandas de tipo económico y social con aquellas de tipo político, siendo la prioridad el tránsito de una dictadura militar a un gobierno civil. De conseguirlo, Túnez dejaría de ser la "excepción democrática árabe", y podría servir de inspiración para los jóvenes de otros países de la región.

Sin embargo, cabe destacar una importante particularidad del caso sudanés. Mientras como en el resto de las Primaveras Árabes la movilización en las calles fue espontánea y adoptó una forma magmática, en Sudán fue fruto de una potente organización. La Asociación de Profesionales Sudaneses (APS), una plataforma que incluye a diversos sindicatos y colegios profesionales, es la verdadera columna vertebral de la revuelta desde su inicio. Pocos ejemplos más puros se pueden hallar de un movimiento sociopolítico de protesta liderado por la sociedad civil, lejos de los intereses políticos partidistas.

De momento, los logros de la APS son impresionantes: después del sangriento desalojo del campamento de protesta, fue capaz de paralizar el país una vez más con su campaña de desobediencia civil pacífica, forzando a los militares a la mesa de negociación. Parece indudable que cuenta con el apoyo de la gran mayoría de la sociedad. No obstante, su triunfo necesita de una respuesta positiva de la comunidad internacional, y sobre todo de Occidente, para contrarrestar el respaldo activo a la junta militar por parte del eje formado por Egipto, Arabia Saudita y Emiratos Árabes, siempre hostil a cualquier proceso de democratización.

Y es que la crisis de Sudán es también importante porque, a diferencia de otros conflictos más enquistados, una intervención decidida de la comunidad internacional sí puede evitar un baño de sangre.

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