
Tras el rastro de un tesoro oculto por casi 300 años
El presunto botín no habría pertenecido a Francis Drake, sino a un marino español llamado Juan Uribe y Echeverría.
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ISLA ROBINSON CRUSOE.- Hace tres semanas, cuando Bernard Keiser desembarcó en el muelle de San Juan Bautista, los 504 habitantes de esta isla de pescadores no sospechaban que su pequeño paraíso estaba a punto de zozobrar.
Hasta entonces, los isleños habían vivido tranquilos en la inmensidad del Pacífico, literalmente fuera del mundo y a 674 kilómetros de la costa de Chile. Vivían pendientes de la pesca de langostas y vidriolas, de los barcos que cada treinta días llegaban con provisiones y de los pocos turistas europeos con espíritu de aventura que cada año venían de visita por algunos días.
Hace tres semanas, un americano de 48 años, llamado Bernard Keiser, llegó hasta el pueblo, bajó de un bote que lo traía desde la improvisada pista de aterrizaje, y dijo: "En esta isla hay enterrado un tesoro de diez mil millones de dólares y yo sé dónde está".
En un primer momento, las agencias noticiosas afirmaron que se trataba de un tesoro enterrado por el célebre pirata Francis Drake. Pero si ese tesoro existe, no habría pertenecido a Drake, sino a un marino español llamado Juan Uribe y Echeverría.
Tras Keiser llegaron los periodistas, los funcionarios, los curiosos y los espías. Y la tranquilidad paradisíaca de la isla Robinson Crusoe se derrumbó.
El avión que llega a la isla es un viejo Nomad bimotor de dos hélices y chapas acanaladas, donde está escrito Transportes Aéreos Robinson Crusoe. El Nomad ha partido del aeropuerto santiaguino de Los Cerrillos y el despegue ha sido una fiesta que llevaba tres días postergándose. Las nubes sobre la isla impedían los vuelos, porque la pequeña pista no tiene ningún tipo de instrumental. Lo que sí tiene son límites muy precisos: en la cabecera y en el final hay acantilados y sus 840 metros de extensión empiezan y terminan en farallones que se elevan 180 metros sobre el nivel del mar.
Vuelo "católico"
Ricardo Schäfer es el piloto. Fue carabinero hasta hace un año y ahora lleva diez meses volando a Robinson Crusoe. En Santiago, antes de salir, ha dicho: "Este es el vuelo más católico del mundo, porque sale cuando Dios quiere".
A la pista la llaman aeropuerto, pero en realidad es una casilla de madera azotada por el viento, unos tambores de combustible y un destartalado Land Rover, donde primero se carga el equipaje y después, si caben, los pasajeros.
El viaje en el jeep dura diez minutos y acaba en un muelle de madera que se interna en una bahía rodeada de acantilados. Un bote con motor fuera de borda espera en el muelle.
Una hora y cincuenta minutos después el lanchón rodea un peñasco y ocurre el milagro: en un instante ha dejado de llover y aparecen bajo el sol la bahía de Cumberland y las casitas de madera de San Juan Bautista emergiendo del bosque subtropical. Tendría que haber un cartel que dijera: "Bienvenidos al paraíso".
Robinson Crusoe es, posiblemente, la única isla del mundo con nombre de personaje literario.
Se lo debe al héroe de una novela publicada en Londres en 1709, firmada por el periodista inglés Daniel Defoe (1660-1731). Defoe se inspiró para escribir "Vida y extraordinarias y portentosas aventuras de Robinson Crusoe de York, navegante" en las peripecias que había vivido en el archipiélago de Juan Fernández un marinero holandés, Alexander Selkirk.
Una de piratas
Peleado con el capitán de su barco, el Cinque Ports, Selkirk había sido bajado a tierra en la isla en octubre de 1704. Allí estuvo absolutamente solo hasta febrero de 1709, cuando fue rescatado por otro barco. Defoe le agregó la fantasía de un sirviente indígena, Viernes, y escribió su aventura cambiándole el nombre.
Fue la historia más conocida sobre el archipiélago, pero no la única. Su abundancia de agua, su vegetación y sus puertos naturales la convirtieron durante los siglos XVII y XVIII en refugio de navegantes y en escondite de piratas que acechaban las riquezas que desde el Perú se enviaban a España. Según historiadores chilenos, por allí pasaron los corsarios holandeses Jacop L´Hermite y el almirante Rogewine, y los ingleses Dampier, Rogers, Clipperton, Shelvocke y Anson, además del mencionado Drake. Cada uno más feroz e inescrupuloso que el otro.
Durante doscientos años, y tras estadías más o menos prolongadas, las tripulaciones piratas se recuperaron allí del escorbuto y se aprovisionaron de verduras y frutas, pero no siempre pudieron llegar o salir de las islas sin problemas. Según los isleños, hay detectados cuatro galeones hundidos alrededor de Robinson Crusoe y todos aseguran que puede haber varios más... con tesoros.
Esta historia, mezcla de verdad y fantasía, posible pero aún no probable, despertó el interés de Keiser.
La isla del tesoro
Keiser nació en Holanda hace 48 años, pero vive en Estados Unidos desde chico. En Robinson Crusoe le dicen El Gringo y lo miran con cierto recelo. Se aloja en El Pangal, una hostería alejada de San Juan Bautista, y anda poco por el pueblo.
Tiene dos hijos, una empresa textil llamada Architex International, y diplomas universitarios en historia y ciencias políticas de la Universidad de Jacksonville. Usa barba y un reloj de submarinista, zapatillas Nike y un jogging gris claro. Le gustan las frases del tipo: "Nada es imposible" o "Los sueños pueden mover montañas". En Estados Unidos es un contribuyente de Greenpeace.
"No soy para nada el prototipo del aventurero", dice. Se define como un hombre de familia, tranquilo y sedentario, y transmite la convicción de que está seguro de hallar el tesoro. Hace cuatro años que investiga en archivos buscando su pista y cree haber encontrado algo. Según documentos que dice haber conseguido, a fines de 1714 el marino español Juan Uribe y Echeverría decidió estafar a su patria y escamotearle a la corona un fabuloso tesoro inca embarcado en el Perú. Uribe, partidario de los Habsburgo, conspiraba contra los Borbones que gobernaban España y decidió ocultar en las islas de Juan Fernández los bienes que debía transportar.
Después de esconder el botín, partió hacia Cádiz, pero el buque que lo llevaba naufragó en medio de una tormenta y no se supo más de él. En 1716, el almirante inglés George Anson tuvo noticias del tesoro escondido y envió a recuperarlo a un marino mercante de apellido Webb.
Webb llegó a Juan Fernández, encontró el tesoro y, cuando se disponía a llevarlo a Inglaterra, un temporal partió el mástil de su goleta. El inglés decidió desembarcar la carga y ocultarla de nuevo, y a duras penas llevó su barco a reparar a Valparaíso. De regreso del continente, la tripulación se amotinó, Webb incendió su nave y regresó al continente.
Desde Valparaíso le envió dos cartas a lord Anson, inventariando el tesoro y señalando el lugar donde lo había ocultado, pero el destinatario no las recibió porque en el ínterin había muerto.
Si algo faltaba para completar esta historia, eso sucedió dos siglos más tarde. Fue cuando Luis Cousiño, un isleño de Juan Fernández, encontró una tercera carta de Webb en Horcón, al norte de Chile, y de la noche a la mañana se hizo con el secreto. Durante años trató de descifrar la clave en que estaba redactada la misiva y a comienzos de los noventa murió frustrado, pero convencido de que en su isla estaba oculto el oro de los Incas. A lo largo de treinta años había cavado túneles y hecho cálculos inútilmente.
En 1993, a poco de la muerte de Cousiño, su nuera María Eugenia Beeche contó la historia a unos documentalistas de Travel Channel, y les mostró ingenuamente la carta que había encontrado su suegro. Keiser la vio por televisión en su casa de Chicago y durante cuatro años dio vuelta los archivos que encontró, y luego se embarcó, pala en mano, hacia Robinson Crusoe.
Aunque todavía el tesoro no aparece, los habitantes de la isla saben que esta historia no ha terminado. Ellos saben que El Gringo no se rindió, y que espera el momento justo para volver a la carga.
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