Triste historia de una reina de corazones
Abandonada por su madre, engañada por su marido y traicionada por sus amantes, Diana buscó un camino en la solidaridad
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LONDRES, 31.- "To die, for ever young, for ever fair". Esta frase acuñada hace más de un siglo por el poeta John Keats preludiando su propia muerte ("Morir, por siempre joven, por siempre hermoso") parece ser la única capaz de dar al inexplicable deceso de la princesa Diana cierto sentido.
Santa para algunos aun en un país de protestantes; voz de los marginados en un mundo que aplaudió su cuna de alta estirpe y se aferró durante años a su imagen de princesa de cuentos de hadas, madre del futuro rey del Reino Unido; esposa tanto engañada como adúltera del heredero de la Corona; divorciada en busca del verdadero amor y traicionada por más de un hombre; la más temida amenaza de la monarquía desde la abdicación de Eduardo VIII en 1936.
A los 36 años, Diana Spencer fue todo esto y en su muerte promete ser aún mucho más. Lady Di, la autotitulada "reina de corazones" de una comunidad global sedienta de afecto, la "princesa del pueblo" de acuerdo con el "título del alma" conferido esta mañana por el primer ministro Tony Blair, entró en el panteón de los héroes populares del siglo XX que, como James Dean pasando por Marylin Monroe y Eva Perón, vieron sus vidas truncadas a edad temprana y bajo la mirada del público. Su inmortalidad en la memoria de la gente está garantizada.
"Tiene todos los ingredientes de una tragedia griega. Nunca pensé que terminaría así. ¿Cómo todo pudo salir tan mal?", se lamentó alguna vez el príncipe Carlos hablando de su fracaso conyugal.
Pero si la ruptura conyugal fue un devastador golpe, quizás el más duro, estuvo lejos de ser el primero sufrido por la desafortunada princesa.
Sin una madre
Diana nació en la tarde del 1º de julio de 1961 en Park House, en Sandringham, muy cerca del palacio que viene oficiando de residencia de descanso de la familia real durante la Navidad desde la época de Eduardo VII. Era la tercera hija del vizconde Althorp, entonces de 37 años, y de la vizcondesa Althorp, 12 años más joven.
Para la familia real no tardó mucho en convertirse en "la chica de al lado", la compañera de juegos de los príncipes Andrés y Eduardo. Pero cuando tenía apenas seis años su madre abandonó el hogar para irse a vivir con Peter Shand Kydd, heredero de un emporio de empapelados. La pareja se divorció en 1969. A partir de entonces Diana no vería más que ocasionalmente a su madre, especialmente desde que la vizcondesa perdiera el juicio por la tenencia de los dos hijos más jóvenes (Diana y Charles) luego que su propia madre Ruth dijera a la Corte que consideraba mejor que permanecieran con su padre.
La familia continuó viviendo en Sandringham hasta 1975 cuando, a raíz de la muerte de su abuelo, el séptimo conde de Spencer, decidieron mudarse a Althorp House en el norteño condado de Northamptonshire.
A los 9 años fue enviada a la escuela preparatoria Riddlesworth Hall, de vuelta en Norfolk y más tarde como internada en la prestigiosa escuela para niñas West Heath, en el sureño Kent. En tanto, su padre contraía segundas nupcias en 1975 con Raine, condesa de Dartmouth, hija de la autora de novelas románticas Barbara Cartland con quien Diana mantuvo siempre un vínculo estrecho que contrastaba con la frialdad que sentía frente a su madrastra.
El hombre de sus sueños
Por más que mostró un particular talento para la música, la danza, las actividades manuales y hasta obtuvo en una ocasión un premio por ser "la niña que más ayuda a sus compañeros", su paso por las diferentes instituciones educativas fue traumático.
En la secundaria fracasó en todos los exámenes, aun en los realizados por segunda vez, y fue así como a los 16 años decidió abandonar la escuela.
Tras un breve curso de "buenos modales" en el Institut Alpin Videmanette, en Rougemont, Suiza, su padre le compró un departamento en Coleherne Court, en el barrio londinense de Kensington, que ella compartiría con varias amigas. Su dormitorio, de acuerdo con una de esas compinches, Kate Menzies (heredera de la cadena de puestos de diarios Menzies), estaba plagado de pósteres del príncipe de Gales, el hombre de sus sueños.
Tres días por semana se dedicaba a limpiar casas de amigos por una libra la hora, servía cócteles y canapés en sus fiestas y actuaba como "nanny" de sus hijos. Más tarde se convertiría en asistente en el jardín de infantes Young England en el barrio de Pimlico y cuidaría al hijo de una familia norteamericana.
El matrimonio de su hermana Jane con Robert Fellowes, secretario privado de la reina, incrementó su contacto con la familia real y, en especial, con el príncipe de Gales.
Su romance pasó al dominio público cuando en una tarde de verano de 1980, un periodista vio con sus binoculares al príncipe pescando a la vera del río Dee, en la finca escocesa de Balmoral, y acompañado por una joven alta, rubia y desconocida.
Desde ese momento la maquinaria del periodismo sensacionalista no dejaría de perseguirla. El mote Lady Di surgiría por primera vez en la primera plana de los tabloides acompañados por las fotos tomadas por un batallón de fotógrafos que vigiló día y noche las entradas y salidas de su hogar londinense.
El compromiso fue anunciado oficialmente el 24 de febrero de 1981. En una primera entrevista televisiva se le preguntó a la pareja si estaban enamorados. Diana contestó: "Por supuesto". Carlos: "Sí, cualquier cosa que el amor sea".
Pura fantasía
Si había dudas sobre los 13 años de diferencia entre los novios, los gustos infantiles de la joven y la estricta rutina del heredero de la Corona, nadie dijo entonces una sola palabra. Ella era la primera inglesa que contraía enlace con el futuro rey británico en más de 300 años. La idea de un "matrimonio por amor" más que por alianza estratégica contribuyó a crear una atmósfera de eufórico romanticismo en un pueblo que, medio siglo antes, había visto partir a un popular rey por no haber podido reconciliar su corazón con las responsabilidades de Estado.
Mil millones de personas siguieron por televisión, y otras 600.000 en las calles, las alternativas de su matrimonio en la catedral de San Pablo el 29 de julio de 1981. Con el espectacular traje de novia diseñado por el dúo Emmanuel, su paso tímido y su radiante sonrisa, todos vieron en ella el más absoluto ejemplo de felicidad completa.
"La verdad es muy distinta - sostuvo a La Nación Andrew Morton, autor de la única biografía respaldada por la princesa "Diana, su verdadera historia"-. Mientras ellos caminaban por el corredor central de la catedral de San Pablo el mundo se regocijaba, pero, en realidad, Diana sentía una profunda sensación de inseguridad. Ella sabía que Carlos seguía involucrado emocionalmente con Camilla Parker Bowles y por más que esperaba lograr poner fin a esa relación no dejaba de sentir cierta desazón. Más aún, ella le dijo a muchos amigos que el día de su boda fue uno de los peores de su vida.
"Cuando llegaron al yate Britannia para pasar los 20 días de luna de miel en crucero por el Mediterráneo, Diana vio que él aún lucía gemelos con las iniciales de Camilla - recordó Morton- y esto, sumado al choque de caracteres y estilos de vida, transformó el viaje en una pesadilla."
Las diferencias no podían ser más profundas. Los amigos maduros de Carlos aburrían a la princesa y su entorno de jóvenes adinerados sin estirpe irritaban a su esposo.
Ella no daba mucho por los partidos de polo o la cacería, los dos pasatiempos de la familia real; él no ponía pie en una discoteca y prefería Berlioz a Elton John.
Los compromisos oficiales comenzaron a congregar a miles de curiosos interesados más en el "charme" de la dulce y tímida princesa que en el representante de mil años de monarquía británica. Primero intimidada (al punto de romper en llanto) y luego adulada por las cámaras, Diana comenzó, al principio quizá sin quererlo, a echar sombra sobre la imagen del príncipe. Este inesperado fenómeno creó malos sentimientos no sólo en la pareja sino también en la corte. Diana comenzó a sentirse la "prisionera de Gales", víctima de secretos e intrigas, a veces imaginarios, un estado de ánimo que comenzó a hacerse notar con ataques de bulimia nerviosa.
Intentos de suicidio
De acuerdo con Morton, la angustia la llevó también a cortarse las muñecas con una hoja de afeitar, una navaja de bolsillo y hasta un rayador de limones así como arrojarse contra un gabinete de vidrio. En enero de 1981, con seis meses de casada, se arrojó por las escaleras de Sandringham. Aún no se sabe si entonces estaba al tanto o no de su primer embarazo. Guillermo, el futuro príncipe de Gales, nacería el 21 de junio de 1982.
Resulta difícil marcar un solo incidente como el decisivo en la ruptura conyugal. El príncipe dijo en un programa televisivo que el matrimonio se había "roto en forma irreparable" a fines de los 80. Amigos, como Catherine Soames, sostienen que fue antes, a raíz del nacimiento del príncipe Enrique, en septiembre de 1984. Carlos quería una niña y al ver al pequeño exclamó: "Oh, es un varón y encima tiene el cabello de color oxidado". La princesa habría dicho a sus amigos que "a partir de entonces algo murió dentro de mí".
A pesar de las constantes peleas, la prensa notó por primera vez que algo no marchaba bien en el verano de 1986 cuando Carlos regresó tres días antes de las vacaciones familiares en Mallorca para ir a pescar a Escocia. Muchos dicen ahora que allí lo esperaba Camilla Parker Bowles.
Más tarde, durante un torneo de polo, Diana se limpió los labios con un pañuelo tras ser besada por Carlos como premio consuelo tras una derrota. Hacia fines de 1987 la pareja llevaba vidas distintas al punto de no verse durante más de un mes. "Y cuando estaban juntos nunca sonreían - recordaba hoy Andrew Jacques, su escolta durante años de Scotland Yard -. No hablaban, no se dirigían siquiera la mirada. Querían el contacto más mínimo".
Escándalos y romances
En busca del amor incondicional que le había sido esquivo desde la cuna, Diana inició romances con el vendedor de autos James Gilbey y, ante todo, con el apuesto mayor de la Life Guards James Hewitt. Su relación con él duró de 1986 a 1991. Tres años más tarde Hewitt rebelaría los más íntimos detalles de su mutua pasión a cambio de cientos de miles de libras.
En tanto, el príncipe continuaba viendo a Camilla que, por ironía del destino, es tataranieta de Alice Keppel, la amante del tatarabuelo de Carlos Eduardo VII.
En 1988, cuando ya todo el mundo hablaba del matrimonio real como de uno de "conveniencia", Diana comenzó a visitar, a veces tres veces por día, al eminente psiquiatra londinense Dr. Maurice Lipsedege, quien le ayudó a recuperarse de su bulimia. La escritora feminista Susie Orbach y su amiga Carolyn Bartholomew se convirtieron en su "paño de lágrimas", pero también trató de llenar su vacío emocional apelando a la astrología, la osteopatía, la irrigación del colon y a varios instructores físicos, uno de los cuales permitió que se la fotografiara en comprometedoras poses mientras hacía ejercicios.
Primero aparecieron los "Squidgy Tapes" en los que James Gilbey le profesaba por teléfono su amor en sensuales términos. Luego, los "Camilla Tapes", donde Parker Bowles y Carlos mantenían una conversación por momentos rayana en lo escatológico. La opinión pública se dividía en bandos a favor de Carlos o de Diana.
El duro final
Tras una desastrosa gira por Corea del Sur, en noviembre de 1992, el primer ministro John Major anunció lo inevitable: la separación de los Windsor. En diciembre de 1993, en medio de intensa publicidad, Diana anunciaba que se retiraba de la vida pública. "Cuando comencé mi vida pública, 12 años ya - señaló entonces-, entendí que los medios de comunicación podían estar interesados en lo que hacía. Me di cuenta de que su atención, inevitablemente, se enfocaría tanto en mi vida pública como en la privada.
"Pero no me di cuenta de cuan agobiante esa atención se convertiría. A tal punto que podría afectar tanto mis deberes públicos como mi vida personal. Y en una manera que ha sido difícil de soportar. Al final de este año, cuando haya completado mi agenda de compromisos oficiales, reduciré la extensión de mi vida pública."
Hasta entonces había estado asociada con 150 asociaciones caritativas, era patrona o presidenta de 69 en el Reino Unido y de 12 en el exterior. Fue en esa calidad que realizó un inolvidable viaje a la Argentina en noviembre de 1995. Para entonces había reducido su agenda a sólo seis organizaciones vinculadas con el SIDA, la vejez y los sin techo.
Pero dos días antes de poner pie en suelo argentino, Diana, siguiendo el más tímido ejemplo de su marido meses antes, dijo ante las cámaras de televisión lo nunca pronunciado por un miembro de la realeza en público. Adulterio, celos, traición, prácticamente ninguno de los pecados capitales fueron dejados de lado en el programa "Panorama" de la BBC. La princesa, convencida de que nunca sería reina de Inglaterra y segura de que su marido tampoco debería ocupar el trono británico, mantuvo durante 60 minutos un diálogo devastador con el joven reportero Martin Bashil.
La entrevista fue emitida por el canal nacional BBC1 a una estimada audiencia de 25 millones y por los satelitales BBC World y BBC Prime a otros 175 millones en 111 países, la mayoría del hemisferio norte. Cinco minutos más tarde fue retransmitida por la estación radial BBC 5 Live, de onda media, aumentando así en casi el doble su alcance europeo.
Una planta de electricidad residual ubicada en Snowdonia fue puesta en alerta y lista a operar en el caso de que el uso al unísono de televisores y videos por parte de millones de usuarios pusiera una presión extra en el tendido eléctrico británico.
El programa provocó, sin embargo, otro tipo de cortocircuito. Cuatro semanas más tarde la reina pedía oficialmente a la pareja que iniciara los trámites de divorcio.
Las negociaciones duraron varios meses. Diana perdió el título de Su Alteza Real, pero ganó igual acceso a sus hijos y, se estima, un pago al contado de 22,5 millones de dólares así como 600.000 dólares anuales para cubrir los salarios de sus empleados.
Su alejamiento de la familia real no puso fin al acecho periodístico ni a sus encontronazos con el "establishment". En cuestión de meses todo su personal renunció (secretaria privada, mucama, encargada de prensa, etcétera) y la "nanny" de sus hijos, Tiggy Legge-Bourke, amenazó con llevarla a juicio por calumnias tras conocer sus declaraciones repletas de celos por el afecto de sus hijos.
Se la vinculó románticamente con el capitán del equipo inglés de rugby Will Carling (su esposa quiso presentarla como testigo en su juicio de divorcio), con un cardiocirujano paquistaní y, recientemente, con el hijo del dueño de Harrod´s, Mohamed al- Fayed, "Dodi", con quien falleció ayer.
Su aspiración de ser "embajadora humanitaria del Reino Unido" fue criticada y opuesta por la administración conservadora que, aun ahora en la oposición, consideraba su misión en contra de las minas antipersonales tanto en Angola como en Bosnia una "peligrosa intervención" en la vida política del país.
Muchos aseguran que en los últimos días su vida parecía, sin embargo, haberse colocado sobre buenos carriles. Las fotos, de las que tanto escapaba, la muestran naturalmente sonriente. Algunos atribuyen este cambio de espíritu a su amistad con al-Fayed, a quien conocía desde hace más de diez años. Pero en estas circunstancias sólo algo se puede decir con certeza y es que su ausencia, quizá como ella misma lo hubiera querido, ha dejado al mundo pensando sobre la fragilidad de su propia existencia.
Un motivo para seguir
En su papel de futura reina, más tarde trunco por el divorcio, Diana encontró una "razón de ser" al colocar una dosis nunca vista de espontaneidad, calor y compasión en sus encuentros con los más desafortunados. Estrechó las manos de leprosos y de enfermos de SIDA cuando nadie -de no ser su amiga la Madre Teresa- se animaba a hacerlo. Habló del dolor de los sin techo en una era caracterizada por la angurria económica.
Pero dentro de la familia real y hasta en la Cámara de los Comunes, muchos la consideraban un "cañón a la deriva" del cual era preferible deshacerse.

