Un anuncio del fin de una era de comercio global

Peter Goodman
Peter Goodman MEDIO: The New York Times
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14 de diciembre de 2019  

LONDRES.- Durante más de siete décadas, los poderes fácticos globales operaron sobre la presunción de que a mayor integración económica, mayor progreso histórico. Pero como acaban de dejar en claro los votantes británicos, esa era llegó a su fin.

La decisiva mayoría que se aseguraron el primer ministro Boris Johnson y el Partido Conservador garantiza que Gran Bretaña procederá a abandonar la Unión Europea (UE).

Todavía queda negociar los términos que regirán de ahora en más las relaciones económicas de Gran Bretaña con el continente. Pero de una manera o de otra, "hacer realidad el Brexit" -la promesa repetida por Johnson como un mantra que ahora puede concretar- marca un cambio profundo en el sistema de comercio internacional.

Tras la Segunda Guerra Mundial, los triunfantes aliados forjaron un orden internacional sobre la convicción de que cuando los países intercambian bienes y mercaderías se vuelven menos propensos a intercambiar rondas de artillería.

La salida de Gran Bretaña de la UE es la manifestación más clara de que ese principio ya no tiene el mismo arrastre. Sin embargo, lejos está de ser la única señal de que el sistema comercial internacional está decayendo hacia una situación en la que los intereses nacionales priman sobre las preocupaciones colectivas.

Estados Unidos y China están trenzados en una guerra comercial que profundiza la preocupación por la desaceleración mundial. Las tensiones parecieron disminuir anteayer cuando Estados Unidos acordó los términos de un pacto que reduciría significativamente los aranceles sobre 360.000 millones de dólares en importaciones chinas, a cambio de la promesa de Pekín de comprar más productos agrícolas.

Se espera que el acuerdo frene la aplicación prevista para este fin de semana de nuevos aranceles sobre 160.000 millones de dólares en importaciones chinas. Pero incluso si ese acuerdo entra en vigor, Estados Unidos y China han descendido a un grado de enemistad tan pronunciado que lo más probable es que sigan buscando otras alternativas para el intercambio de bienes e inversiones.

Las empresas que tienen sus plantas de producción en China seguramente ahora enfrenten nuevas presiones para explorar la posibilidad de fabricar en otros países, lo que a su vez generará disrupciones en la cadena mundial de suministros.

Mientras tanto, la Organización Mundial de Comercio (OMC), árbitro tradicional en las disputas comerciales, va quedando reducida a la insignificancia, a medida que los países se saltean sus canales de diálogo para imponer aranceles.

"La sensación de que la política comercial avanzaba en una dirección, hacia una mayor liberalización e integración, ha sido reemplazada por la admisión de que las políticas comerciales tanto pueden avanzar como retroceder", dice Brad Setser, miembro del Consejo de Relaciones Exteriores, un think tank con sede en Nueva York.

Los acuerdos de comercio internacional se van desarticulando al calor de la creciente indignación de la opinión pública en muchos países por la creciente brecha económica entre ricos y pobres y la percepción de que el comercio global ha sido pródigo con las clases altas y mezquino con la gente de a pie.

En Gran Bretaña, los sectores sociales en problemas aprovecharon el referéndum de junio de 2016 sobre el Brexit como un voto de protesta contra los banqueros de Londres que habían pergeñado una catastrófica crisis financiera y luego obligaron a la gente común a absorber sus costos a través de una asfixiante austeridad fiscal.

En Estados Unidos, el electorado de base de Donald Trump cierra filas detrás de la guerra comercial que libra su presidente, y la consideran un correctivo necesario frente a la destrucción de la economía industrial norteamericana causada por las fábricas chinas.

Desde Italia hasta Francia y pasando por Alemania, la furia de los movimientos populares está enfocada en el comercio internacional, al que ven como una amenaza para el sustento de los trabajadores, mientras se abrazan a respuestas populistas o nativistas que prometen frenar la globalización.

"La era del liberalismo y el libre mercado desenfrenados está terminando", dice Meredith Crowley, experta en comercio internacional de la Universidad de Cambridge. "La gente está descontenta con las complejidades de la política y tiene esa sensación de que las palancas del poder están fuera de su alcance".

Casi la mitad de las exportaciones de Gran Bretaña tiene como destino la UE, un flujo de bienes que el Brexit puede poner el riesgo. Su salida del mercado común europeo, -que permite un flujo comercial sin trabas desde Grecia hasta Irlanda-, amenaza con socavar el atractivo de Gran Bretaña como sede para empresas multinacionales.

Lo que queda claro es que habrá cambios. El mandato político de los británicos de "retomar el control del país" entraña costos.

The New York Times

Traducción de Jaime Arrambide

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