
Un campo minado separa a Chile y Bolivia
LA NACION recorrió la zona costera que La Paz reclama al gobierno de Lagos, y descubrió una verdadera fortaleza militar
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ARICA.- Ni siquiera un mínimo poblado se levanta al norte de Arica en los 40 kilómetros que van junto al mar hasta el límite con Perú. Esa es la zona costera que Bolivia pretende llevar a una negociación con Chile, y aunque uno pueda pensar que la ausencia de población facilita el reclamo del gobierno de Carlos Mesa para obtener un corredor hacia la costa y lograr su viejo anhelo de llegar al Pacífico, esto está muy lejos de ser así.
Esas tierras inhóspitas, donde la playa no tiene fin y se mezcla con el desierto, son hoy un territorio inexpugnable, plagado de minas antipersonales y bajo custodia del ejército de Chile.
Allí proyecta Bolivia levantar una ciudad y un puerto propio, si prospera en algún momento su demanda de soberanía. En el mismo lugar, con intenciones opuestas, planea la comuna de Arica desarrollar nuevos centros turísticos con una rambla costera que la comunique con Perú y ponga un cierre definitivo al histórico reclamo.
Mientras la discusión no encuentra su cauce, surge un interrogante que hoy no tiene respuesta: ¿cuánto tiempo llevará limpiar estas tierras de explosivos? En una recorrida por la zona, carteles cuadrados de metal, con leyendas en castellano y en inglés, advierten que se está ingresando en un campo minado. Otros, con forma triangular y dispersos sobre alambres de púa, indican la existencia de minas sin explotar.
La geografía árida y desértica es muy similar a la de muchas regiones de Medio Oriente. La sensación de temor que infunden los elementos de guerra, también.
La franja costera que reclama La Paz estuvo siempre bajo custodia militar, pero la mayor cantidad de minas se sembró allí en 1978, cuando casi se desata la guerra con la Argentina por el Canal de Beagle. "El gobierno de Pinochet tenía miedo de que, con una guerra en el Sur, Bolivia y Perú aprovecharan para avanzar por aquí. Por eso, se fortaleció la defensa con nuevos campos minados", dijo a LA NACION Sergio, un antiguo poblador de Arica.
El camino hacia la ciudad de Tacna corre lejos de la costa. Entre la ruta y el mar hay kilómetros de arena y polvo, e indicadores que prohíben el paso: "Recinto Militar. No pasar".
El límite urbano de la ciudad, donde el gobierno boliviano piensa exigir que se fije una nueva frontera -tomando como base la última propuesta que fue discutida por ambos países en 1975- son varios complejos de viviendas, construidas recientemente, y una serie de campings con piletas y quinchos con parrillas, uno de los lugares preferidos para los fines de semana.
Más allá de la Bahía del Chinchorro, la playa más poblada de Arica, se extiende una costa anchísima donde muchos ariqueños llegan con sus 4x4 para disfrutar de la soledad frente al mar y muchos pescadores prueban suerte.
Son varios kilómetros hasta que se llega a una zona de acceso prohibido y la vista choca con el inmenso portón de una fortificación militar.
"¿Se imaginan que estas playas sean cedidas a Bolivia?", preguntó LA NACION a tres jóvenes ariqueños que miraban caer el sol mientras escuchaban música y bebían whisky junto a su moderna camioneta. "Si todos los países del mundo van a devolver lo que han ganado en batallas, bueno: lo hará también Chile", dijo Paula, mientras su amiga Priscila recordaba: "Chile estuvo muy mal durante mucho tiempo y nadie nos regaló nada. No hay motivo para tener que actuar distinto con Bolivia, por más que sea un país pobre".
Más allá de los argumentos históricos y de las necesidades económicas del país más pobre de Sudamérica, la decisión de volver a la mesa de negociaciones no parece nada fácil para el gobierno de Ricardo Lagos.
Ceder un corredor territorial para que Bolivia pueda acceder al mar tendría un alto costo en lo geopolítico: Chile perdería la frontera que logró con Perú tras la victoria en la Guerra del Pacífico. Y, sin comunicación terrestre con Tacna, vería reducida su capacidad comercial.
La cuestión, que podría resolverse con una garantía de que el área fuera desmilitarizada y de libre circulación, genera la misma preocupación en la parte peruana, que ya en otras oportunidades se mostró reacia a quedar separada de Chile, con quien mantiene un importante flujo comercial.
"No hay que preocuparse", tranquilizó Jaime a sus amigas. "Esta discusión va a llevar mucho tiempo. Miren los años que nos lleva decidir el divorcio, y no se ha logrado", dijo, en referencia a un proyecto de ley que lleva siete años en el Congreso chileno.
En esa zona de la playa -donde La Paz imagina su corredor costero- pueden verse varias 4x4 con patente de Bolivia.
La mayor parte de los bolivianos que viajan hasta el mar son los "blancos", como ellos mismos se autodenominan para diferenciarse de los collas y aimaras. Son empresarios de La Paz y Santa Cruz, de un alto poder adquisitivo.
Los comerciantes de Arica aseguran que son los "blancos", y no los indígenas, quienes están fogoneando el conflicto porque necesitan un puerto propio para sus negocios.
Pero frente al mar nadie habla de esta disputa. Aunque se esté a pocos metros de un cerco infranqueable y explosivo.
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