Un conflicto que pone en juego la identidad y la unidad de Ucrania

Luís Bassets
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21 de febrero de 2014  

MADRID.- La fuerza del mapa coloreado que representa las viejas naciones se sobrepone con frecuencia sobre una realidad mucho más precaria y frágil.

Esa Ucrania que parece encontrarse ahora en un momento crucial de su historia tiene sólo 22 años de vida como nación política unida e independiente.

Su nombre eslavo no es ni siquiera el de un país, sino literalmente el de "frontera", "confín", que es lo que significa su denominación. Todo lo demás son proyecciones del presente sobre el pasado y fantasías habituales en la narrativa nacionalista. Según el investigador de la Fundación Juan March Leonid Peishakin, "si hay algo que define la experiencia ucraniana es la división, entre la unión polaco-lituana y Rusia desde 1569 hasta 1795; los imperios austríaco y ruso, entre 1795 y 1917, y el catolicismo griego y la ortodoxia rusa desde 1596 hasta hoy".

Las raíces de la actual división de Ucrania en dos segmentos al borde de la guerra civil están inscriptas así en su historia y su personalidad. Según un diplomático británico que viajó allí en 1918, cuyo testimonio recoge el historiador Orlando Figes, "si se le pregunta a un campesino medio de Ucrania cuál es su nacionalidad dirá que es griego ortodoxo; si se le pregunta si es granruso, polaco o ucraniano, diría probablemente que es un campesino, y si se insistiera respecto de qué lengua habla, diría que la lengua local".

La división actual responde en un primer plano a la doble opción que se les ha ofrecido a los ucranianos entre la integración en la Unión Europea (UE), tal como corresponde a su pasado austrohúngaro, y el regreso a Rusia, ahora en forma de una unión aduanera, que recrea tanto el expansionismo del viejo imperio zarista como el de la desaparecida Unión Soviética.

En un segundo plano, afecta también a dos modelos políticos, sea la democracia soberana corrupta y autoritaria que Viktor Yanukovich intenta mantener a flote mediante sus poderes presidenciales, sea el régimen parlamentario de tipo occidental demandado por los manifestantes. Pero incide en la propia identidad y existencia del país, es decir, en la improbable capacidad de los ucranianos para mantenerse unidos a partir y no a pesar de estas diferencias que los han separado hasta ahora, y que en este momento los sitúan al borde de la guerra civil.

Hay muchas responsabilidades en el deslizamiento violento del conflicto que empezó en noviembre tras la negativa de Yanukovich a firmar el acuerdo de asociación con la UE y su decantación en favor del presidente ruso, Vladimir Putin.

La primera, del propio mandatario ucraniano, inepto y mendaz hasta molestar a su propio patrono del Kremlin. También las tiene el presidente ruso, con sus ambiciones imperiales frente a Washington y Bruselas. Son evidentes las responsabilidades de la vacilante UE. Y no puede faltar la oposición, incapaz de controlar un movimiento que ha ido cayendo en el descontrol de la violencia o bajo el control de la extrema derecha.

Ucrania vive una mezcla de conflicto civil y de guerra geoeconómica que está derivando hacia la contienda armada. Están en juego las fronteras de Europa e, indirectamente, la capacidad de la UE para existir en el mundo. Pero lo más sustancial concierne a los ucranianos y es su capacidad para construir Ucrania juntos, país que sólo podrá sobrevivir si consigue convertirse en un Estado democrático que respete e incluya todas las diferencias e identidades.

Deserciones en masa en las filas de Yanukovich

En medio de la violencia que conmociona a Ucrania, el alcalde de Kiev, Volodimir Makeyenko, anunció ayer que abandonó el partido del presidente Viktor Yanukovich, a modo de protesta contra "el baño de sangre y la lucha fratricida" en el centro de la capital.

"Estoy dispuesto a todo para detener la lucha fratricida y el baño de sangre en el corazón de Ucrania, en la plaza de la Independencia", dijo el alcalde.

"La vida humana debe ser el valor supremo de nuestro país, y nada debe contradecir ese principio", añadió Makeyenko, que dejó las filas del gobernante Partido de las Regiones.

Horas antes de su deserción, por lo menos 12 diputados de esa agrupación con bancas en la Rada (Parlamento) también habían anunciado su deserción.

© El País, SL

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