Un mito del toreo, condenado a la gloria y a la tragedia
A 50 años de la muerte del célebre torero español
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La de Manuel Laureano Rodríguez y Sánchez (Manolete) es una historia que más parece un prontuario. Mediaba el siglo anterior cuando su abuelo, torero cordobés de la plaza del Potro, que no era un lujo toreando, moría una tarde en Madrid de una cornada con la que un Miura le había atravesado el pecho.
El padre de Manolete, torero también, calcaba la desgracia en la plaza de San Sebastián, andando 1912, frente a otro Miura. Esta vez, el toro no mataba, pero -peor- lo dejaba ciego. Y el padre de Manolete comenzaba a morir, aunque continuara viviendo...
Manolete transitaba el aula del Colegio Salesiano del viejo califato cordobés. Sentía una voz que parecía ordenarle: "Debes meterte a fraile". Tenía trece años cuando lo atrapaba el bullicio de la gente alrededor de un coche descubierto. Allí estaba Juan Belmonte, aclamado. La voz interior decía otra cosa. Y el muchacho esmirriado y larguirucho volvía a su casa para anunciarlo.
"Madre de mi alma: voy a hacerme torero." Ella miraba fijamente a su muchacho. Dejaba escapar un suspiro y volvía la cabeza, apretando un puño contra la boca cerrada. ¿Es que la familia Rodríguez tenía que volver a pagarle a Miura? Manolete había sido un muchacho con una mirada como cansada de ver, que sonreía muy poco. Desprovisto de maldad y resentimiento, crecía en un páramo de ideas, hosco de caricias.
"El monstruo"
Manolete, antes cacharrero, albañil, vendedor ambulante, dejaría las calles desiguales del califato, en la Córdoba de la mezquita, para caminar las plazas de España. Días amargos de novillero, toreaba hasta el hambre que no le permitía albergar el miedo. Recibía la alternativa en Sevilla. Lo confirmaba un grande -Marcial Lalanda- en Madrid y su faena asustaba. Nacía "el monstruo".
Para los más necesitados de la fiesta brava, "el arcángel". Manolete parecía un torero abstracto. Solemne desde su entrada en la arena. Alargando el brazo en cuya mano llevaba la negra montera. Pidiendo la venia para girar sobre la arena, andando despacio, sin prisa, con gesto de príncipe andaluz.
El crítico José del Solar, hace unos 40 años, precisaba su trabajo: "Verónicas perfectas; doble media verónica en repique de adiós en el primer tercio. Las banderillas para los banderilleros. Muleta alzada en los pases de estatua. Enseguida, la muleta a la izquierda, con naturales generosos y redondos. Cambio de mano y derechazos para trazar el círculo. Unas manoletinas, regalo para ojos profanos. La profunda y severa estocada. Y todo concluido".
Su radiografía de seis temporadas de oro, con 420 corridas, estremecía: "El toro está más serio que yo... Tengo mucho miedo, pero el público que paga, pide: ¡Más cerca! Y yo me aguanto el miedo, que tiene mucho más filo que la espada que debo hundir en la diana del morrillo del animal".
Crecía Manolete y la misma altura alcanzaba la ignominia. "Es arriesgado porque quiere morir. Siente verguenza de sus hermanas, que se venden... Es un chaval que sólo vive en la plaza. Fuera, es muy poca cosa..." Y así. Hasta se aseguraba que su seriedad la forzaba una enfermedad que lo estaba minando. Todo, "con muy mala leche".
La muerte
Cuando "Islero", otro Miura, entraba en el ruedo de Linares la tarde del 28 de agosto de 1947, mientras la insoportable banda pueblerina dejaba oír un estridente batifondo de metales, Manolete plegaba la capa cuidadosamente, como era su costumbre. Empezaba su faena. Todo se volvería enseguida terriblemente infernal. El toro lo empitonaba por la ingle, desgarrándole la arteria femoral en sucesivas embestidas. La sangre del torero, casi negra, se apelmazaba en la arena. Costaba un triunfo distraer a "Islero" de aquel muñeco desgarbado, que mantenía el estoque en su mano derecha, sin soltarlo, mientras la vida se le escapaba a chorros.
Después, mientras llegaba el cura del pueblo, una operación sin anestesia. Y otra más. El padre Antonio de la Torre, capellán del hospital de Linares, lo veía buscar las medallas religiosas que se corrían sobre su cuello transpirado, aplastándose en la espalda empapada.
"Padre -decía Manolete-, no puedo ver... ¡Dios! Esto es terrible..."
A las 6 de la mañana, el jadeo que escapaba por aquella boca, fina y apretada, cesaba .
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