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Anuario LA NACION 2018

Un muro hincado sobre el Pacífico que divide y desespera

Diana Fernández Irusta
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21 de diciembre de 2018  • 00:14

Nada tan difícil como detener el agua. Nada más imposible que cercar el mar.

Pero ahí está el muro. Más necio que soberbio, hincado sobre un océano que lo supera palmo a palmo. Un Pacífico que en esta imagen hace honor a su nombre: manso, celeste y bello en un atardecer como de acuario. Un océano a cuyo hechizo ofende el tosco chaperío, burdo en su fealdad, absurdo en su intento.

Nada detiene la materia ubicua y blanda del agua. Y no hay valla, destacamento, patrulla o paredón que valgan frente a ese vendaval trágico, incansable y continuo: las columnas de migrantes que desafían obstáculos como éste que avanza hacia el océano Pacífico, junto a las playas de Tijuana. Un muro tan inútil como los de Ceuta y Melilla, el de Hungría, el del Sahara, los construidos en otras zonas de la frontera entre México y Estados Unidos. Son, se calcula, 18.000 kilómetros de vallados los que existen en distintas partes del mundo. Erigidos para mantener a raya una marea que, según datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), alcanzó durante cinco años consecutivos su máximo histórico; 68,5 millones de personas en el último relevamiento. Y el dato: el 53% de esa sufriente humanidad está integrado por niños y niñas.

Si bien las migraciones existieron siempre y los desplazamientos forzados no son novedad, nunca los hubo en la dimensión y masividad actuales. El siglo de las luminosas promesas tecnológicas terminó siendo, también, el siglo de la incertidumbre, el de una economía que no parece saber crecer sin generar, a la par que riquezas, "población sobrante"; el siglo, en fin, de las múltiples conflagraciones locales que empujan a sus víctimas hacia las aguas del desamparo global.

Durante este año, el Mediterráneo siguió engullendo a familias huidas de Siria y de distintos puntos del África; fueron miles los venezolanos que caminaron hacia Colombia (y luego hacia Ecuador, y luego hacia Perú); la larga caravana de centroamericanos recibió la condena de México y el rechazo de Estados Unidos, pero allí siguió. Entre mayo y junio, el gobierno estadounidense separó a 2300 hijos de 2200 padres y, por un momento, las imágenes de niños desesperados, recluidos en espacios demasiado parecidos a celdas, solos y en llanto, conmovieron a una comunidad internacional acostumbrada a la indiferencia. Por estos días, la muerte de una niña guatemalteca, deshidratada y exhausta, en un centro de retención de la frontera de los Estados Unidos, volvió a suscitar algún espasmo de indignación.

Así y todo, 2018 culmina con un gesto de esperanza: en Marrakech, la ONU impulsó el Pacto mundial para la migración segura, ordenada y regular. Es un avance hacia una posible resolución global de un problema que es, también, global. El pacto no es vinculante y varios países, entre ellos, Estados Unidos, no lo firmaron. Pero, como tantas otras cosas en la historia, supone un primer paso. Un gesto para dejar de intentar cercar el mar y empezar a cobijar a los desesperados.

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