Un solo hombre no puede resolver todos los problemas

Juan Landaburu
Juan Landaburu LA NACION
Las amenazas globales son cada vez más complejas, pero Trump parece moverse en un mundo más simple
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13 de septiembre de 2019  

De vez en cuando, alguna historia de espías que recuerda a los tiempos de la Guerra Fría toma estado público y cautiva a medios y lectores. Casi siempre está Rusia metida en el medio y el caso que salió a la luz esta semana no fue la excepción.

La CNN reveló que hace dos años la CIA decidió extraer a su principal espía en Rusia, un funcionario del gobierno que durante años envió secretos de Moscú a Washington, en parte porque el descuido con el que Donald Trump manejaba la información confidencial lo ponía en peligro.

Las historias de espías tienen todos los condimentos para convertirse en novelas, pero tal vez uno de los motivos por los que siguen generando tanta atracción es porque nos transportan a una época en la que el mundo era más fácil de entender.

En épocas de big data y ciberataques, en que las agencias de inteligencia son sinónimo de ejércitos de hackers, cualquiera pueda identificarse con un héroe romántico que trabaja infiltrado y arriesga su vida para hacerlo a la vieja usanza.

En cierta medida, Trump también parece querer moverse en ese mundo más simple de antes. Por eso cree más en su poder persuasivo para negociar con líderes de enemigos de Estados Unidos cara a cara que en cualquier otra cosa. Nada de la maquinaria del Departamento de Estado ni del deep state: él confía en que con mirar a Xi Jinping, o a Kim Jong-un o Hassan Rohani a los ojos podrá hacer un mejor trato que con meses de esfuerzos diplomáticos.

Esta semana fue John Bolton, hasta el martes su secretario de Seguridad Nacional, la última víctima de este estilo imprevisible de manejar las relaciones exteriores. Bolton era la última barrera para que la diplomacia de la mayor potencia del mundo no dependa de la intuición y el humor de un solo hombre, su presidente.

El cambio climático, las crisis migratorias, las tensiones comerciales y el resto de los desafíos globales demuestran que en el siglo XXI el mundo es más complejo que en la época de los espías y el teléfono rojo, y que depender del humor de un solo hombre para resolver todos los problemas representa un peligro para todos.

Pero tampoco se puede culpar a Trump por vivir en un mundo más incierto. En palabras del experto en riesgo global Ian Bremmer, "Trump no es la causa, sino el síntoma" de la ansiedad que genera vivir en un mundo lleno de amenazas.

La misma ansiedad que condujo al Brexit y que está generando turbulencias en muchos países. La gente, los votantes, necesitan certezas. Como los espías de la Guerra Fría, los líderes como Trump y Boris Johnson juegan a ser esos héroes románticos, los que permanecen firmes cuando todo alrededor es confuso e inasible.

Ese estilo puede servir para ganar elecciones, pero la gestión es otra cosa. Los índices de aprobación de Trump están cayendo en picada y los demócratas empiezan a coquetear con el impeachment. Boris Johnson perdió las seis primeras votaciones que propuso en el Parlamento y nadie puede apostar cuánto tiempo va a seguir. A Jair Bolsonaro también le está costando hacer pie. Los tiempos de la política se aceleran como en una picadora de carne fuera de control.

Si no son los líderes políticos, entonces, para citar a Chespirito, ¿ahora quién podrá defendernos? Nadie lo sabe, pero en medio de esa ansiedad no sorprende que una chica de apenas 16 años que cruzó el Atlántico y llevó su reclamo hasta la Casa Blanca, Greta Thunberg, se haya convertido para mucha gente en la última esperanza de que alguien haga algo por el cambio climático. Otro síntoma de un mundo que nadie sabe adónde va.

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