Una atracción por los Windsor que nace con la madre del magnate

Mary Anne MacLeod Trump era una escocesa que sentía fascinación por la realeza británica
Ellen Barry
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4 de junio de 2019  

LONDRES.- Uno de los primeros recuerdos que tiene el presidente Trump es el de haber visto a su madre embelesada frente al televisor durante horas aquel día de 1953 en que fue coronada la reina Isabel II.

Trump tenía apenas 6 años, pero entendió que ese espectáculo dorado que tenía lugar a más de 5400 kilómetros de distancia, en el interior de la Abadía de Westminster, tocaba una fibra sensible de su madre, Mary Anne MacLeod Trump, una sencilla muchacha escocesa que había emigrado a Estados Unidos y que durante un tiempo había trabajado de mucama en una gran mansión. Y el joven Trump también entendió que ese mismo espectáculo ofendía a su padre, y por las mismas razones.

Trump cuenta esa historia en su libro El arte de la negociación para explicar por qué nunca lo satisfizo ser simplemente el heredero de la empresa de su padre. Su madre le había transmitido ese amor por el espectáculo y el boato, expresados en la ceremonia de coronación: "Sueños más elevados, de esplendor y magnificencia".

Esa historia también sirve para explicar por qué la visita a Gran Bretaña es tan importante para Trump, alguien que toda su vida ha manifestado su deseo de estar cerca o a la par de la realeza británica. Si bien el año pasado Trump tomó el té con Isabel en el Castillo de Windsor, el evento se vio opacado por el traspié protocolar del norteamericano, que caminó delante de la reina durante la revista de tropas, y a la visita además le faltó la pompa de una cena de Estado en el Palacio de Buckingham.

"Para él, esto es más importante que cualquier ley que logre aprobar en el Congreso o que resolver los problemas fronterizos con México", dice Michael D'Antonio, autor de La verdad sobre Trump, una biografía de 2016. "Tiendo a pensar que este será uno de sus pensamientos a la hora de la muerte. Cuando esté a punto de dejar este mundo, pensará: 'Yo fui esa persona que estuvo al lado de la reina'".

La familia real británica tiene una larga experiencia en recibir figuras controvertidas, según Andrew Morton, autor de varias biografías de la realeza. Como la reina debe mantenerse neutral en cuestiones políticas, evitará los temas sensibles. "No toman partido, o intentan no hacerlo", dice Morton respecto de la realeza británica.

Pero en algunos casos, agrega Morton, "deciden influir en las cosas". El príncipe Carlos, por ejemplo, podría tratar de influir sobre Trump en el tema del cambio climático, dice Morton.

Thomas Wright, integrante de la Brooking Institution, dice que en el pasado las conversaciones privadas con "individuos icónicos" han dejado una marca en el pensamiento de Donald Trump.

"Si la reina le dice algo, es probable que lo tome en serio -señala Wright-. Y también es probable que se lo cuente a todo el mundo".

En ese sentido, resulta curioso que la madre de Trump, nacida Mary Anne MacLeod, haya sido tan fanática de la realeza. Sus antepasados habían sido despojados y desalojados de sus granjas durante una toma de tierras que hicieron los lores ingleses con apoyo de los ingleses, según cuenta Nina Burleigh en Esposas doradas: la historia secreta de las mujeres Trump.

La menor de 10 hijos, Mary Anne cruzó a Estados Unidos hacia 1930, y al llegar informó a los funcionarios de inmigración que había completado la escuela primaria y un poco más. A lo largo de su vida desarrollaría gusto por el lujo, que su hijo siempre estuvo dispuesto a complacer, según Gwenda Blair, autora de Los Trump: tres generaciones que construyeron un imperio. Blair dice que las fotos en las que se ve a Isabel en traje de gala, o especialmente en invierno, cuando usa algún abrigo de piel lujoso, le recuerdan "a las imágenes de los últimos años de la madre de Trump", que murió en 2000 a los 88 años.

Y para Trump la familia real británica parece ser una especie de punto de referencia de lo que es el prestigio. En la década de 1980, Trump hizo circular el rumor de que el príncipe Carlos y su esposa, Diana, estaban pensando comprar una unidad en la Torre Trump, según consigna D'Antonio en su biografía del norteamericano.

Trump también habría manifestado sin medias tintas la atracción que sentía por Diana. Seina Scott, periodista británica que en 1995 entrevistó a Trump para un documental, recuerda que no bien entró a su oficina en la Torre Trump, le empezó a preguntar "los detalles íntimos del deterioro matrimonial" entre Carlos y Diana. Según escribió Scott más adelante, cuando los príncipes de Gales se divorciaron, en 1996, Trump empezó a enviarle a Diana "enormes ramos de flores por valor de cientos de libras".

En 1997, tras la muerte de Diana, Trump le dijo al periodista televisivo Stone Phillips que lamentaba no haberla invitado a salir.

Traducción de Jaime Arrambide

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