
Una batalla nunca vista
Juan Gabriel Tokatlián Para LA NACION
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Las elecciones presidenciales en Colombia son únicas en varios sentidos. A pesar de las enormes presiones, el Tribunal Constitucional acabó con los planes de Alvaro Uribe de presentarse para un tercer mandato, al mantener la prohibición constitucional de ser presidente por más de dos períodos consecutivos. La ausencia de Uribe abrió el proceso electoral de maneras imprevistas.
Si bien Uribe es ahora un "pato cojo", aún tiene una influencia considerable y se esfuerza por mantener el tema de la seguridad nacional -principal énfasis de su gobierno- al centro de la batalla electoral. Ha tratado de beneficiarse con la creciente tensión con Venezuela y confía en que su delfín, el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos, pueda unir las fuerzas de derecha del país para asegurar la continuidad de sus políticas.
Sin embargo, Colombia parece no desear la continuidad a cualquier precio; en lugar de ello, hoy parece preferir un cambio moderado con respecto a lo hecho por Uribe. Esta renovación viene en una forma que resulta inusual en la historia colombiana contemporánea. La alianza opositora entre el candidato presidencial Antanas Mockus y su vicepresidente, Sergio Fajardo, ofrece la posibilidad de un cambio real, porque ninguno de ellos procede del ambiente político tradicional de liberales y conservadores, sino que provienen del mundo académico (ambos tienen doctorados en matemática).
Su experiencia principal y exitosa es en el ámbito de la política local. Mockus fue alcalde de Bogotá y Fajardo, de Medellín, y ambos desean que la prioridad del gobierno pase de la seguridad interna al fortalecimiento del imperio de la ley, la educación, la ciencia y tecnología, la productividad y un manejo sólido de las finanzas públicas. Ninguno tiene el respaldo de máquinas políticas urbanas ni turbias organizaciones armadas, sino de grupos independientes y nuevos votantes con ganas de apoyar a candidatos no convencionales. Ambos movilizaron de manera ingeniosa a los jóvenes e hicieron un uso innovador de las redes sociales.
La campaña de Mockus-Fajardo los retrata con orgullo como dos forasteros de la política, con los riesgos y beneficios que ello conlleva. Su plataforma electoral se centra en su rechazo de la ilegalidad y la corrupción. De hecho, esta voluntad de cambio es la razón de que Mockus, hijo de inmigrantes lituanos, puede llegar a la presidencia en un país que ha recibido a escasos inmigrantes en el curso del siglo XX.
El fenómeno Mockus es, en varios sentidos, análogo al ascenso de presidentes "alternativos" en América latina en los últimos años: Lula, Michelle Bachelet, Evo Morales, Daniel Ortega, José Mujica, Rafael Correa, Fernando Lugo y Hugo Chávez.
Pero Mockus es diferente. En contraste con hombres como Ortega, Mujica o Chávez, cuyas carreras empezaron en movimientos guerrilleros o fallidos golpes de Estado, su pasado es irreprochable. Nunca fue cooptado por intereses privados, sean políticos, económicos o criminales. Confía en su instinto y gusta de políticas públicas imaginativas, si bien eso preocupa a quienes temen el advenimiento de otro líder mesiánico.
Más aún, la sensibilidad de Mockus a los derechos humanos lo distingue de Uribe, que deja detrás un deplorable legado al respecto. Obviamente, las FARC -muy disminuidas como consecuencia de las acciones de Uribe- siguen siendo fuente de inquietud para muchos colombianos. No obstante, dado que la dupla Mockus-Fajardo es verdaderamente centrista, el riesgo de cometer errores graves en este ámbito parece mínimo.
Es más: las sombras sobre esta campaña no proceden de las FARC, sino de la derecha: el uribista Santos y la conservadora Noemí Sanín. El Partido Liberal, una coalición transversal de centroizquierda, y el izquierdista Polo Democrático no tienen posibilidades de victoria, aunque su apoyo a un gobierno de Mockus sería importante para forjar una mayoría parlamentaria estable. A la inversa, las elecciones parlamentarias de marzo dieron a Mockus-Fajardo una mínima representación en ambas cámaras del Congreso, lo que implica que cualquier gobierno que formen necesitará aliados legislativos.
Si, como parece cada vez más probable, Mockus se convierte en presidente, su gestión promete ser prudente: ni un salto al vacío ni inmovilidad ante la necesidad de emprender cambios profundos. Al principio, tres temas exigirán su atención: la potente subcultura mafiosa surgida en la última década, la necesidad de dar una nueva dirección a un modelo de desarrollo marcado por una amplia desigualdad, y evitar el aislamiento y las sobrerreacciones en las relaciones exteriores.
Puede que Colombia esté a punto de alcanzar un sueño largamente acariciado, pero pospuesto a menudo: paz interna y menores tensiones con sus vecinos. Mockus parece la figura más capaz de hacer que estas posibilidades sean realidad.




