Una costumbre política digna de ser copiada

Fernando Straface
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18 de octubre de 2012  

Un fantasma acecha a los especialistas en campañas políticas de los Estados Unidos. Los dos debates presidenciales realizados hasta ahora y el tercero, que se celebrará el lunes próximo, impactarán más entre los indecisos que toda la publicidad de ambos partidos en la campaña más cara de la historia de los Estados Unidos.

Hasta el 3 de octubre, la ventaja de Barack Obama sobre Mitt Romney se había estabilizado en aproximadamente seis puntos. Pero el presidente no convenció ni en contenido ni actitud en el primer debate.

Anteayer, en la Universidad de Hofstra, con un formato que permite preguntas del público, la audiencia del debate superó los 70 millones y batió un récord histórico en la televisión estadounidense. Sólo el Superbowl es capaz de generar mayor expectativa. Obama mostró mayor solidez: defendió sus primeros cuatro años de gobierno y evidenció algunas inconsistencias en las posiciones de su adversario.

Puedo imaginar a una parte del sistema político argentino repitiendo el viejo apotegma local "el que va ganando no debate". Pero ésa no era una opción para el presidente norteamericano. Más de un año antes de la elección, la Comisión de Debates Presidenciales anunció las fechas para los tres debates presidenciales, y uno entre los vicepresidentes. Los partidos se someten desde 1988 a la autoridad de la Comisión, un ente apartidario que regula los debates, elige las ciudades donde se realizarán, los moderadores y el acceso de las cadenas de televisión esa noche.

En Hofstra, pude seguir, en los días previos al debate, la organización, las negociaciones y el entorno que genera un debate presidencial. Más de 500 voluntarios y otros tantos organizadores posibilitan un espacio que celebra la política en su versión más argumental y programática. Como parte de la audiencia en vivo, afiancé mi convicción sobre el impacto positivo que tendría en nuestro país un evento así.

La Argentina nunca tuvo un debate presidencial. Es curioso, en un país que discute intensamente la política en los diarios, la televisión, la calle y las familias. Los debates presidenciales (y su equivalente para gobernador) son parte esencial de la reforma política pendiente en todos los niveles de gobierno, junto con el cambio en el sistema de votación (en el que algunas provincias avanzaron) y la regulación de la publicidad oficial.

ShowMatch y la selección nacional de fútbol superaron alguna vez los cinco millones de espectadores. Imaginemos que, en 2015, todas las cadenas de TV abierta toman una única señal desde la TV pública y transmiten un debate presidencial. Celebraríamos, entonces, la posibilidad de elegir entre quienes debaten la agenda de desarrollo del país y que, al terminar, se dan la mano y se presentan mutuamente a sus familias.

Un debate presidencial mejoraría la calidad de nuestra democracia. Me gustaría escuchar argumentos en contra de esta afirmación y, por supuesto, deseo debatirlos.

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