
Una fotografía entre dos tiempos

De las miles de fotografías tomadas y publicadas en los días que continuaron al histórico 9 de noviembre de 1989 en Berlín, hay una que sobresale del resto, no por su valor emotivo, que a su modo lo tiene, como las otras, sino por la reveladora lección de historia que encierra.
Se ha escrito en numerosas ocasiones que pocas veces el mundo tuvo una oportunidad tan clara para comparar dos sistemas políticos y económicos antagónicos como en la Alemania de la Guerra Fría. Un mismo pueblo, una cultura similar, un idéntico pasado, pero una realidad completamente diferente según el lado del Muro en que se viviera.
La imagen captada por el fotógrafo Gérard Malie, de la AFP, es perfectamente elocuente de aquellas dos realidades. Fue tomada de día, de modo que tal vez haya sido el 10 de noviembre, tras aquella noche asombrosa en que la frontera se abrió y la incredulidad prevaleció sobre la conciencia de lo que ocurría. O quizá se tomó en los días posteriores, cuando la osadía de los berlineses, de uno y otro lado, comenzó, como un imparable viento libertario, a derribar la ominosa pared a martillazos.
Está tomada desde Berlín Occidental en momentos en que una gran sección del Muro, de poco más de un metro de ancho, es quitada de cuajo con ayuda de alguna máquina que no se ve. El trozo de pared cae hacia Occidente, donde se aglomeran ciudadanos eufóricos, algunos policías y, sobre todo, periodistas, ya por entonces seguramente llegados desde todo el mundo. Desde el otro lado, mientras la pared cae, emerge, como del interior de una cápsula del tiempo, un grupo de soldados, tres o cuatro, aunque probablemente fueran más y el ángulo de la cámara sólo captara a algunos. Son soldados de Alemania Oriental, o tal vez soviéticos. Tienen el rostro serio y la mirada tímida, insegura. El mundo los está observando y ellos saben que son los derrotados de la historia.
Será porque no llevan casco, casi nunca los conservan los sobrevivientes de un bando derrotado, ni armas, o por el sepia oscuro de su uniforme gastado, que recuerdan a los combatientes de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pero aquellos soldados que se aprestan a cruzar por el hueco abierto en el Muro emergen desde otra época. No pasan de una ciudad a otra sino de un siglo a otro. Tanto lo separa de quienes los reciben entre risas y flashes.
La sección rebanada del Muro, que no termina de caer cuando Malie dispara su cámara, recuerda incluso a como el cine de ciencia ficción suele mostrar esas puertas-rampa de las naves extraterrestres. Se abren de arriba hacia abajo, lentamente, aportando un suspenso insoportable mientras se espera que del interior de la nave descienda una criatura acaso pacífica, acaso violenta y destructiva, seguramente extraña.
A los berlineses del Este y del Oeste, incluso a sus soldados, los separaba, no sólo un Muro, sino el tiempo. Y esa impresionante foto lo muestra tal vez como ninguna otra.
Se dice en estos días de recuerdos que la caída del Muro de Berlín representa el fracaso del comunismo. Es un error. Su construcción, en 1961, es la que lo expresa. La necesidad de impedir por medio de una muralla que los alemanes del sector socialista "votaran con los pies", al decir de Lenin, huyendo hacia la democracia liberal y capitalista. Un viaje en el tiempo que sólo pudieron concretar el 9 de noviembre de 1989 con sólo dar un paso a través de una pared abierta.




