
Una rivalidad profunda que sólo causa asombro
Las dos regiones son irreconciliables
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Es tan belga como los conos de papas fritas con mayonesa, como las inimaginables e incontables variedades de cerveza, como el chocolate artesanal, como los waffles humeantes, como la llovizna incesante y los días nublados, como Rubens, Tintin o Jacques Brel. O tal vez bastante más. Añeja, rutinaria y aguda, la pelea entre flamencos y valones define a Bélgica, a tal punto que asombra hasta descolocar día a día a cualquiera que decida vivir allí.
El primer impacto para el visitante distraído es el que anida en el corazón de las burlas entre unos y otros, simpáticas y no tanto, sobre el idioma. Bélgica es apenas más grande que Tucumán. Sin embargo, allí se hablan no dos, sino tres lenguas: flamenco, en el Norte; francés, en el Sur, y alemán, en una pequeña porción del Este.
El primero y el último se asemejan, pero nada tiene que ver el francés con ellos. Así, el visitante no debe sorprenderse si tomó un tren a Malines y, en su lugar, llegó a Mechelen o Mecheln. Es la misma ciudad, Malinas. Allí se habla únicamente flamenco, aunque sus habitantes deben aprender francés en el colegio. Pero, para quien no hable esta versión del holandés, es mejor comunicarse en inglés. Al francés responden con sorna, y al flamenco hablado por un valón, simplemente con desprecio. Esa lengua dista de ser sencilla, aun si se la ha estudiado desde la primaria, como deben hacer los valones.
Sin embargo, para los flamencos no hay excusa que valga: su idioma en la boca de un valón es tan comprensible como la lengua de los delfines. En realidad, no se mofan de la destreza idiomática de los del Sur, si no básicamente de su inteligencia.
Ordenados y metódicos, los flamencos se ufanan de haber nacido "con un ladrillo en el estómago". Construyen y reconstruyen sus casas y rutas, mantienen jardines y bosques. Estudian y trabajan sin cesar. Y creen que sus vecinos del Sur -los de los edificios y caminos "descuidados", los de las industrias "ineficientes"- viven de ellos.
La respuesta de los valones no es menos mordaz. Donde sea que puedan hacerlo, dicen que si los flamencos son ricos es porque no saben disfrutar de la vida. Para ellos, "de casa al trabajo y del trabajo a casa" es el primer y único mandamiento de los del Norte. Y dicen también que son aburridos.
Cuando tuvo que describirlos con una canción, Jacques Brel, una de las leyendas de Bélgica, lo hizo sin mucha piedad: "Las flamencas bailan sin hablar/bailan sin sonreír".
También poca contemplación tienen a la hora de explicar por qué sus compatriotas del Norte son más hábiles que ellos con los idiomas. No es una cuestión de inteligencia, argumentan, sino de necesidad y soberbio aislamiento. Necesidad porque en pocos países pueden comunicarse en flamenco; aislamiento, porque con sus innumerables dialectos pretenden distinguirse y distanciarse incluso entre ellos.
En Valonia y en Flandes las burlas son cotidianas. Los niños las comparten en el colegio; las familias, en los hogares; los adultos, en las empresas y hasta en el Parlamento.
Y de tanta ironía, hoy están a punto de quedarse sin país.
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