
Vietnam: el largo adiós de un régimen comunista
La economía de mercado se abre paso, trabajosamente, en uno de los últimos bastiones del marxismo A 25 años del fin de la guerra persisten las diferencias entre el Norte y el Sur El fútbol occidental hace furor
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HO CHI MINH (ex Saigón).- El todopoderoso Partido Comunista de Vietnam (PCV) no ve con buenos ojos la pasión por el fútbol que en estos días consume a la mayoría de los 78 millones de habitantes del país.
Pero tuvo que ceder, y permitió que la multinacional Pepsi Co. auspiciara un torneo local de modestos alcances. Claro que los herederos de Ho Chi Minh se aseguraron la partida: los dos únicos equipos en condiciones de alzarse con el campeonato son el del ejército y el de la policía.
Los miembros de esas dos instituciones proveen de cuadros dirigentes al gobierno, y comen todos los días.
La tendencia se extiende a la economía. Desde las grandes reformas introducidas en uno de los países más pobres del mundo, en 1986, el PCV alienta la inversión extranjera, pero quienes se arriesguen a asociarse con el Estado sólo podrán acceder al 30 por ciento del capital accionario.
Este constante ceder terreno pero a regañadientes, poniendo aquí y allá regulaciones que dificulten la buena administración, es el proceder que caracteriza a uno de los últimos bastiones del comunismo del sudeste asiático. En el mismo junco viajan China, Corea del Norte y Camboya.
A 25 años de la victoria sobre los Estados Unidos y la consecuente "liberación", el fracaso de la economía cerrada y de la planificación estatal puede verse en cualquier esquina.
"Es verdad, las políticas de producción cooperativista no dieron resultados, pero entregamos las parcelas de tierra a cada familia de agricultores y en diez años pasamos de importar arroz a ser el segundo exportador mundial detrás de Tailandia", dijo a La Nación Nguyen Van Phu, director general del departamento de Políticas de Comercio Euro-Americanas.
El funcionario aseguró exultante que la calidad de los alimentos procesados está alcanzando los estándares requeridos por la Comunidad Europea, lo que abre enormes posibilidades a la exportación. En los supermercados argentinos hay atún vietnamita enlatado y álbumes de fotografía a muy buenos precios.
El funcionario, que convida con té verde en su despacho de Hanoi y menciona a Diego Maradona cuando le decimos que somos argentinos, se deja llevar por el entusiasmo por mostrar un país que se apresta a despegar. "Este mes inauguraremos el mercado abierto de acciones. Apresúrense a colocar su dinero, porque la Bolsa de Saigón va a ser un boom", recomienda. La fecha prevista para la apertura es el 20.
Claro que poco después, ya en Saigón, visitamos el edificio donde se supone que en pocos días va a funcionar la flamante bolsa. Se trata de una barraca abandonada sin trazas de mejoras y que se codea con un mercado callejero donde ladran lastimeramente desde sus jaulas los perritos cuyo destino es la cacerola o la parrilla.
"Hace un año y medio que el gobierno promete la apertura del mercado bursátil, pero no pasa nada. Dicen que lo resolverá, en enero próximo, el Sexto Congreso del PCV. Habrá que verlo", reflexiona sin optimismo el empresario australiano Rod Summers, acodado en el bar del hotel Rex.
Mujeres, drogas y licor
Fuera de esa campana de cristal con aire acondicionado, y a la caída del sol, el centro de Saigón es un hervidero de mercachifles que ofrecen cigarrillos de contrabando, mujeres, drogas y licor de serpiente, un poderoso afrodisíaco que muchos vietnamitas consideran superior al Viagra.
Al revés que en Hanoi -capital política e inequívocamente comunista-, Saigón permite ver un remedo de ciudad del tercer milenio. Los escasos automóviles que luchan por abrirse paso contra la marea de bicicletas y ciclomotores son de modelos recientes.
En el Norte, no. El tránsito que discurre por entre los viejos edificios del colonialismo francés es un muestrario de veteranos Ladas y Zhiles soviéticos de tiempos de la Guerra Fría.
En Chau Doc, importante puerto del delta del Mekong, vecino a la frontera con Camboya, vimos pasar, agonizantes ya, varios ómnibus Renault de antes de la Segunda Guerra Mundial. Un paraíso para coleccionistas.
Las diferencias entre el Norte y el Sur son más que evidentes. Desde la irrupción de los franceses, en 1859, la capital del país vio hacerse con el poder, sucesivamente, a los japoneses, nuevamente a los franceses, y, desde 1954, a los comunistas.
"Resulta lógico, entonces, que no hayan vivido nunca en una economía capitalista. No saben de qué se trata", reflexiona Tomás Ferrari, el embajador argentino en estas latitudes. Nuestro representante diplomático no oculta sus temores de que alguien quiera robarle su cachorro de cocker spaniel. Los invitados a las fiestas de su residencia lo miran fijo y se les hace agua la boca.
Saigón, donde Vietnam del Sur sobrevivió capitalista hasta la retirada de los norteamericanos, en 1975, fue sojuzgada por el PCV, pero la dictadura del proletariado nunca llegó a prender. Sus habitantes, que conforman el 60 por ciento de la población y que concentran el 70 por ciento del PBI, consintieron en disfrazarse de rojos para pasarla bien. Y lo lograron.
La industria, los mercados agroexportadores y los jóvenes profesionales graduados en universidades europeas o norteamericanas son del Sur.
En Hanoi campean los burócratas y jefazos del PCV, ex vietcong y diplomados en escuelas del viejo mundo socialista con escasa salida laboral.
La visita obligada para los turistas recién llegados a Hanoi es la ex penitenciaría francesa, la Maison Centrale. A partir de 1965, con la llegada de los norteamericanos, el gobierno de Ho Chi Minh la convirtió en la cárcel donde alojaban a los pilotos capturados por el Vietcong.
El Hanoi Hilton
Los prisioneros estadounidenses la denominaron Hanoi Hilton, y lo que queda de esa vieja mole de ladrillos color amarillo es hoy monumento histórico nacional. Más de la mitad de su superficie fue vendida a los españoles, que erigieron un ultramoderno hotel de la cadena Meliá. Desde las ventanas de las suites más caras puede verse el patio de la prisión, en el que se yergue una guillotina de caoba negra en muy buen estado de conservación.
Hai, nuestro guía, nos explica que allí fueron ejecutados muchos mártires de la lucha contra el colonialismo francés. Pero que luego ellos trataron muy bien a los norteamericanos.
El que no quiere hablar de ello es el propio embajador norteamericano en Hanoi, Pete Peterson, quien pasó seis años en esos lóbregos calabozos. Hoy está casado con una vietnamita y convive con sus enemigos del pasado.
Piden a Riquelme
¿Por qué teme el gobierno comunista al fútbol? "Porque recelan de toda reunión multitudinaria donde el pueblo eventualmente exprese su malestar", apunta Ling Hue, un importador taiwanés que se deleita con serpiente al vapor en el restaurante del hotel Metropole. También prohibieron proyectados recitales de rock de estrellas internacionales.
Extasiados, muchos vietnamitas siguieron pegados a los televisores durante la Eurocopa, aunque no estuvo claro si soñaban con esas multitudinarias concentraciones de gente en las tribunas o estaban preocupados por el dinero que habían apostado a tal o cual seleccionado. El juego, como en todo el Oriente, es un vicio muy arraigado. No pocos se juegan la casa y, por qué no, la mujer.
El conocimiento del fútbol mundial que tienen los vietnamitas es asombroso. Kim Dhang, un joven empleado del monopolio estatal del turismo, nos aconseja: "Es hora de que Bielsa convoque a Riquelme y que se deje de citar sólo a los jugadores que brillan en Europa".
Pese a las restricciones que impone el PCV, los inversores que olfatean la inminente muerte del comunismo sobrevuelan como moscas al enfermo. Taiwaneses, franceses, norteamericanos, chinos, japoneses y singapurenses hacen su agosto con las materias primas y la mano de obra barata que ofrece Vietnam, cuyo ingreso anual per cápita no pasa los 300 dólares.
La doctrina marxista, con todo, no pudo con las máximas ancestrales de Confucio: religión, disciplina, obediencia y humildad. La obra clave de Adam Smith, "La riqueza de las naciones", que alumbró al capitalismo en el siglo pasado, nunca llegó a traducirse al vietnamita.
La globalización no llegó aún a Vietnam. Quizá porque el PCV no le extendió la visa.
Entretanto, la gente aquí, como en el resto del mundo, quiere tener qué comer, un trabajo, criar a sus hijos en paz y ver televisión en la cama.
Retorno
La visita de los enviados especiales de La Nación a Vietnam no fue una misión periodística más para Don Rypka: además de ir a registrar la realidad con su cámara de fotos, Rypka tuvo así la ocasión de volver al escenario donde 30 años antes tuvo que combatir, como soldado norteamericano, en la guerra que concluyó en 1975.
Rypka, nacido en los Estados Unidos en 1950, permaneció destacado en Than Chau, en el delta del Mekong, entre 1968 y 1970, sin duda la época de mayor intensidad del enfrentamiento entre las tropas norteamericanas, sus aliados de Vietnam del Sur y el Vietcong.
Este veterano reportero gráfico, editor y ganador de un Premio Pulitzer en 1980 por sus fotografías sobre el atentado al presidente norteamericano Ronald Reagan, vive en la Argentina desde hace 15 años, donde se casó, tiene una hija y su esposa está embarazada nuevamente.
El recorrido por el delta del río Mekong le permitió a Rypka realizar un trabajo profesional de vastos alcances, que se reflejará tanto en una futura nota de La Nación Revista, con su emotivo relato personal, como en una exposición por realizarse en esta ciudad.
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