Xi Jinping llega con la cordialidad y la mística del hombre común, y con un gran misterio

Christopher Bodeen
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16 de noviembre de 2012  

En sus viajes por el extranjero, Xi Jinping demostró en varias oportunidades que es un líder comunista chino muy particular: es un tipo común y corriente.

Por ejemplo, en Irlanda se detuvo una cancha para dar el puntapié inicial. Durante una visita a Estados Unidos, compartió varias horas con las familias del Medio Oeste que lo habían albergado durante un programa de intercambio más de un cuarto de siglo atrás. En un encuentro con escolares en Los Ángeles, les contó que le encantaban los deportes y las películas.

Incluso ayer, en el Gran Salón del Pueblo, cuando fue presentado como nuevo secretario general del Partido Comunista Chino, el hombre más poderoso del país más poblado del mundo mostró cierta humildad: se disculpó con los medios por el atraso de 45 minutos.

Xi es afable y accesible, una actitud que contrasta con el estilo típicamente rígido y distante de los líderes chinos. "Es alguien con quien uno puede conectarse", dijo el ex embajador de Estados Unidos en Pekín John Huntsman.

Bajo su gobierno se espera que Pekín aplique una política exterior más agresiva, bajo la premisa de que su principal rival, Washington, estaría en decadencia, y de que China tiene al alcance de la mano el lugar de primera potencia.

"En parte, Xi fue elegido porque es seguro y decidido, el tipo de personalidad que se necesita para liderar una estrategia como ésa", dijo Andrew Nathan, experto en política china de la Universidad de Columbia, en Nueva York.

Sin embargo, por la naturaleza de la política china, se sabe relativamente poco de las inclinaciones políticas de Xi y no se lo asocia con ninguna reforma audaz. El gran misterio es entonces si emprenderá los cambios políticos que los chinos poco a poco reclaman. En China, los funcionarios que quieren ascender lo logran promoviendo el crecimiento económico, sofocando el malestar social y siguiendo la línea impuesta por Pekín, y no con despliegues carismáticos de iniciativas.

Xi se ha destacado por ascender calladamente y tomando lo mejor de ambas facetas: proviene de una familia de la élite, culta y vinculada a los padres fundadores del comunismo chino y al mismo tiempo ha logrado cultivar una mística de hombre común que le permite llegar a una base más amplia.

A los 15 años, fue enviado a una zona rural cuando su padre cayó en desgracia con Mao Tse-tung. Los siete años pasados en la remota comunidad norteña de Liangjiahe lo llevaron a compartir la abnegada vida de los aldeanos y a dormir sobre ladrillos, un enorme contraste con la vida mimada de sus primeros años en Pekín. Pasó gran parte de su juventud viviendo en una casa cavada en una ladera.

Debido a los problemas políticos de su padre, sus intentos de afiliación al Partido Comunista fueron rechazados nueve veces. Finalmente fue aceptado en 1974 e ingresó en la Universidad de Tsinghua, donde se recibió de químico. Para entonces Mao había muerto y su padre había recuperado su puesto.

Luego Xi se aseguró un puesto privilegiado, como secretario del ministro de Defensa, Geng Biao, un antiguo camarada de su padre. Pero tres años después tomó una decisión inusual al aceptar un puesto llano en la provincia rural de Hebei, porque quería "pelearla, trabajar duro y hacer algo grande", según sus propias palabras.

En 1985, se convirtió en vicealcalde de la ciudad portuaria de Xiamen, en ese entonces a la vanguardia de las reformas económicas. Luego ocupó el cargo más alto de la provincia vecina de Zhejiang.

Xi era considerado como alguien que autorizaba reformas menores en la administración local, pero ninguna era iniciativa suya. "No hará nada que debilite el poder del partido, pero al menos puede decirse que es alguien preocupado por las vidas de los campesinos y de la gente común", dijo Li Baiguang, un abogado de derechos humanos que en aquel tiempo vivía en Zhejiang.

Después de un breve paso por la alcaldía de Shanghai, Xi fue requerido en Pekín para ocuparse de una tarea de alto perfil: la supervisión de los Juegos Olímpicos de 2008.

El nuevo líder enfrentará descomunales desafíos. Después de dos décadas de crecimiento y cambio social intensos, la economía se está desacelerando y el país está bajo presión. La brecha social se polariza: unos pocos ricos y mucha gente que pasa necesidades. La corrupción consume las ya escasas reservas de confianza pública.

Más allá de sus fronteras, China mantiene una disputa territorial con Japón y sus vecinos del sudeste asiático. Al mismo tiempo, se siente acorralada por Estados Unidos, que está estrechando vínculos con los países fronterizos. El historial de Xi como funcionario sugiere que es abierto a la empresa privada y a algunas reformas administrativas, siempre que no pongan en riesgo el monopolio del poder del Partido Comunista.

Traducción de Jaime Arrambide

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