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Ser tecladista es una especie de parafilia rockera. Son como el proctólogo para la medicina o el marcador de punta izquierdo para el fútbol: ok, se nota que tenías en claro en qué lugar querías estar, pero contame por qué entraste por el ventiluz del lavadero. Teniendo en cuenta que la Tasa de Rockstaridad entre tecladistas apenas araña el 2,27% (según números oficiales), sólo resta pensar que esta gente porta una bizarra, aciaga e indescifrable vocación de hacer música, rasgo que -como dijimos mil veces- es por demás insólito en el mundo del rock.
Habituales jugadores de la promoción contra los bajistas en el Torneo del Ensarte, los tecladistas tienen una ventaja y una desventaja con respecto a la relación entre su instrumento, las féminas y el coito. Por un lado sufren la penuria de la no portabilidad, dado que nunca falta un jipi que saca de abajo de un catre una criolla toda rota, pero para que alguien saque un piano de cola tenés que invitar a Bruno Gelber, y todos sabemos que es bastante piantavotos caer con Bruno Gelber a un asado con los pibes. Pero por otra parte, si de casualidad llega a aparecer un Casiotone de 200 mangos, bastará que el tecladista toque 30 segundos de algo que parezca una de Yopén para que la minita más cercana tenga que ir a buscar la bombacha al segundo subsuelo. Sin embargo, este efecto beneficioso suele quedar opacado por la sempiterna ñoñez del hombre de las teclas, absolutamente capaz de enfrentar el encare de una hembra tartamudeando un "sí" durante dos o tres eones, hasta que la misma se hincha los ovarios y termina yéndose con cualquier zaparrastroso que rasguee "Perra" de Viejas Locas.
El tecladista en el rock se percibe en dos instancias: cuando el guitarrista decide descansar un rato y le deja meter un solo, y en los fills de la melodía vocal, es decir, en esos segunditos en los que la gente más aplaude y grita, con lo cual nadie le da cinco de pelota. No obstante lo cual la especie se sigue reproduciendo, y de ahí que procedamos a enlistar las distintas variantes del tecladismo, a efectos de que conozcas a sus exponentes y sepas cómo reaccionar para tenerlos a raya y no te conviertan la banda en una de esas cosas raras con teclados. A saber.
El tecladista más vistoso y virtuoso es el progresivo. Boludos grandotes con pedos medievales, fetichismo de elfos y delirios de grandeza, suelen necesitar un tatequieto fete en la nuca para abandonar su tribuneo para freaks socialmente inaptos. Siempre ávidos de ablandar la milanga con sintetizadores, son capaces de meterte de camunina un cacho de una pieza de Modest Músorgski en un tema cuya armonía y letra vos le robaste a Superuva, con lo cual quedás doblemente forro. El método para controlar a esta gente ha sido muy aplicado en la historia del rock mundial: en lugar de considerar al tecladista como miembro estable del grupo, se lo incluye como "músico invitado" o empleado asalariado, con lo cual quedará eternamente a tu merced y se reservará la sarasa enroscada para unos discos solistas que compran ocho dementes.
Otra subespecie del tecladismo es el blusero. Esencialmente pianista, se muestra interesado en adaptar los modismos de la música del Delta pero lamentablemente arrancó por lo de vivir poniéndose un pedo negro con un tinto aceitoso, con lo cual mientras no vomite adentro de su infaltable sombrerito y se lo vuelva a poner más o menos vas bien.
La última subdivisión tecladista de la que nos vamos a ocupar es el tecno-pop-experimental-indie. El yeite de estos pibes es samplear el borboteo de una sopa crema y hacerte con eso 27 bases para que un flaquito vestido con la ropa de su tía abuela le cante arriba con la voz impostada como si tuviera parálisis cerebral. En estos casos el rockstarismo está bilateralmente anulado de movida, con lo cual el conflicto suele ser entre bajo y nulo.





