A 60 años del estreno de Dialoguesdes Carmélites, de Poulenc

Pola Suárez Urtubey
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17 de abril de 2017  

Desde la distancia, la vida de Francis Poulenc (1899-1963) parece un jardín de rosas. Colette lo describía como un paisano opulento, rodeado en su casa de Noizay de viñas; una casa de grandes burgueses donde se elaboraba -y se consumía- un vino delicioso. De ese ambiente emanaba también una apasionada afición por las flores y los jardines, como que él mismo diseñó el de Noizay, "a la francesa", de estructura rigurosa y geométrica. Esa imagen dorada y el hecho de que Poulenc tuviera estadas pronunciadas en Noizay hasta su muerte dieron pie al prejuicio de que toda su música respiraba la atmósfera del Loire.

Uno de sus más autorizados biógrafos, Henri Hell, que lo conoció muy de cerca, asegura en cambio que la imagen de un Poulenc "rural" es más imaginativa que real. A su juicio el músico era esencialmente hombre de ciudad; un verdadero parisiense, amante del barrio de la Madeleine, donde nació (a pocos metros del Palacio del Elíseo) y enamorado del Marais, de los jardines de Luxemburgo, en cuya vecindad habitó parte de su vida, de la elegancia de la isla Saint-Louis y del bullicio de Les Halles, donde creía descubrir la lengua vulgar de las calles de París. Eso explica, según Hell, ese lado burlón, con algo de populachero y auténticamente "parigot" que a veces surge de su música profana

También provenían de Montecarlo las imágenes que se interponían entre sus ojos y el pentagrama en el momento de la concepción musical, aun cuando compusiera en la campiña. "Montecarlo -confesaba Poulenc- es mi paraíso perdido: la creación de mi ballet Les Biches, mi intimidad con Diaghilev, Picasso, Stravinsky... En una palabra, lo mejor de mis veinte..." Por entonces (1923) ya Poulenc había atravesado la experiencia del Grupo de los Seis, bajo el influjo de Cocteau y Satie, de modo que el gusto por el circo y el music-hall empezaba a desdibujarse. En adelante, decidido a estudiar y trabajar en serio, según el consejo de Ravel, van surgiendo sus hermosísimas canciones, las obras para teclado, las óperas ( Diálogos de las carmelitas y La voz humana), las obras religiosas... Pero a lo largo de esa producción -todo lo variada que se quiera- la melodía es el alma de la obra, una melodía que, aunque instrumental, se articula sobre la natural acentuación de la lengua francesa. "Ninguna obra de arte -escribe André Gide- tiene significación universal si no encierra un sentido nacional." Éste pudo ser el secreto de la creación de Poulenc: francesa hasta la médula, pero capaz de emocionar a la más globalizada de las audiencias de hoy.

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Otra es la personalidad que nos entrega Francis Poulenc, diferente a aquella fácil y feliz, si la juzgamos desde la óptica de Diálogos de las carmelitas (1957) en la cual se inserta en la profundidad de los enigmas y dolores del ser humano. A ella, que cumple en este 2017 sus sesenta años de existencia, dedicaremos nuestra columna de la semana venidera. Hasta entonces.

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