
Adiós al señor del humor
Juan Verdaguer, que dedicó su vida al arte de hacer reír con elegancia, murió a los 85 años
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El humor era para Juan Verdaguer, que falleció ayer, a los 85 años, como consecuencia de un ataque cardíaco, el arma filosa, elocuente y sincera sobre la que desarrolló su dilatada y exitosa carrera artística.
Dueño de un estilo inconfundible, este hombre menudo, de ademanes elegantes y sonrisa franca, había nacido en Montevideo en 1918. Sus padres eran artistas de circo, acróbatas, para calificarlos con más exactitud. La vida de ellos era un continuo ir y venir por pueblos y ciudades donde desarrollaban su arriesgado trabajo bajo las lonas de las más heterogéneas carpas. Cuando Juan tenía seis meses lo trajeron a Buenos Aires. Reacio al estudio, luego de cursar la carrera primaria ingresó en el colegio Juan Enrique Pestalozzi en el que "aguantó", según sus palabras, sólo dos años. Cuando su padre le dijo: "Venite conmigo al circo, me vas a ayudar", el adolescente Juan sintió que su vocación estaba en el arte.
Su padre, precisamente, le pintó la cara de albayalde, la enorme boca de rojo tango y los ojos enormes del que ríe para no llorar. Y así, como payaso algo tímido, Juan Verdaguer hizo sus primeras armas en el mundo del espectáculo. Tenía 16 años y unas ganas inconmensurables de hacer reír a los demás.
De la escalera a Buenos Aires
Verdaguer, sus padres y todas las troupes de los circos en que ellos se presentaban no dejaban ciudad grande ni pueblo chico sin visitar. Pero el todavía joven Juan ya estaba algo cansado de poner sus pintarrajeadas mejillas para el cachetazo ruidoso, y decidió convertirse en equilibrista. Pero la suya debía ser una prueba singular, casi mágica. Tomó una escalera de una hoja y casi cuatro metros de altura y allí comenzó a hacer malabares.
Verdaguer había estudiado violín algunos años antes, y qué mejor que ejecutar ese instrumento mientras hacía equilibrio en el punto más alto de la escalera. Este debut se produjo cuando el circo del que formaba parte estaba en Cruz del Eje, Córdoba. Y fue un clamoroso éxito. Ese Juan ya casi estrella necesitaba independizarse. A los veinte años viajó a Brasil, donde actuó en el circo de los hermanos de su madre, los Queirolo. Y su número se hizo más sofisticado: sombrero de copa, frac, cigarro, música de fondo. Y en 1940 le llegó la brillante oferta del casino Da Urca. Ya no se trataba de un circo. Era un mundo brillante de strass, lentejuelas, escotes y gasas. El varieté. Y todo Brasil. Ya con el éxito en la mano, Verdaguer llegó a Chile y, tras una larga gira, recaló en los Estados Unidos.
Juan Verdaguer continuó con sus piruetas sobre la escalera. Con su número recorrió casi todos los Estados norteamericanos, hasta que un empresario le pidió que, además de tocar el violín y hacer equilibrio, hablara. "El público -le dijo- está esperando que cuentes algo gracioso." Y Verdaguer lo hizo. En 1950 se radicó en México y en el famoso local El Patio repitió su ya tradicional número. Los aplausos nunca le fueron esquivos, pero Buenos Aires lo llamaba con la fuerza de la nostalgia. En 19551 llegó otra vez hasta estas calles, donde dejó algo archivados la escalera y el violín para saltar al teatro de revistas.
En 1951 fue contratado por el empresario Carlos A. Petit, que lo bautizó como "el señor del humorismo", para intervenir en un espectáculo revisteril del teatro Comedia. Los escenarios de la calle Corrientes hervían por aquellos tiempos de espectáculos revisteriles. Y en ellos se insertó Verdaguer, un Verdaguer que nunca se apoyó en la grosería ni en el vocablo soez, que utilizaba las palabras para elaborar chistes que tenían que ver con lo cotidiano, con la suegra a la que soportamos y que nos odia, con los engaños matrimoniales con final feliz, con algún atisbo de política al que él nunca censuraba, pero sí ironizaba. Con este repertorio, Verdaguer pasó por los teatros El Nacional, Tabarís, Sans Souci y de la Comedia, entre otros. En ellos conoció a las más populares vedettes del momento y a los cómicos más exitosos, como Pepe Arias, su más agudo referente.
La televisión no podía ignorarlo y actuó para la pantalla chica durante más de dos décadas (ver nota aparte). En cine, prestó su rostro y sus chascarrilos a "Locuras, tiros y mambo", que rodó en 1951 con los Cinco Grandes del Buen Humor y Blanquita Amaro.
Un Camilo inolvidable
Pero su éxito en la pantalla grande lo tuvo en 1958, cuando Mario Soffici lo convocó para el personaje de Camilo Canegato de "Rosaura a las diez", adaptación de la novela de Marco Denevi. Allí Verdaguer mostró su desconocida garra dramática en un papel que le mereció elogios críticos y premios.
En 1964 acompañó a Niní Marshall en "Cleopatra era Cándida" y un año después, durante uno de sus viajes a México, protagonizó "Música en la noche", con la dirección de Tito Davison. A ella le siguieron "La herencia", de Ricardo Alventosa (1965); "La industria del matrimonio" (1969), "Kuma Ching" y "La noche viene movida", ambas de 1980. En 1999 retornó a la pantalla con un breve papel en "El amateur", que sería el último título de su filmografía.
En 1993 había retornado al escenario con el espectáculo "Amigos para siempre" y comprobó que todavía seguía convocando a sus incondicionales admiradores y a muchos jóvenes que veían en él un sincero exponente de una comicidad sana y aguda.
En 1981 ganó el diploma al mérito de la Fundación Konex, y en febrero del año último, y junto a Mario Clavell y Carlos Garaycochea, se presentó en el escenario del Bauen con "Master", labor por la cual obtuvo el premio ACE, otorgado por la Asociación de Cronistas del Espectáculo. Como monologuista, recorrió poco después las ciudades más importantes de la Argentina y, con su salud muy deteriorada, se presentó por última vez en un teatro de San Nicolás. Juan Verdaguer quedará como un actor que transitó el difícil camino del humor con la simpleza y lo amable de lo cotidiano. "A mí -solía decir- me maneja el público con su risa." Y la risa que provocaban sus monólogos, sus gestos mesurados y su rostro a lo Buster Keaton ya lo incorporaron a esa lista de figuras del espectáculo argentino que serán recordadas con la melancolía de la carcajada que fue y seguirá siendo su ejemplar signo de distinción.
Los restos de Juan Verdaguer serán inhumados hoy, a las 15, en la Chacarita.
Algunos chistes para la antología
El humor de Verdaguer siempre se insertó en la ironía y en la gracia espontánea. Algunos de sus muchos relatos valen el siguiente recuerdo:
- "Tengo dinero hasta el día que me muera... Siempre que me muera mañana."
- "Un multimillonario viaja a Europa y, antes de irse, reúne a sus criados y les indica que cuiden lo que más ama: su gato. Cuando está en París, recibe un telegrama de su mayordomo diciéndole que su gato murió. Regresa inmediatamente a Buenos Aires, llora ante el gato, y le dice a su criado: ¿usted no sabe que sufro del corazón? ¿Cómo me mandó ese telegrama? Usted tendría que ir preparándome... Primero me manda un telegrama que diga ´el gato subió a la azotea´. Después me manda otro que diga ´el gato se cayó´. Después otro que diga ´el gato está mal herido´. Y así me voy acostumbrando. Al tiempo el millonario vuelve a viajar a Europa y, en pleno jolgorio, recibe un telegrama que dice: "Su mamá subió a la azotea.""
- "En el mundo del espectáculo hay chicas muy bonitas. A una de ellas le expresé mi deseo de salir con ella. Nuestro diálogo fue así: "Un hombre decide internarse en un convento en el Himalaya donde se hacen votos de silencio tan riguroso que sólo puede decir dos palabras cada cinco años. Y lo hace. A la primera oportunidad expresa: ´Comida mala´. Pasa un segundo lapso y dice: ´Cama dura´. Cinco años después afirma: ´Me voy´. El abad lo mira y le responde: "Mejor, porque usted se pasa la vida quejándose.""
- "El violín me ayudó mucho en mi carrera artística. Cuando empecé en esta profesión tuve que empeñarlo muy seguido. Lo empeñé tan seguido que el hijo del prestamista tocaba el violín mejor que yo."
- -Me atrevería a afirmarle que me estoy enamorando.
-¿Usted se casaría conmigo?
-Vamos, no me cambie de tema."





