
Ahora, el sabor de "La Manzana"
Tras el éxito de "El sabor de la cereza", llega mañana al país el laureado film de Samira Makhmalbaf, de 19 años, que lidera otra oleada porteña de cine iraní.
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"A veces pienso que las mujeres en Irán son como un manantial. Cuando están bajo presión, se cierran. Pero si quieren ser libres, y tratan de serlo, estallan con una enorme energía", opina Samira Makhmalbaf, la realizadora de "La manzana", el film que, presentado por primera vez en el Festival de Cannes del año último y estrenado luego comercialmente en Francia, no dejó de cosechar elogios en el mundo entero.
En Buenos Aires, recientemente, obtuvo el premio del público y el de la OCICen el festival de cine independiente. En los Estados Unidos, la película participó del New York Film Festival y de allí saltó a las salas con el respaldo que significa una larga entrevista a la directora, publicada en la edición dominical de The New York Time. A los 19 años, evidentemente la directora forma parte del grupo de mujeres que quieren ser libres. El estallido de energía, en su caso, está a la vista.
"La manzana", dirigida por Samira y escrita y editada por su padre, el prestigioso cineasta Mohsen Makhmalbaf, parte de una historia real. "Tuve la idea de hacer este film a partir del caso presentado en un noticiero de televisión -contó Samira-. Allí se explicaba cómo un hombre había secuestrado dentro de su casa a sus dos hijas gemelas, que entonces tenían once años, desde el mismo momento del nacimiento. ¡Las niñas ni siquiera sabían hablar!" El caso había tomado estado público en Teherán cuando los vecinos de esa familia se decidieron a denunciar la situación a las autoridades. Las niñas llevaban entonces más de una década sin salir de las cuatro paredes de la casa familiar donde vivían con el padre y la madre, una mujer prácticamente ciega.
Una idea fija
Una idea se instaló, inamovible, en la cabeza de Samira: ella quería hablar con el padre de esas niñas y preguntarle por qué las tenía encerradas. No paró hasta encontrarlo. La respuesta que recibió fue la menos previsible de todas: "Porque respeto las reglas de la sociedad iraní -le dijo el hombre-. Mis hijas son como flores. No puedo exponerlas al sol porque se marchitarían".
Frente a tamaña contestación, cualquier intento de relato maniqueo de los hechos, habría estado muy por debajo de las circunstancias. Dicen que cuanto más complejas son las relaciones entre los personajes, mayor será la riqueza de cualquier película. A Samira no se le escapó que en las explicaciones de ese hombre capaz de describir a sus hijas como flores y condenarlas al mismo tiempo a una situación prácticamente carcelaria estaban los primeros hilvanes de un posible film.
Al cabo de varias horas de conversación, la señorita Makhmalbaf terminó convenciendo a esa familia para realizar una película en la que cada uno hiciera de sí mismo y que cabalgara entre el documental y la ficción. El resultado de esa experiencia es "La manzana". El film registra el largo proceso de cambio que debe operarse en esa familia disfuncional para que conforme a las indicaciones de una asistente social, el padre permita que sus hijas salgan a la calle, para que la madre se adapte a la nueva situación y para que las niñas descubran el lenguaje verbal y corporal a los once años.
Mirado detrás de los barrotes de esa suerte de casa-prisión en que las dos hermanitas pasan sus días, el mundo es un espacio ancho y ajeno en el que sólo se permiten los sueños de vuelo bajo. Desde el encierro casero, para ellas el paraíso se reduce a la fantasía de que alguien les traiga una manzana. No bien pongan un pie fuera del hogar, descubrirán, con asombro, que una manzana también puede ser el punto de partida para jugar con otro niño y conocer el camino que lleva a la amistad.
En ascenso
Calificada por el diario Le Monde como una de las grandes revelaciones del Festival de Cannes en la edición de 1998, Samira cosechó con "La manzana" el reconocimiento internacional.
No faltará quien diga que semejante éxito era de esperar. Después de todo, a Samira la pasión por el cine le viene en los genes. Hija del realizador Mohsen Makhmalbaf, a los ocho años ya había actuado en un film de su padre, "El ciclista", y a los quince abandonó el colegio para hacer cursos en una escuela privada de cinematografía. "Me costó convencer a mi familia para que me apoyaran en la decisión de abandonar la escuela. Me llevó mucho tiempo, pero creo que ésa fue mi primera experiencia como directora", declaró Samira a The New York Time, en febrero último.
Liberada del marco del aprendizaje formal, la muchacha no quiso perderse al talentoso maestro que el destino puso al alcance de su mano, su padre, y unió las lecciones de la escuela de cine a los consejos paternos. Al principio, él se limitó a hacerle algunas sugerencias, recomendarle un par de libros y señalarle un manojo de films de visión obligatoria. Pero, según recuerda Samira, poco a poco el intercambio con su padre se fue sistematizando y pasó a ser "como tomar lecciones en un colegio", dijo la realizadora al citado diario norteamericano. "Estudiábamos historia del arte, música, arquitectura, cine, video, fotografía, literatura y poesía", señaló.
El aprendizaje, sin embargo, no fue sólo una experiencia teórica. En esa época de clases particulares, Samira realizó dos cortometrajes en video. El primero, "Ecoles de peinture", fue un documental sobre los estilos en la pintura europea. El siguiente, "Desert", la llevó a poner un pie en el terreno de la ficción para narrar las desventuras de un joven artista frustrado. En 1997, además, fue asistente de su padre en la película "El silencio".
Otros miembros de la familia Makhmalbaf también están vinculados con el cine.
Esta serie de coincidencias que para muchos no son más que el fruto de una pasión compartida en familia o al menos una suerte de transmisión genética de la fascinación por las imágenes en movimiento llevó a algunos críticos a una curiosa reflexión que The New York Times recogió con motivo de una entrevista a Samira. "El señor Makhmalbaf también mantuvo a sus hijos en casa", dijo Jamsheed Akrami, un crítico de cine iraní que da clase en la William Paterson University, en Wayne. "No los tuvo prisioneros, por supuesto -moderó su sentencia el crítico-. Pero su lógica era:no soy feliz con el sistema educativo; voy a educarlos por mí mismo. Bueno, a mí me impactó que las acciones del padre que aparecen en el film, "La manzana", fueran algo semejante. La diferencia es que la conducta de uno de ellos produjo resultados muy interesantes y que la del otro resultó una tragedia. Pero en su naturaleza no eran muy diferentes una de otra".
En Hollywood como en Irán
Cuando el diario francés Le Monde le preguntó a Samira Makhmalbaf si "La manzana" era una crítica específica a la sociedad iraní, la directora miró más allá de las fronteras de su patria. Dijo que la película pretende ser "una apología de la libertad" y "una queja por el hecho de que que las mujeres en general, desde Teherán hasta los Estados Unidos, sean menos consideradas por su pertenencia a la especie humana que por su sexo". "Eso se oculta en Irán y se exhibe en Hollywood, pero básicamente es el mismo comportamiento", desafió Samira.
En el Festival de Cannes todos quisieron conocer el final de la historia, pero no ya el que Samira mostraba en la pantalla, sino el que sigue tejiéndose en la vida de los personajes reales. "La producción hizo construir una nueva casa para la familia que en el último tiempo logró grandes progresos -contó la directora-. Antes de partir para Cannes fui a visitarlos. Las dos niñas viven entre la oficina de ayuda social, donde aprenden a leer, y su casa. Ellas tienen verdaderas ganas de aprender", se entusiasma la muchacha.
A juzgar por su debut como realizadora, Samira Makhmalbaf tiene verdaderas ganas de salir a mirar el mundo tal y como se le presenta y convertirlo en historias de película.
Familia
Para los Makhmalbaf, el cine es una pasión de familia. Messan, el hermano de Samira, un año mayor que ella, trabajó como fotógrafo de foto fija en "La manzana". La hermana menor, Hanna, hizo su primer corto cuando tenía apenas ocho años. Lo tituló "El día que mi tía estuvo enferma" y logró que lo seleccionaran para el Festival de Cine de Locarno, en Suiza.




